Este domingo, mientras los comentaristas repetían que más de 195 países estaban conectados al Super Bowl, en Chihuahua alguien celebraba en la fila del Oxxo haber alcanzado el último paquete de carbón, pero en el grupo de WhatsApp ya se lanzaban pronósticos con una seriedad casi electoral y, cuando sonó el kickoff en el Levi’s Stadium, la audiencia se partió en dos: Patriots o Seahawks. A favor o en contra. Como si el gesto de elegir ya fuera suficiente participación.
El Super Bowl LX se jugó este domingo, pero se consumió desde finales de agosto desde que la temporada empezó a ocupar conversación, pauta, expectativa. México volvió a apropiarse de uno de los rituales más estadounidenses sin pedir traducción ni permiso cultural. Decenas de millones frente a la pantalla, reunidos en casa, con amigos, con familia. El detalle decisivo no fue cuántos lo vieron, sino cómo lo vieron: más del 70 por ciento lo siguió con una segunda pantalla en la mano.
El celular decide cuándo se celebra, cuándo se indigna, cuándo se compra. Sirve para comentar la jugada antes de que termine, para apostar, pedir comida sin levantarse, para amplificar un error arbitral y para imponer una lectura del partido en tiempo real. El juego ocurre en el campo; el sentido se produce en el teléfono. La transmisión ya no informa: sincroniza.
Así se fabrica el milagro contemporáneo: un juego estadounidense convertido en hábito familiar mexicano y, al mismo tiempo, en circuito permanente de consumo, datos y reacción.
La economía no duda. CONCANACO SERVYTUR calculó una derrama de 56 mil millones de pesos en México por esta noche. Restaurantes, bares, tiendas, plataformas de entrega. El guacamole, la cerveza, las botanas. La “noche que más se come” no es tradición: es estrategia. En Chihuahua se ve con claridad: pantallas gigantes, ambiente tailgate, promociones. El consumo necesita espectáculo; el espectáculo necesita permanencia digital. Nada se deja al azar.
Pero el punto de quiebre de 2026 no estuvo en el marcador. Estuvo en el medio tiempo.
Bad Bunny encabezó el halftime show y el Super Bowl cambió de idioma sin pedir permiso. El español ocupó el escenario más visto del mundo sin subtítulos ni disculpas. Para algunos, la NFL se volvió concierto. Para otros, se volvió declaración política. Millones que no siguieron la temporada estuvieron solo por el show y se quedaron lo suficiente para comprar lo mismo que todos: atención empaquetada e identidad convertida en mercancía cultural.
La reacción fue inmediata y masiva, amplificada —otra vez— por la doble pantalla. Memes, reels, celebraciones, pero también rechazo. Porque esa atención no es neutral. Es territorio político.
En Estados Unidos, la elección de Bad Bunny detonó una confrontación abierta con sectores del movimiento MAGA y con el segundo mandato de Donald Trump. Trump calificó el espectáculo como ofensivo, ajeno a la “cultura americana”, y lo utilizó como símbolo de lo que considera una deriva progresista del entretenimiento. En paralelo, circularon rumores sobre presencia del ICE en el estadio y sus alrededores, que obligaron a la NFL a emitir aclaraciones oficiales. Cuando un evento deportivo debe desmentir redadas y responder a presidentes, el deporte ya quedó atrás.
El mensaje fue claro: el Super Bowl ya no es solo un juego. Es un escenario donde se disputan identidad, frontera, mercado y poder simbólico.
La doble pantalla volvió a operar. No solo amplificó el show; ordenó la discusión. Algoritmos priorizaron indignación, celebraciones y choques culturales. El usuario no eligió el debate: el debate le llegó listo para su consumo. La conversación política no se dio en sobremesas largas, sino en reels de quince segundos, en frases recortadas, en reacciones inmediatas. La política, como el partido, se jugó en dos canchas: la visible y la invisible.
Mientras tanto, en la misma semana, iniciaron los Juegos Olímpicos de Invierno Milano-Cortina 2026. Cinco atletas representando a un país de más de 130 millones de personas, donde casi la mitad del territorio es desierto y apenas una fracción conoce la nieve. Ahí el consumo fue distinto: fragmentado, selectivo, sostenido por orgullo más que por hábito. Sin ritual masivo. Dos eventos globales, dos modelos de atención.
El Super Bowl funciona como espejo político. Muestra cuánto nos gusta reunirnos, pero también cuánto dependemos de que nos organicen la emoción. El partido se jugó en el campo, sí, pero la noche se decidió en el algoritmo. Ya no competimos por ver, ahora lo hacemos por quien reacciona primero.
Cuando baje el bullicio, el gesto político no será apagar la televisión. Será revisar qué consumimos además del partido, quién decidió el menú —si nosotros o el anuncio— y qué opiniones repetimos sin verificar. Si vamos a compartir una imagen, que vaya con contexto y fuente, no solo con impulso. Porque la emoción sin freno no solo se vende: se gobierna. El evento pasa, la conversación se diluye, pero el hábito se queda.
Y el hábito —conviene decirlo sin rodeos— si no lo decides tú, alguien más lo decidirá por ti.