Finalmente llegó la hora de que se aprobara la reducción de la jornada laboral a 40 horas. La reforma fue avalada con 121 votos a favor y cero en contra, pero confrontó a Morena con la oposición, ya que, a pesar de su aval a la iniciativa presidencial, panistas y priístas criticaron esta modificación al Artículo 123 constitucional e insistieron en que se establezca de inmediato la reducción de la jornada de trabajo, aunque ellos no lo hicieron en 100 años.
La aprobación en el Senado es parte de un proceso más amplio de reforma laboral, una pequeña parte de las luchas de las y los trabajadores. La reducción de la jornada laboral a 40 horas, en un país donde desde hace casi 50 años se establecieron las 48 horas, es a todas luces una victoria de las y los trabajadores. Claro está, aún no podrá instaurarse de inmediato, porque se trata de un proceso largo. Para empezar, debe aprobarse también en la Cámara de Diputados y en los congresos locales, lo cual muy probablemente ocurrirá, ya que la mayoría de estos mantiene una mayoría de Morena y sus aliados.
También debemos recordar que esto no surgió de la noche a la mañana. El tema ha sido una exigencia desde hace muchos años; sin embargo, con los gobiernos del PRI y el PAN, que sirvieron como sucursales de los intereses económicos privados y extranjeros, la exigencia no tenía resonancia. Por el contrario, priístas y panistas, empresarios y sus voceros rechazaban tajantemente estas posturas; las desdeñaban, las criticaban y las satanizaban. Incluso decían que eran “ideas trasnochadas”, mientras los gobiernos neoliberales destruían los derechos laborales, aplastaban el salario mínimo y estrangulaban cualquier forma de organización obrera, ya fuera mediante la corrupción y el “charrismo” sindical o por la represión directa contra los trabajadores organizados, al grado de casi desaparecer cualquier esperanza de que esto fuera una realidad.
Con la llegada de la Cuarta Transformación, encabezada por el presidente Andrés Manuel López Obrador, una ola de esperanza revivió, no solo en este tema. Se trataba de levantar un país en ruinas en todos los aspectos. Sin embargo, como su nombre lo indica, comenzó la “transformación” en un país donde los poderes económicos aún conservaban gran influencia y en el que el Estado seguía siendo parte del viejo régimen. No se diga de los espacios de poder de la oposición política, que ha intentado frenar todo avance; aunque ha perdido fuerza, todavía existen resistencias. Para AMLO, el tema siempre fue importante; sin embargo, para lograrlo, además de que el pueblo llevara a Morena a la mayoría en el Poder Legislativo, también había que hacer frente a esos grupos de poder, algo que ocupó todo el sexenio. Aun así, hubo avances históricos en muchos aspectos, pero la reducción de la jornada seguía pendiente.
Con la llegada de la presidenta Claudia Sheinbaum, y con plena legitimidad, se mantiene esta exigencia. Afortunadamente, ahora el Poder Judicial ha sido renovado y no debe haber temor de que, como sucedió con la reforma eléctrica de AMLO —que, pese a haber sido aprobada por mayoría en el Senado y en el Congreso de la Unión, fue bloqueada de manera cuestionable—, cualquier reforma que avance en el Legislativo sea anulada.
Desde el año pasado, en el Poder Legislativo comenzaron a desarrollarse mesas de trabajo y gestiones con empresarios y con la iniciativa privada para impulsar esta reducción de la jornada laboral, sobre todo porque no solo se trata de la opinión del empresariado nacional. Nuestro país es clave en la cooperación comercial, industrial y económica de la región, especialmente por el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), tema que también debe abordarse con esos gobiernos y empresas extranjeras.
El asunto es aún más amplio, porque las actuales circunstancias políticas, económicas y geopolíticas, así como la postura del presidente Donald Trump y el quiebre en los tratos comerciales que mantiene Estados Unidos con el mundo —incluidos sus “aliados” como Europa o México—, han generado tensiones en todos los ámbitos. Las compañías y corporaciones temen el cierre de empresas ya establecidas en nuestro territorio y buscan estabilidad para sus inversiones y proyectos futuros. En todo esto entran las condiciones laborales de cada país y, principalmente, de México como actor fundamental en estas relaciones.
La aprobación en el Senado y lo que ocurra próximamente en la Cámara de Diputados, en torno a la reducción de la jornada laboral a 40 horas de manera gradual —para lograr su aplicación total en 2030—, aunque políticamente celebrable, exige prudencia. Morena cuenta con el respaldo de la mayoría de los mexicanos y, sobre todo, de la clase trabajadora; sin embargo, es necesario avanzar con cautela, sin descuidar el motor económico y las relaciones comerciales. En el sector privado esta noticia no es bien vista, pero también para ellos es necesario que el proceso avance de manera ordenada.
Podemos sostener que la aprobación en el Senado merece celebrarse por parte de las y los trabajadores, porque es una lucha digna, justa y legítima que debe seguir avanzando. Es esencia de nuestro movimiento y la realidad así lo exige: los mexicanos no deben seguir siendo mano de obra barata ni vulnerables a procesos de explotación. Por eso se ha aumentado el salario mínimo y reforzado los derechos laborales. La jornada de 40 horas llegará; es un objetivo de la transformación.