Basta un zumbido para interrumpir una clase. Un celular vibra y, sin pedir permiso, se roba la atención de treinta estudiantes. En casa ocurre igual: la conversación se corta, la cena se enfría, la mirada se fuga. Durante una década nos vendieron la promesa digital: “conéctate y todo será más fácil”. Lo fue: fácil distraerse, fácil aplazar tareas, fácil vivir reaccionando, con el cuerpo en alerta y la mente en fuga.
El costo: atención partida, vínculos a medias, cansancio que no se arregla con dormir. Y en las escuelas se nota primero: el salón se vuelve una sala de espera de notificaciones. Después preguntamos por qué nos cuesta leer, por qué irrita escuchar, por qué cualquier silencio se siente “vacío”. No es vacío: es abstinencia. Es un entrenamiento diario para no estar aquí.
La discusión ya escaló a lo público. El 26 de diciembre de 2025 llegó al Senado una iniciativa para prohibir celulares y otros dispositivos móviles personales durante la jornada escolar en educación básica, con excepciones por emergencia o necesidades educativas especiales. Días antes, el 15 de diciembre, en la Cámara de Diputados se presentó otra propuesta para ajustar la Ley General de Educación y ordenar lineamientos: apagado, resguardo, criterios de uso pedagógico y comunicación con familias.
Chihuahua también entró a la conversación. En 2025, el diputado Carlos Olson San Vicente impulsó una iniciativa para regular el uso de celulares en escuelas y limitar el acceso a redes sociales a menores de 14 años; el propio Congreso la turnó a comisiones. Mientras aquí se discute, en Querétaro el gobierno estatal anunció la prohibición de celulares en escuelas durante las clases, con el argumento de proteger la concentración y la salud mental.
Que el tema haya llegado al nivel político no lo soluciona automáticamente, pero confirma que el celular dejó de ser accesorio y se volvió un asunto de salud pública educativa. Aun así, hay una trampa: esperar a que la política nos rescate, cuando el problema está en el bolsillo, todos los días, a todas horas.
Porque el daño no ocurre solo “en internet”; impacta en la lectura sin interrupciones, la explicación completa, el error que se corrige con paciencia, la convivencia que se construye con presencia. Los estragos son visibles: el adolescente llega a la escuela con el sueño ligero, la ansiedad encendida y el cerebro brincando entre estímulos; adultos atrapados que exigen atención mientras revisan su propia pantalla.
Por eso esta es una denuncia ciudadana: nos normalizaron una vida en línea que nos está cobrando en rendimiento escolar, en convivencia y en equilibrio emocional. Es el momento de hacer lo que casi nadie se atreve: poner límites reales, no discursos. No se trata de odiar la tecnología; se trata de recuperar lo perdido.
Empieza por lo más simple y lo más difícil: apaga los datos. No para “desaparecer”, sino para reaparecer. El dato móvil es el cordón umbilical de las aplicaciones: sin datos, no hay arrastre infinito; sin datos, vuelve el margen para pensar. Prueba una franja diaria sin internet móvil: al entrar a clase, al comer, al llegar a casa. Si urge, que te llamen. Si no urge, que espere.
En la escuela: bolsita de celulares al inicio, tiempos claros de consulta, tareas donde el teléfono entra con propósito y después se guarda. Recuperemos el escenario análogo: libreta, lectura en voz alta, radio, foto impresa, museo, debate cara a cara, reloj despertador. Lo digital como herramienta; el aula como territorio protegido.
Y en casa, lo mismo: una mesa sin pantallas, un acuerdo familiar de horarios, una noche a la semana con conversación larga. Suena básico. Justo por eso es intenso: porque casi nadie lo hace de verdad.
La pregunta final no es tecnológica, es humana: ¿vamos a seguir entregando nuestra atención como si fuera gratis? Ajustar el tiempo de internet no es castigo; es autocuidado. Es salud mental. Es aprovechar la escuela antes de que la escuela se vuelva solo otro fondo mientras scrolleamos la vida. El cambio empieza con un gesto pequeño, repetido y colectivo: apagar datos, mirar a los ojos y volver a estar presentes.
Haz la prueba siete días: una hora diaria sin datos; una tarea escolar sin interrupciones; un paseo sin audífonos; una conversación completa. Si no mejora tu foco, vuelve a lo de siempre. Si mejora, ya lo sabes: vale la pena arriesgarse.
Opinión
Martes 13 Ene 2026, 06:30
Apaga los datos: la salud mental y la escuela no pueden seguir en ‘vibrar’
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Karla Cháirez Arce
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