“La muerte de la sociedad actual está inscrita en la degeneración altanera de los rascacielos”

Alejandro Jodorowsky

La degeneración política se refiere al deterioro de la política, caracterizado por la corrupción, el oportunismo, la pérdida de credibilidad, la fragmentación, la polarización y la conexión y desconexión con la ciudadanía. En este contexto, se priorizan los réditos electorales sobre el bien común, lo que resulta en una notable ineficiencia para resolver los problemas sociales y en un debilitamiento de las instituciones democráticas. Se manifiesta en el descrédito de los partidos, el abuso de la retórica populista (demagogia) y la normalización de prácticas que erosionan la confianza pública, como el incumplimiento de las leyes y la manipulación de los procesos, amenazando la democracia misma.

Son muchos los artículos y libros que, en los países occidentales —más o menos democráticos—, vienen poniendo de manifiesto el proceso de degradación de la democracia y del Estado de derecho en los últimos años. Las causas pueden ser variadas y en cada país concurren circunstancias distintas, pero ello nunca puede servir de justificación. Se trata, desde luego, de un proceso profundamente negativo que, si no lo impedimos, será muy peligroso para los ciudadanos e implicará, como ya ha ocurrido en otros tiempos, un serio retroceso para nuestra civilización occidental.

Claramente, la democracia no es un sistema de gobierno perfecto, aunque su evolución tenga más de 2 mil años. Winston Churchill tenía razón cuando afirmaba que la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado. Sin embargo, hoy es un hecho que el rechazo a los políticos y a sus modos de gobernar recorre todo el mundo occidental.

El problema se agrava, como ocurre en México y en muchos otros países, si tenemos en cuenta que lo que realmente existe es una democracia cuestionable, dominada por Morena y por partidos políticos oligárquicos con una aparente representación ciudadana en sus filas, lo que la convierte en una lamentable e intolerable partidocracia. Esta situación deriva de que los tres poderes del Estado se encuentran subordinados a los “iluminados”, entiéndase Andrés Manuel López Obrador.

Más aún, en México la situación se ha visto especialmente agravada desde el momento en que el partido oficial más representativo y sus partidos satélites, con capacidad de gobernar, optaron por un proceso de máxima polarización, de incumplimiento sistemático de las leyes, de ataque a la necesaria y preceptiva separación de poderes y de un permanente atentado contra las instituciones en las que se sustenta la ya cuestionada democracia existente. Todo ello constituye un lamentable espectáculo dominado por la mentira, la demagogia y el populismo.

México, a lo largo de su dilatada historia, ha atravesado numerosas situaciones complejas y múltiples guerras civiles, generalmente provocadas por gobernantes incompetentes y por ciudadanos que no quisieron o no pudieron ponerles freno. Esto último es lo que hoy nos incumbe a todos. A través de la sociedad civil, del fortalecimiento del Estado de derecho, de iniciativas legislativas populares y de una participación ciudadana mucho más activa de lo habitual, es posible revertir este proceso y profundizar en la democracia y en el respeto a la ley. Quejarse de las élites o de una clase política manifiestamente mejorable no es suficiente, ya que la responsabilidad última recae en los ciudadanos que los eligen o que, resignados, permiten que actúen sin control. Por ello, son fundamentales las iniciativas de la sociedad civil y la participación en entidades como la Fundación Hay Derecho, entre otras, para oponerse activamente a que el proceso de degradación de la democracia termine por destruirla.

Lo que se necesita, y se debe exigir, son líderes que crean verdaderamente en la democracia, en el Estado de derecho y en la separación de poderes, y que los defiendan por encima de cualquier interés personal o partidista. No políticos que estén únicamente al servicio del poder a cualquier precio y que, para mantenerlo, estén dispuestos a provocar enfrentamientos lamentables y peligrosos que pueden desembocar en violencia tras haber eliminado los necesarios contrapesos institucionales.

Para defender la democracia frente a los procesos populistas y autoritarios que estamos padeciendo, es imprescindible iniciar una verdadera democratización de los partidos políticos, predicar con el ejemplo en el cumplimiento de la Constitución —que actualmente no se respeta— y garantizar la separación de poderes. El poder legislativo debe cumplir su función y no actuar como un apéndice del poder ejecutivo, y este último no debe comportarse como si estuviera concentrado en una sola persona apoyada por una oligarquía.

De las innumerables tropelías contra la democracia que hemos presenciado en los últimos años, hay una que destaca por encima de las demás: la falta de una democracia real y efectiva, que atenta contra la necesaria separación de poderes y pone en cuestión el pilar fundamental de la justicia, indispensable en cualquier sistema democrático. De esta actuación irresponsable son claramente responsables los dos partidos mayoritarios, los presidentes del Congreso y del Senado y, desde luego, la presidenta de la República, quienes están incumpliendo la ley y ofreciendo un lamentable ejemplo a la ciudadanía, del que deberían responder sin ninguna duda.

Para los puestos de responsabilidad política se pueden proponer personas de confianza —siempre ha sido así—, pero estas deben estar capacitadas para la función que van a desempeñar y su gestión debe desarrollarse conforme a la ley, y no de manera descaradamente partidista y arbitraria, incurriendo en desviación de poder e incluso en prevaricación en algunos casos.

Por último, es necesario estar siempre alerta y preparados para luchar contra las dos grandes desgracias de todos los tiempos y de todas las sociedades: el populismo y el nacionalismo excluyente, a los que tantos políticos recurren para mantenerse y perpetuarse en el poder, degradando la democracia y las instituciones que la sostienen. Esta responsabilidad incumbe a todos los ciudadanos, que debemos ser conscientes de la gravedad de lo que está ocurriendo y valorarlo debidamente a la hora de votar.

Salud y larga vida.