Seguido usamos palabras como "suerte", "destino" o "libertad" sin pensar qué significan. Y esto no es solo asunto de filósofos, es de padres, hijos, maestros, esposos, abuelos, amigos, etcétera: nos incumbe a todos en la vida diaria, en cómo nos sentimos, en cómo tratamos a los demás y cómo decidimos.

Hay palabras que parecen explicarlo todo sin explicar algo. Cuando decimos "tuvo suerte" frente al éxito de alguna persona, en el fondo decimos que no importó el esfuerzo que hizo para alcanzarlo, simplemente afirmamos gratuitamente: “le tocó" o “fue un tontazo”. Esas palabras nos dejan tranquilos, pero también nos vacían la mente.

Algo parecido pasa con una idea de libertad muy común hoy: entenderla como "no tener ataduras". Bajo esta idea, ser libre sería desligarse de todo: de la familia, las costumbres, las normas, hasta de nuestra propia naturaleza. El problema es que este modo de entender la libertad nos hace sentir esclavizados por todo lo que nos rodea y nos empuja a vivir en rebeldía constante, con enojo, envidia y desconfianza. Buscando la felicidad por ese camino, terminamos encontrando justo lo contrario: frustración y vacío.

Desde Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, la filosofía explica al ser humano con dos facultades: el entendimiento, con el que conocemos la verdad, y la voluntad, con la que buscamos el bien. No están "listas" desde que nacemos; se desarrollan con el tiempo, igual que un bebé en el vientre materno tiene piernas, pero necesitan tiempo para fortalecerse y caminar.

La voluntad siempre busca una sola cosa de fondo: la felicidad. El problema es que "felicidad" es una palabra amplia, y ahí entra la libertad: elegir en qué cosas concretas ponemos esa búsqueda. No es lo mismo desear "ser feliz" que decidir estudiar o formar una familia.

La idea central es esta: la libertad no consiste en desatarnos de todo, sino en elegir bien a qué o a quién nos atamos. Somos libres cuando decidimos, con la razón bien informada, comprometernos con lo que nos hace mejores: un trabajo con honestidad, una familia cuidada con paciencia, un estudio con disciplina.

Si nuestro juicio se equivoca, o si la voluntad es débil y no sostiene lo decidido, el resultado será infelicidad, aunque hayamos "ejercido nuestra libertad". No basta con elegir: hay que elegir bien y sostenerlo con firmeza.

No todo lo que parece bueno lo es para nosotros. Lo que le conviene a una persona no siempre le conviene a otra, y lo que hoy parece un bien puede resultar, con el tiempo, un obstáculo. Por eso el entendimiento debe juzgar si lo que perseguimos, por ejemplo, dinero, reconocimiento, una relación, un puesto, una actividad política realmente nos acerca a ser mejores o solo da un gusto pasajero. Si ese juicio se hace a la ligera, terminamos atados a cosas que nos dejan vacíos.

La libertad no es un fin en sí misma, sino un medio para algo mayor: nuestro destino personal. Como una semilla llamada a ser árbol, cada persona está llamada a ser la mejor versión de sí misma: un buen padre o madre, un profesionista honesto, un amigo leal, un estudiante comprometido. La libertad es la herramienta que nos permite ir formando ese camino hacia nuestra plenitud, lo que la tradición filosófica llama virtud.

La próxima vez que digamos "no quiero atarme a algo" o "tuvo pura suerte", vale la pena detenernos. Quizás la verdadera libertad no está en cortar lazos, sino en escoger con cuidado a qué cosas buenas vale la pena atarnos: nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros valores. No se trata de decidir cualquier cosa, sino de decidir bien, con la cabeza en la verdad y el corazón dispuesto a sostener lo elegido.

Ese compromiso, sostenido con firmeza, es el camino más seguro hacia una vida plena y feliz: la única suerte que vale la pena construir es la que forjamos con nuestras propias decisiones.

Análisis y reflexión de: Sánchez Cú, J. F. (2026). Persona humana y libertad [Conferencia magistral]. VIII Congreso Nacional de Filosofía. https://www.youtube.com/watch?v=5H3qD_MQzQg