La política siempre busca infectar todo. Es un pensamiento común de quienes viven alejados de la esfera pública. Desde el cristal de los políticos, la política está en todos lados y el fútbol no es la excepción. En países como Argentina o Brasil el fútbol y la política tienen un matrimonio estable y fuerte; mientras que en México es una relación con altibajos.
En tiempos del odiado por la chairiza y añorado por los nostálgicos del poder: Enrique Peña Nieto es que se lanzó la apuesta conjunta de Estados Unidos, México y Canadá para albergar la Copa del Mundo de la FIFA 2026 y sólo un día antes de comenzar el mundial de Rusia 2018, en Moscú la apuesta tripartita derrotó a Marruecos por la sede del mundial 2026. A pesar del anuncio, este no tuvo impacto en los comicios de ese año, a pesar de las críticas de amplios sectores del morenismo contra la decisión de la FIFA que hacía a México sede munidialista por tercera vez.
Hoy que gobiernan de nueva cuenta el país, Claudia Sheinbaum como presidenta mexicana hace guiños a la justa y, simultáneamente, lo desdeña. Pero, no pierde oportunidad ella y su partido, así como patrocinadores y medios de comunicación en hacer maximizar esta famosa competencia.
Si nos quitamos los lentes de color rosa que nos pone la FIFA y los patrocinadores, la realidad es otra: este no es el mundial de México; es el Mundial de los gringos, y a nosotros nos invitaron a poner la botana y a prestar la casa para la entrada.
En 1970 y 1986, México era el centro del universo futbolístico. Absolutamente todo pasaba por aquí. Se jugaba desde la inauguración hasta la final en el Azteca. Éramos los dueños del balón. En 2026, la realidad es que somos "anfitriones de relleno".
De los 104 partidos que tendrá esta edición (la más grande) del torneo, a México sólo le tocaron 13. ¡El 12%! Estados Unidos se quedó con el 75% del pastel. Mientras ellos se llevan las Semifinales y la Gran Final a sus estadios climatizados de la NFL, a nosotros nos dejaron la fase de grupos y un par de juegos de eliminación directa que saben a poco.
Tan corrupta la FIFA como la Femexfut, esta última junto con el comité organizador han hecho una maestría en maximizar la narrativa. Nos dicen que "hacemos historia" al ser el primer país con tres mundiales. Y sí, suena y se lee bonito, pero es una victoria de papel. Estamos estirando la liga de la nostalgia para que no se note que el Estadio Azteca (hoy renombrado) tuvo que ser "parchado" a marchas forzadas porque ya no competía con las naves espaciales que tienen en Dallas o Los Ángeles.
En el 86, México le dio al mundo la "Ola" y el mejor gol de la historia (la mano de Dios). Teníamos peso político en la FIFA. Hoy, el peso de México es puramente comercial y demográfico. Nos quieren porque llenamos estadios allá y acá, porque el mercado de la nostalgia en dólares es una mina de oro, no porque seamos la potencia organizativa que fuimos hace 40 años cuando de rebote nos dieron la sede mundialista.
Se presume que no se gastó dinero público en estadios, y eso está bien, pero comparemos el impacto real. En los mundiales anteriores, la infraestructura que se quedaba era transformadora para el país. Hoy, la inversión pública se ha ido en "maquillaje" urbano y en arreglar el transporte que ya de por sí debería funcionar bien.
La iniciativa privada está haciendo su agosto, claro. Pero mientras en el 70 y 86 el Mundial era un proyecto de nación, hoy parece un proyecto de exportación. México está maximizando su peso como "marca", vendiendo la imagen de pasión y color, pero en la mesa donde se toman las decisiones y se reparten los dólares de a de veras, hablamos inglés con acento de Wall Street.
Nos queda el orgullo de ser la sede de la inauguración, un regalo de consolación que nos dieron para que no se sintiera tan feo el desprecio de la Final. Muchos tienen la esperanza de que la selección mexicana llegué más lejos que en el 86, lo cual no pasará, por más propaganda oficial y mercadotecnia: nuestra selección mermada por una federación mexicana cuestionada y que se percibe como corrupta y un equipo producto de la improvisación y no de un proceso serio.
La sombra del fracaso deportivo acecha. A diferencia del 86, donde teníamos a un Hugo Sánchez en su apogeo y un equipo que se sentía invencible en casa, hoy la Selección Mexicana llega cuestionada, sumida en una crisis de estructura y con el eterno problema de la multipropiedad en la liga local que la FIFA prometió erradicar pero que sigue ahí, vivita y coleando.
Estamos maximizando el "ruido", pero minimizando el impacto real para el mexicano promedio. Estamos ante un mundial de "espejitos" donde nos presumen la inauguración para que no nos quejemos de que el plato fuerte se sirve en Texas. Esto huele más a negocio de unos cuantos que a gloria nacional.
Lo que no dice del mundial: y mientras nosotros ponemos la seguridad, la logística y el tráfico, la FIFA se frota las manos. Este ciclo mundialista les va a dejar 11,000 millones de dólares, un 70% más que el mundial de Qatar. Lo más triste es que, gracias a las leyes de "excepción fiscal" que les firmamos, ese dinero sale de México libre de polvo y paja. No pagan ISR, no pagan IVA en sus transacciones logísticas... básicamente, les pusimos el banquete, servimos la mesa y ellos se llevan hasta las propinas.
El verdadero "fuera de lugar" está en los precios de los boletos: dejó de ser un espectáculo accesible y es solamente para la élite de las élites. En los mundiales pasados, ir al estadio era un premio al esfuerzo, una fiesta popular. Hoy, los boletos individuales para los partidos en México arrancan en los 34,000 pesos y llegan hasta los 78,000 en zonas de hospitalidad. ¡Lo bueno es que subió salario mínimo para que la chairiza pueda comprar sus boletos!
La FIFA lanzó una categoría "económica" de 60 dólares pero seamos honestos: con 20 millones de solicitudes, conseguir uno es como sacarse la lotería sin haber comprado cachito. El fútbol, ese deporte que nació en los barrios y se alimentó de la pasión del pueblo, se ha convertido en un producto de lujo. En 1970 podías ir al estadio con lo que traías en la bolsa del pantalón; en 2026, si no tienes una tarjeta de crédito dorada, te toca verlo por la tele mientras te tomas una chela que también subió de precio por el "impuesto mundialista".
Por último, mientras la narrativa oficial habla de una derrama de 3,000 millones de dólares, la realidad en la calle es que ese dinero se queda en los bolsillos de las grandes cadenas hoteleras y de los dueños de los palcos. Para el vecino de a pie, el mundial no significa progreso, sino tener que mudarse más lejos porque su barrio se volvió "impagable" de la noche a la mañana. Estamos maquillando nuestras carencias sociales para que el mundo vea una fiesta de la que muchos mexicanos solo verán los fuegos artificiales desde lejos.
Este mundial no es la consolidación de México como potencia, es el recordatorio de que, en el fútbol moderno, el dinero manda sobre la historia. Estamos celebrando un "tercer mundial" que, en realidad, es medio mundial de Estados Unidos, un cuarto de Canadá y un poquito del México que alguna vez fue el rey de la CONCACAF.
Antes de iniciar la competencia, México se confirma como un país “migajero” en el contexto del mundial y maximiza la esperanza de que la selección mexicana hará cosas grandes, cuando será lo de siempre: la decepción nacional.
ESPRESSO COMPOL
La política se ha metido en el mundial 2026 desde origen. Hay que sumarle la aparición de Donald Trump, quien será el ganador absoluto, en términos de comunicación política, de esta copa del mundo 2026.