El historiador y político francés, Alexis de Tocqueville, en plan de estudio e investigación, llegó a los Estados Unidos en mayo de 1831; siendo su estadía por nueve meses. Lapso que aprovechó para recorrer los USA de entonces, y observar especial y acuciosamente el sistema penitenciario de ese próspero país; además, las instituciones anglosajonas como expresión de las costumbres y, en general, el estilo de vida de sus habitantes y los principios en que se basa un Estado democrático.
Estudio, investigación y observaciones, que Tocqueville, plasmó en su célebre obra: “La Democracia en América”, editada por primera vez en París, en 1835. En donde, entre otras aportaciones, afirmó que el “hecho generador de la nueva ciencia política se encuentra en la igualdad de condiciones que priva en la sociedad norteamericana. [Enfatizando] LA IGUALDAD ES LA CAUSA; LA LIBERTAD EL EFECTO: No difiriendo entonces ninguno de sus semejantes, nadie podrá ejercer un PODER TIRÁNICO, pues, en este caso, los hombres serán PERFECTAMENTE LIBRES, porque serán DEL TODO IGUALES y serán PERFECTAMENTE IGUALES, porque serán del todo libres.”
Ahora bien, en los momentos actuales de la nefasta y reprobable “era Trumpiana”, si viviera Alexis de Tocqueville y tuviese la misma oportunidad que en 1831-1832: ¿sostendría sus mismas ideas, tesis y/o hipótesis? Porque, en los EE. UU., teniendo como fuente lo expuesto por Michael J. Sandel, catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard:
“Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta los años setenta, a quienes no habían estudiado una carrera universitaria les fue perfectamente posible encontrar un buen trabajo, sostener a una familia y llevar una confortable vida de clase media. Hoy, esto es mucho más difícil. Durante las últimas cuatro décadas, la diferencia en cuanto a volumen de ingresos entre las personas con una carrera universitaria y aquellas con un nivel de estudios máximo de Secundaria se ha duplicado. En 1979, los graduados universitarios ganaban alrededor de un 40 por ciento más que los de secundaria; en la primera década del siglo XXI, los universitarios cobraban ya un 80 por ciento más.
Aunque la era de la globalización reportó jugosas recompensas para las personas con buenas cédulas profesionales, nada hizo por mejorar la situación de la mayoría de los trabajadores comunes. Entre 1979 y 2016, el número de empleos industriales en Estados Unidos cayó de 19.5 millones a 12 millones.
La productividad aumentó, pero los trabajadores se fueron quedando con una parte cada vez más pequeña que lo que producían, mientras que los ejecutivos y accionistas iban acaparando un porcentaje mayor. A finales de la década de los setenta, los directores generales de las grandes empresas anglosajonas cobraban 30 veces más que el trabajador medio; en 2014, sus ingresos eran ya 300 veces superiores.
Como una muestra más de las “bondades” del capital imperialista, globalizador y neoliberal; en USA, la mediana renta (real) de los varones lleva estancada medio siglo. Y, aunque la renta per cápita se ha incrementado un 83 por ciento desde 1979, los hombres blancos sin estudios universitarios, medios o superiores cobran ahora menos - en términos reales - que entonces.
Con sobrada razón están inconformes. Empero, las adversidades económicas no son su único motivo de angustia. Pues la era MERITOCRÁTICA ha infligido un daño más insidioso en la población trabajadora: HA EROSIONADO LA DIGNIDAD DEL TRABAJO. Al poner en valor el “cerebro” que se necesita para puntuar alto en los test de acceso a las universidades, la máquina clasificadora desvaloriza a quienes no obtienen las CREDENCIALES MERITOCRÁTICAS.
Les dice que el trabajo que realizan, menos valorado por el MERCADO que el de los profesionales altamente remunerados, representa una contribución menor al bien común y, por consiguiente, menos digna de reconocimiento y estima social. Legitima las generosas recompensas que el MERCADO otorga a los ganadores y el mínimo pago con el que retribuye a los sin estudios superiores, técnicos o sin carrera universitaria.
De tal manera, en estas últimas décadas se ha arraigado con fuerza la idea de que el dinero que cobramos refleja el valor de nuestra contribución social. Podemos oír sus ecos en todos los ámbitos de la cultura pública.
La clasificación meritocrática y el credencialismo ayudó al afianzamiento de esa idea. También lo hizo esa versión neoliberal (u orientada al ‘libre mercado’) de la globalización aceptada por los partidos tradicionales de centroderecha y centroizquierda desde los años ochenta.
En un momento en que la globalización no dejaba de potenciar una fuerte desigualdad, esas dos perspectivas —la meritocracia y la neoliberal— achicaron el margen para los argumentos críticos con el “progreso” globalizador. Socavando también la DIGNIDAD DEL TRABAJO y, con ello, alimentaron el resentimiento contra la ÉLITE burguesa y oligarca y la protesta POLÍTICA.
Desde 2016, gurús y especialistas varios han debatido sobre la fuente del DESCONTENTO POPULAR. ¿Se debe buscar en la pérdida de empleo y el estancamiento de los salarios y/o en el desplazamiento cultural?
El empleo posee tanto aspectos económicos como culturales. Es un modo de ganarse la vida, pero también una fuente de reconocimiento y estima de la comunidad, de toda la sociedad.
De ahí que la desigualdad causada por la globalización neoliberal concitara y concite tanta ira y resentimiento.” Continuará…