En una sala de espera ya nadie espera. Una mujer desliza el dedo sobre el teléfono; enfrente, un hombre hace lo mismo. Videos, recetas, accidentes, política, perros. Uno termina y comienza otro. Alguien sube el volumen y ocurre algo más extraño: su consumo privado se vuelve programación para todos.
La escena parece menor hasta que aparece en todas partes.
Esta semana ocurrió que grupos de adolescentes ocuparon espacios públicos para “farmear aura”, tendencia que convierte gestos y actitudes en una representación de carisma capaz de generar reconocimiento digital. La contradicción importa: aquello que los mantenía pegados al sillón consiguió levantarlos, reunirlos y llevarlos a la calle.
Guardaron el teléfono; no necesariamente dejaron atrás su lógica.
Nick Couldry y Ulises Mejias llaman colonialismo de datos al proceso que convierte la vida humana en materia para extraer información y generar valor; Shoshana Zuboff explica, desde el capitalismo de vigilancia, cómo nuestra experiencia produce datos capaces de predecir y orientar comportamientos.
El scroll infinito funciona porque elimina el final. Antes una sala de espera obligaba a conversar, hojear una revista, mirar alrededor o aburrirse; ahora cada minuto puede convertirse en consumo. La tecnología encontró un recurso que parecía improductivo y lo puso a trabajar: nuestros tiempos muertos.
También aparecieron pequeños tribunales frente a videos sorprendentes: “es inteligencia artificial”, “es real”, “mira las manos”. Personas sin preparación técnica verifican lo que ven. Durante décadas discutimos qué significaba una imagen; ahora debemos preguntarnos primero si e real.
Reels en restaurantes; TikToks en una fila; WhatsApp en el consultorio; videollamadas en altavoz. El phubbing nombre del acto de ignorar a quien tenemos enfrente para atender el celular; pero avanzamos otro tramo: introducimos nuestra dieta digital en el espacio común y suponemos que los demás deben consumirla.
Niños, adolescentes y adultos cambian de contenido, pero repiten mecanismos: deslizan, reproducen, imitan, comparten, dudan. Reducir la discusión a “los jóvenes y sus teléfonos” resulta cómodo e insuficiente.
La colonización digital obliga a preguntar cuánto tiempo, atención y convivencia entregamos sin advertirlo.
Aquí aparece la rudeza necesaria: nos preocupa que las plataformas sepan demasiado de nosotros, pero seguimos entregándoles casi todo. Ubicación, gustos, conversaciones, hábitos, fotografías, relaciones y hasta aburrimiento; después culpamos al algoritmo como si hubiera irrumpido por la fuerza. Nosotros le abrimos la puerta.
Regular a las plataformas importa; exigir transparencia sobre algoritmos y datos también. Educar a niños y adolescentes es urgente. Pero la discusión estará incompleta mientras los adultos pretendamos corregir en ellos una dependencia que practicamos frente a ellos todos los días.
La colonización más eficaz no necesita imponerse cuando se vuelve costumbre.Hagamos una prueba: en la fila, el consultorio, la sobremesa o una plaza, guardemos cinco minutos el teléfono; recuperemos el derecho a esperar sin consumir, conversar sin mirar una pantalla y aburrirnos sin pedir entretenimiento inmediato.
Cinco minutos parecen poco. Si cuesta demasiado, quizá acabamos de descubrir la dimensión del problema.
Porque el cambio decisivo ocurrió cuando dejamos de entrar a internet… internet entró en nosotros.
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