El regreso de Rubén Rocha Moya al Gobierno de Sinaloa, después de 112 días de licencia, difícilmente puede interpretarse como un simple acto administrativo o como su derecho político, porque las acusaciones formuladas desde Estados Unidos por presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa, mantienen abierto un expediente político y jurídico, y de una relación bilateral que atraviesa uno de sus momentos más delicados de los últimos años.
Y claro, no se puede desligar del retiro de la visa al hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador, escándalo que no ha bajado, por lo que ambas situaciones se enmarcan en el principal dilema político que enfrenta la llamada Cuarta Transformación.
La presidenta Claudia Sheinbaum se deslindó de inmediato al señalar en sus redes sociales que “Ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación. Y mucho menos cuando aquello que se pretende colocar por encima de México no es el bienestar de su gente, sino la ambición desnuda del poder por el poder”.
“Porque el poder sin principios se vuelve arrogancia; el poder sin límites, abuso; y el poder que olvida al pueblo, termina enfrentándose a la historia”, así o más claro.
En las próximas horas el gobierno en turno deberá responder si puede permitirse políticamente que un gobernador regrese al ejercicio pleno del poder mientras persiste una acusación de esta naturaleza presentada por su principal socio y vecino.
Por lo pronto este regreso es interpretado por la prensa internacional como un claro desafío a los Estados Unidos: los medios internacionales lo señalan como una nueva fuente de tensión entre México y Estados Unidos, luego de que autoridades estadounidenses lo acusaran de presuntos vínculos con organizaciones dedicadas al narcotráfico.
Rocha Moya decidió regresar al poder cuando todavía hay preguntas que no han recibido respuestas públicas suficientes: su retorno coloca nuevamente al gobernador en el centro de una crisis que trasciende a Sinaloa.
Las acusaciones de Estados Unidos, relacionadas con una supuesta conspiración para facilitar actividades de narcotráfico a cambio de apoyos políticos y sobornos, constituyen un hecho de una gravedad excepcional: se trata de uno de los episodios más serios en la relación reciente entre Washington y un gobernador mexicano en funciones.
Debe quedar claro que el caso Rocha tiene una característica que lo distingue de muchas crisis políticas mexicanas: las acusaciones no nacieron exclusivamente de la disputa interna, sino de una acción de las autoridades estadounidenses.
Por ello, el regreso del gobernador puede ser leído en Washington como una señal política. México tiene, por supuesto, el derecho y la obligación de defender su soberanía y de exigir que cualquier solicitud de cooperación o de acción penal se sustente en pruebas y en los mecanismos legales correspondientes. La soberanía, sin embargo, no puede confundirse con una negativa automática a investigar.
El gobierno estadounidense ha convertido el combate a las organizaciones criminales y a sus posibles redes de protección política en una prioridad central de su agenda con México.
En ese contexto, el retorno de Rocha aumenta la presión sobre el Gobierno de Claudia Sheinbaum y complica más la relación marcada por disputas en torno a la cooperación en seguridad, la soberanía y la actuación de autoridades estadounidenses frente a funcionarios mexicanos.
Claro que el escándalo del retiro de la visa de turista a “Andy” López se enmarca en un mensaje completamente distinto, de protección.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha cuestionado el retiro de la visa y ha sostenido que, si existe una acusación penal contra cualquier persona, deben presentarse pruebas y utilizarse los mecanismos legales correspondientes. También ha insistido en que una visa no define a ningún mexicano.
La coincidencia temporal entre el caso de Andy López y el regreso de Rocha Moya produce una imagen política difícil de ignorar.
Por un lado, el oficialismo ha reaccionado frente al retiro de una visa defendiendo la presunción de inocencia, denunciando posibles motivaciones políticas y exigiendo evidencias; pero ante el regreso de un gobernador acusado formalmente por autoridades estadounidenses de presuntos vínculos con el narcotráfico, la propia Presidencia y Morena han optado por marcar distancia y subrayar que la decisión fue unilateral.
La diferencia entre ambos casos es evidente: la revocación de una visa es una decisión administrativa de Estados Unidos y no equivale necesariamente a una acusación penal; el expediente de Rocha, en cambio, tiene una dimensión criminal mucho más grave, esto claro a los ojos de quien manda en Morena.
Precisamente por eso resulta políticamente contradictorio que el Gobierno haya defendido con mayor claridad el principio de que deben presentarse pruebas en el caso de Andy, mientras frente al regreso de Rocha el mensaje predominante sea el deslinde.
El dato político más significativo del regreso de Rocha Moya quizá no sea su decisión de volver, sino la reacción de quienes decidieron “no acompañarlo”.
La definición de la presidenta Claudia Sheinbaum, de la dirigencia de Morena y diversos liderazgos del oficialismo ya es muy clara; se han deslindado de la reincorporación y han señalado que fue una determinación tomada por el propio gobernador. Incluso dentro de Morena han surgido llamados para que reconsidere su retorno mientras concluyen las investigaciones correspondientes.
Esto representa un cambio importante en la lógica política del movimiento. Rocha Moya no regresó respaldado por una movilización de su partido ni por una defensa cerrada desde la Presidencia. Regresó, políticamente, mucho más solo, al menos eso es lo que aparenta, pero en las próximas horas habrán de conocerse que otras puertas.
Ese aislamiento puede interpretarse como un intento de Sheinbaum de establecer una frontera entre la responsabilidad individual del gobernador y la responsabilidad del Gobierno federal. Es una decisión comprensible: la Presidencia no puede cargar automáticamente con las decisiones de todos los gobernadores emanados de Morena, particularmente cuando se encuentran bajo un escrutinio internacional de esta magnitud.
No cabe duda que es conveniente seguir la recomendación, haceros unas palomitas y sentarse a ver el show.