La presentación del documento Soluciones para México, dado a conocer recientemente por el PAN, abre una discusión que resulta inevitable: ¿por qué, pese a tantas promesas del gobierno federal, millones de familias mexicanas están preocupadas por el desempleo, la pobreza y la inflación?
Porque la economía no se mide sólo en porcentajes, indicadores o conferencias de prensa. La economía se mide cuando una madre o un padre de familia llenan el carrito del supermercado; cuando un joven busca empleo y no lo encuentra; cuando una pareja quiere comprar una casa y descubre que es cada vez más difícil; cuando un pequeño empresario intenta crecer y se topa con impuestos, trámites y costos imposibles de superar.
Y en ese terreno, el de la vida cotidiana, los resultados son evidentes.
Se prometió bienestar. Se prometió que primero serían los pobres. Se prometió una gasolina de diez pesos por litro. Ocho años después, la realidad es muy distinta. La inflación acumulada durante el sexenio pasado fue cercana al 33 por ciento, la más alta desde los tiempos de Zedillo. Aunque recientemente haya mostrado una ligera moderación, cualquier ciudadano sabe que hoy llenar la despensa cuesta mucho más que hace algunos años.
La mejor encuesta económica es la que hacen las familias todos los días cuando pagan en la caja del supermercado. Y esa encuesta arroja un resultado contundente: el dinero alcanza para menos.
Lo mismo ocurre con los combustibles. La gasolina llegó a rondar este año los 30 pesos por litro. Aquella promesa de venderla a 10 pesos quedó enterrada por la realidad. Y esto no es un asunto técnico ni una discusión entre especialistas. Es dinero que sale del bolsillo de millones de mexicanos. Es más gasto para transportistas, para comerciantes, para quienes utilizan su automóvil para trabajar y para las familias que todos los días deben ajustar sus presupuestos.
Tampoco el empleo ofrece demasiadas razones para el optimismo. La generación de puestos de trabajo se encuentra entre las más bajas de los últimos años y especialistas estiman que México requiere crear alrededor de 1.2 millones de empleos formales anualmente para atender la demanda laboral y reducir la informalidad. Sin embargo, estamos muy lejos de esa meta.
Hoy más de la mitad de los trabajadores mexicanos permanece en la informalidad. Eso significa millones de personas sin acceso a servicios médicos, sin prestaciones, sin ahorro para el retiro y sin posibilidades de acceder a créditos.
Y mientras tanto, las pequeñas empresas, que representan 99 por ciento de los establecimientos económicos del país y generan siete de cada diez empleos, sobreviven con escaso respaldo gubernamental, enfrentando una pesada carga administrativa y fiscal.
Frente a este panorama, el documento presentado por Acción Nacional plantea propuestas que merecen ser discutidas seriamente. Porque aquí aparece una diferencia de fondo entre dos visiones económicas.
Existe una visión que ha llevado al país a una situación económica muy delicada, malgastando miles de millones de pesos en trenes que se descarrillan y refinerías que se inundan, mientras se pierden empleos y se endeuda al país.
Y existe otra visión que sostiene que la mejor política económica significa generar inversión, empleos, oportunidades y prosperidad permanente.
Por eso, Acción Nacional insiste en medidas orientadas a dejar más dinero en el bolsillo de las personas.
Por ejemplo, reducir el impuesto aplicado a los combustibles (IEPS) para que el precio de la gasolina pueda disminuir a menos de 20 pesos. Porque cuando baja el costo de la gasolina, baja también la presión sobre el transporte, los alimentos, los servicios y buena parte de la economía cotidiana.
También se propone disminuir impuestos a trabajadores de menores ingresos y eliminar el ISR sobre el aguinaldo. La lógica es sencilla: el salario debe alcanzar más y las familias deben conservar una mayor parte del fruto de su esfuerzo.
Del mismo modo, resalta la propuesta de facilitar el acceso a la vivienda para jóvenes mediante esquemas de financiamiento más accesibles. Para millones de mexicanos, comprar una casa dejó de ser una meta cercana para convertirse en un imposible.
Algo similar ocurre con quienes desean emprender. Abrir un negocio en México sigue siendo, para muchas personas, una carrera de obstáculos desde el gobierno. Simplificar impuestos, facilitar el acceso al crédito y eliminar barreras burocráticas no significa regalar dinero, sino generar condiciones para que quienes quieren trabajar, invertir y producir puedan hacerlo con mayor facilidad.
Y lo más importante es que estas ideas no surgen de la teoría. Existen experiencias de gobiernos panistas que muestran resultados reales: por ejemplo, Chihuahua se ha consolidado como líder nacional en exportaciones, ha captado más de 130 mil millones de pesos en inversión extranjera y ha respaldado a más de diez mil micro, pequeñas y medianas empresas. Querétaro ha logrado atraer más de 134 mil millones de pesos en inversiones y se ha convertido en uno de los polos tecnológicos más importantes del país. Aguascalientes mantiene tasas de crecimiento económico superiores al promedio nacional y Guanajuato continúa captando inversiones multimillonarias.
No se trata de afirmar que existan fórmulas mágicas ni gobiernos perfectos. Pero sí de reconocer que hay modelos que producen mejores resultados que otros.
La diferencia entre proyectos económicos no es ideológica; es tangible. Se refleja en la cantidad de empleos que se generan, en las inversiones que llegan, en las oportunidades que tienen los jóvenes, en la capacidad de las familias para adquirir una vivienda y en el dinero que queda disponible al final de cada quincena.
Al final del día, México tendrá que decidir entre dos caminos.
Uno que prometió bienestar, gasolina barata y crecimiento sostenido, pero que terminó entregando inflación elevada, combustibles caros, empleos insuficientes y una economía estancada.
Y otro que apuesta por la inversión, la confianza, el empleo, el emprendimiento y la convicción de que una buena política económica sigue siendo la mejor política.
Porque la prosperidad no es un concepto abstracto. La prosperidad es que el salario alcance, que exista trabajo, que abrir un negocio sea posible, que comprar una casa no sea un sueño inalcanzable y que las familias puedan mirar el futuro con optimismo en lugar de incertidumbre.