En los últimos días, en México se ha hablado mucho de personas que se autodefinen “therian”. El tema ha inundado redes sociales, noticiarios, programas de opinión y conversaciones de sobremesa. Hay quienes se burlan de estas manifestaciones juveniles, otros se indignan por el comparativo y otros más que lo catalogan como vehemencia; y hay quienes simplemente no entienden de qué se trata. Quizá aquí estaría el primer problema: reaccionamos rápido, pero pensamos poco.
Más allá de lo llamativo del fenómeno, vale la pena hacer una pausa. No para juzgar ni para aplaudir, sino para preguntarnos qué está pasando con nuestra sociedad. ¿Por qué elegir una identidad —por extraña que parezca— en el vacío? Algo tiene que estar faltando en esas personas para que sientan que no encajan en lo humano y sí en lo animal, tal como hoy se vive.
El sociólogo Zygmunt Bauman ya advertía que vivimos tiempos “líquidos”, donde casi nada es firme, ni el trabajo, las relaciones, el futuro y menos en un país como el nuestro, marcado por la violencia, la incertidumbre económica y la desconfianza en las instituciones. Para muchos jóvenes, el mundo adulto no ofrece certezas, solo exigencias. En ese contexto, buscar refugio en otras formas de identidad puede ser más un acto de supervivencia que de rebeldía.
Las redes sociales amplifican todo. Hoy no basta con sentir algo: hay que mostrarlo, grabarlo y publicarlo… y si es posible, viralizarlo hasta monetizarlo. Parece que la identidad se convierte en un escaparate permanente. El sociólogo Erving Goffman explicaba que todos representamos un papel frente a los demás; lo nuevo es que ahora ese escenario es público, inmediato y global. Y en ese escenario, lo raro, lo extremo o lo incomprensible, suele atraer más atención que lo cotidiano.
Quizá por eso la reacción social ha sido tan dura. La burla, el meme y la descalificación funcionan como mecanismos de defensa. Reírnos de lo que no entendemos para no tener que enfrentarlo, pero esa risa no es inocente, termina aislando aún más a quienes ya se sienten fuera de lugar. Como advertía el propio Goffman: estigmatizar no corrige, solo profundiza la distancia.
Tampoco ayuda irse al extremo contrario. Validar cualquier cosa sin preguntas, como si cuestionar fuera sinónimo de intolerancia. Pensar no es atacar. Preguntar no es odiar. Una sociedad sana necesita diálogo, no consignas; necesita escuchar, pero también atreverse a reflexionar sobre los límites, el sentido y las consecuencias de lo que se normaliza.
El filósofo Jean-François Lyotard hablaba de una época en la que se han perdido los grandes relatos que daban sentido a la vida. Hoy, cada quien parece tener que inventar el suyo, a solas, con pocas herramientas y demasiado ruido alrededor y peor aun cuando la familia, la escuela y la comunidad están dejando de ser espacios de formación, por eso el vacío no tarda en llenarse con lo que esté a la mano, como las redes sociales.
Por eso, más que preguntar si estas expresiones identitarias nos gustan o nos incomodan, quizá deberíamos preguntarnos ¿qué estamos dejando de ofrecer como sociedad? ¿Estamos escuchando a nuestros jóvenes o sólo reaccionando cuando algo nos escandaliza? ¿Estamos formando personas o solo exigiendo resultados? ¿Estamos construyendo comunidad o simplemente sobreviviendo en paralelo?
El fenómeno “therian” no es el centro del problema, es una señal de lo que será un problema social. Es un suceso que nos dice que algo no está funcionando del todo bien, y que para algunos, el hecho de ser humano en esta realidad, resulta pesado, confuso o insuficiente.
Y tal vez la reflexión más urgente no sea sobre quienes buscan otras identidades, sino sobre qué tipo de mundo estamos construyendo para que cada vez más personas sientan que no caben en él o si no como explicar tantos intentos de suicidios.
Porque si hoy nos sorprenden o nos desconciertan estas nuevas formas de identidad, también deberíamos mirar hacia quienes definen el rumbo educativo y cultural del país. La discusión sobre los libros de texto de la Nueva Escuela Mexicana no es ajena a este debate. En ellos se promete formar pensamiento crítico, identidad y comunidad, pero la pregunta sigue abierta: ¿qué idea de ser humano estamos transmitiendo realmente?, porque se dejó de enseñar sobre lo verdaderamente trascendente?
Hoy la educación evita hablar con claridad de límites, de responsabilidad, de naturaleza humana y de bien común; sustituye la reflexión profunda por consignas ambiguas o silencios cómodos generando vacíos que terminan llenándose en otros espacios como en las redes sociales, en identidades fragmentadas, en búsquedas solitarias de sentido.
No se trata de culpar a los jóvenes por lo que expresan, sino de todos asumir la responsabilidad política y social de lo que dejamos de enseñar. Si realmente se aspira a formar buenos y ejemplares ciudadanos, no se puede renunciar a ofrecer referentes claros, éticos y humanizantes por eso no debería sorprendernos que algunos busquen respuestas fuera de lo humano.
Al final, el debate no es sobre modas identitarias, sino sobre el país que estamos formando desde las aulas y que permitimos en el hogar. Y esa sí es una discusión política que no podemos seguir evadiendo.
Entender a un joven que dice identificarse con un perro o un caballo, implica ir más allá de la literalidad. Parece que no está afirmando que sea un animal, sino expresando —muchas veces sin las palabras adecuadas— una necesidad profunda de pertenencia, protección o libertad. El perro simboliza lealtad, aceptación incondicional y compañía; el caballo, fuerza, movimiento y escape.
Hoy muchos jóvenes se sienten presionados, juzgados y sin rumbo claro y estos símbolos -según parece- se convierten en un lenguaje emocional alternativo para decir “aquí me siento seguro” o “así quisiera vivir”. Carl Jung señalaba que los símbolos no surgen al azar: aparecen cuando la conciencia no logra expresar ciertos conflictos. Más que una negación de lo humano, esta identificación podría ser una metáfora del malestar y del deseo, una forma de comunicar lo que no ha encontrado escucha en otros espacios.