Es cierto, el futbol tiene una capacidad que pocas actividades humanas poseen: suspender por unas horas las diferencias políticas, económicas y sociales para reunir a millones de personas detrás de una misma emoción… Pero para nosotros los mexicanos no sólo es festejar el buen desempeño de la selección, es también un momento de felicidad como pocos, que puedes compartir con cualquiera.
Si la selección mexicana derrotara este domingo a Inglaterra en las eliminatorias mundialistas, es previsible que plazas, avenidas y centros urbanos de todo México, e incluso de ciudades estadounidenses con una amplia comunidad mexicana, se llenen de aficionados dispuestos a celebrar un resultado histórico.
Sin embargo, la alegría colectiva no puede ocultar una realidad incómoda: México enfrenta problemas económicos, sociales y de seguridad que difícilmente desaparecen con un triunfo deportivo. Por el contrario, el contraste entre la euforia de una victoria futbolística y las dificultades cotidianas de millones de ciudadanos obliga a reflexionar sobre el papel que cumplen estos festejos en una sociedad marcada por la incertidumbre.
Aquí en Chihuahua a pocos, muy pocos les interesa quien será el candidato o candidata de Morena al gobierno del Estado; muchos menos hay interés si los panistas se podrán poner de acuerdo para elegir candidatos en la capital o sus diferencias los llevarán a la división incontrolable que los orille a la derrota… la política como siempre esta muy lejana, y ni poniéndose la “verde” los aspirantes podrán atraer la atención.
Hay que ser muy claros: las celebraciones deportivas cumple una función social legítima: los pueblos necesitan espacios de convivencia, identidad, esperanza, pero sobre todo de libertad.
En momentos de tensión económica, polarización política o preocupación por la inseguridad, una victoria nacional puede convertirse en un elemento de cohesión social. No hay nada reprochable en ello… El problema surge cuando la fiesta deja de ser una expresión de alegría para convertirse en un escenario de riesgo, violencia o pérdida de vidas humanas.
Los antecedentes obligan a tomar precauciones. Los festejos masivos relacionados con el futbol han derivado en ocasiones en accidentes de tránsito, riñas, actos vandálicos, estampidas e incluso muertes. El registro de cuatro personas fallecidas durante celebraciones futbolísticas en la Ciudad de México constituye un recordatorio doloroso de que la emoción colectiva puede transformarse rápidamente en tragedia cuando se combina con el consumo excesivo de alcohol, la ausencia de controles adecuados o la insuficiente coordinación de las autoridades.
Aquí en Chihuahua luego de que los festejos sin control derivaran del atropellamiento de varias personas, donde incluso una jovencita fue hospitalizada por varios días, se ha llegado a extremos de controlar los accesos al único lugar icónico de festejo, es más hasta el exceso de decidir hasta que hora se puede festejar.
Ante este escenario, resulta inevitable abordar la responsabilidad del Estado. La obligación del gobierno no es impedir la celebración ni restringir arbitrariamente las libertades públicas. Por el contrario, su deber consiste en garantizar que los ciudadanos puedan ejercer su derecho a reunirse, expresarse y festejar en condiciones de seguridad. La protección de los derechos humanos no es incompatible con las tareas de prevención y vigilancia; al contrario, forma parte de ellas.
La presencia de cuerpos de seguridad durante eventos masivos debe orientarse a la prevención, la atención de emergencias y la protección de las personas, nunca a la intimidación o al uso excesivo de la fuerza.
Las autoridades tienen la responsabilidad de diseñar operativos proporcionales, transparentes y respetuosos de los derechos fundamentales. Una democracia sólida no responde a las multitudes con represión, pero tampoco puede permanecer indiferente cuando existen riesgos previsibles para la vida y la integridad de las personas.
Asimismo, la responsabilidad no recae exclusivamente en el gobierno. La ciudadanía también tiene un papel fundamental. La cultura del festejo debe evolucionar hacia formas de celebración más seguras y conscientes. Resulta contradictorio celebrar un triunfo nacional mientras se ponen en peligro vidas humanas mediante conductas irresponsables. El verdadero espíritu de una fiesta colectiva debería fortalecer el tejido social, no generar nuevas víctimas.
Existe además una reflexión de fondo. El entusiasmo que despierta la selección mexicana demuestra que la sociedad conserva una enorme capacidad de movilización emocional. La pregunta es por qué esa misma energía rara vez se observa frente a problemas estructurales como la pobreza, la violencia, la corrupción o la precarización laboral. El futbol ofrece una válvula de escape legítima, pero también evidencia la necesidad de construir proyectos colectivos capaces de generar esperanza más allá del resultado de un partido.
Si México vence a Inglaterra, millones de personas tendrán razones para celebrar. Será una noche de orgullo nacional, de alegría compartida y de emoción genuina. Pero el éxito de esos festejos no debería medirse por el volumen de los gritos o la cantidad de personas congregadas en las calles, sino por la capacidad de demostrar que una sociedad puede celebrar intensamente sin sacrificar la seguridad, el orden democrático y el respeto a la vida.
La verdadera prueba para las instituciones no será contener una multitud mediante la fuerza, sino demostrar que pueden gestionar una celebración masiva mediante inteligencia, prevención y coordinación.