Cuando la vida de su madre y de sus dos hermanos estuvo en peligro, Austin[1] un joven de 13 años decidió que rendirse no era una opción: motivado, nadó contra viento y marea casi cuatro horas, aproximadamente 4 kilómetros casi desde mar adentro, hasta alcanzar la orilla de la playa para pedir ayuda.
En cada brazada, mantuvo pensamientos positivos y repitiéndose a sí mismo “sigue nadando, sigue nadando” hasta lograrlo. Su determinación motivada por una mezcla de amor por su familia, fuerza mental y resistencia física, no solo le permitieron salvar sus vidas, sino también demostrar que con coraje y fe podemos enfrentar y superar incluso los retos más difíciles.
En la vida cotidiana es común escuchar la palabra “motivación”. Alguien dice: hay que “motivar a los jóvenes”, ¡¡aviénteles un discurso que los motiveee!! ¡¡échele fibraaa!!; sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente estar motivado y, sobre todo, desde dónde nace la motivación auténtica.
El filósofo Carlos Llano dice que “‘motivar’ no es más que incidir en la decisión sugerente: ‘meter’ en el otro las razones y motivos para que quiera y tienda a una determinada cosa”[2], dicho de otro modo: “nadie puede mover verdaderamente la voluntad de otra persona desde fuera”. A diferencia de los animales, los seres humanos no reaccionamos de forma automática ante los estímulos, podemos aceptarlos o rechazarlos; aunque existan presiones, la decisión última siempre es personal.
Algunas personas entienden la motivación como un empujón: premios, amenazas, gritos incendiarios o estímulos emocionales que provocan una conducta. La motivación auténtica no empuja ni obliga: propone razones, da argumentos. No condiciona la voluntad, sino que la convence.
Motivar no es imponer un comportamiento, sino ayudar a descubrir un sentido. Cuando un estudiante decide esforzarse o comprometerse con un proyecto, lo hace porque encuentra un motivo que vale la pena alcanzar. La motivación verdadera surge cuando el motivo se hace personal y se integra a nuestros fines, metas o proyecto de vida.
Llano[3] distingue entre el “bien” y el “motivo”. El bien es algo valioso en sí mismo; el motivo es la razón por la cual ese bien se vuelve importante para una persona concreta, en un momento concreto. Dos estudiantes pueden enfrentarse a la misma oportunidad académica y reaccionar de manera distinta, porque sus motivos no son los mismos.
Para los estudiantes este enfoque resulta clave. Estudiar no debe reducirse a cumplir, aprobar o evitar el fracaso. La motivación más fuerte no nace del miedo ni de la presión, sino aprender para comprender el mundo, crecer como persona, servir a otros o construir un proyecto de vida con sentido.
Llano subraya que la motivación no puede sostenerse solo en el entusiasmo inicial. Muchas decisiones comienzan con ilusión, pero solo permanecen cuando se apoyan en la “voluntad racional”. No todo lo valioso es siempre agradable. Hay esfuerzos que cansan, materias que cuestan trabajo y procesos de aprendizaje que parecen largos. La voluntad madura no actúa solo cuando hay ganas, sino cuando hay convicción y deber moral.
La verdadera motivación no elimina la dificultad, sino que nos da argumentos para superarla. Cuando una persona se esfuerza incluso sin ánimo, porque sabe que vale la pena, está ejerciendo su libertad de manera plena. En este sentido, motivarse es aprender a gobernarse. No se trata de esperar inspiración, sino de formar criterios, ordenar nuestros deseos y orientar la acción hacia fines valiosos. Para los jóvenes, esta tarea no solo define la formación académica, sino el tipo de persona que están construyendo día a día.
[1] https://www.infobae.com/america/mundo/2026/02/03/sigue-nadando-sigue-nadando-un-heroe-de-13-anos-salvo-su-vida-la-de-su-madre-y-la-de-sus-hermanos-en-el-mar-australiano/
[2] Llano, Carlos, Análisis de la acción directiva, Limusa.
[3] Llano Cifuentes, C. (1998). Análisis filosófico de la motivación. Ediciones Ruz.