El mapa político de Chihuahua ha comenzado a trazarse aunque la gubernatura se renueva hasta 2027, el debate público ya está dominado por las dos figuras con mayor peso territorial e institucional de la entidad: Cruz Pérez Cuéllar, alcalde morenista con licencia de Ciudad Juárez, y Marco Bonilla Mendoza, presidente municipal panista de la capital.
Más allá de las marcas partidistas, la contienda anticipada representa un choque frontal entre dos modelos de comunicación política, dos formas disímiles de administrar el tiempo y dos estrategias antitéticas de encuadre narrativo. Mientras Pérez Cuéllar apuesta por el rompimiento con la gestión diaria para volcarse a la movilización partidista, Bonilla opta por la retención del poder ejecutivo municipal como el amplificador principal de su proyecto político.
Al solicitar licencia a la presidencia municipal de Ciudad Juárez para inscribirse en el proceso interno de la Coordinación de la Defensa de la Cuarta Transformación, Pérez Cuéllar ejecuta un movimiento deliberado de desenganche institucional.
Desde la perspectiva del Agenda Setting, al renunciar temporalmente al ejercicio presupuestal diario, el juarense busca controlar la agenda mediática a través de la omnipresencia geográfica en los 67 municipios del estado y se “libera” de las ataduras administrativas, el escrutinio sobre fallas en servicios públicos locales y las restricciones impuestas por las leyes electorales a funcionarios en funciones. Su mensaje se vuelve 100% electoral, centrado en la unidad interna, el contraste con el Gobierno estatal y la articulación de la marca Morena.
Pero, al dejar el cargo, el aspirante cede la tribuna más potente de visibilidad sistemática. En ausencia de obras que inaugurar o eventos oficiales que encabezar, su cobertura noticiosa depende exclusivamente de la relevancia de su discurso político y del interés de la fuente partidista.
Mientras que en el polo opuesto, Marco Bonilla ha decidido mantenerse en el ejercicio de la alcaldía capitalina mientras asume funciones de articulación partidista como coordinador político del PAN.
Bonilla convierte la administración del Municipio en su principal vehículo de comunicación. Cada entrega de obra, cada patrulla y cada indicador de competitividad urbana se transforman en insumos de comunicación política y mantiene la iniciativa gubernamental cotidiana. Al administrar el presupuesto municipal en materia de seguridad y ostentar los indicadores del IMCO que colocan a la capital entre las mejores ciudades para vivir, la comunicación no se apoya en promesas abstractas, sino en evidencias de gestión comprobables.
Para sus detractores, el desgaste cotidiano del ejercicio de gobierno puede ser implacable. Mantenerse en el cargo lo expone a denuncias de la oposición por presuntos actos anticipados de campaña o promoción personalizada, además de sobrecargar su narrativa con eventos imponderables (seguridad, bacheo, contingencias climáticas).
Pérez Cuéllar utiliza a Ciudad Juárez no sólo como su bastión electoral, sino como un concepto simbólico. El relato juarense en su comunicación política evoca la resistencia de la frontera, el empuje industrial y el “abandono histórico” por parte del poder central del estado asentado en la capital. Su mensaje busca movilizar el agravio fronterizo para convertirlo en un catalizador de cambio a nivel estatal, proyectándose como un líder con el temple necesario para gobernar un territorio complejo y violento.
Bonilla explota el encuadre de Chihuahua capital como una historia de éxito administrativo. Su narrativa enfatiza que la capital es el segundo municipio con mejor calidad de vida del país y el quinto más competitivo según el IMCO. En su esquema comunicativo, el modelo de gobierno de la capital sirve como prueba piloto de lo que podría ejecutarse a escala estatal. El mensaje implícito busca apelar al orgullo local del chihuahuense ante las decisiones del Gobierno federal que afectan a sectores productivos clave (como la agricultura, la ganadería).
Tanto Pérez Cuéllar como Bonilla coinciden en una premisa fundamental de la comunicación política contemporánea: en Chihuahua el voto duro ha dejado de ser suficiente. El electorado volátil, altamente concentrado en zonas urbanas e independientes, inclinará la balanza.
Pérez Cuéllar insiste en sus intervenciones en que el perfil del candidato será más relevante que las inercias partidistas nacionales. Al dirigirse al votante indeciso, busca desmarcarse de dogmatismos ideológicos y ofrecer una opción pragmática capaz de dialogar con sectores empresariales y sociales no alineados a Morena.
Bonilla orienta su comunicación política a crear un “frente amplio ciudadano”. Su estrategia discursiva trasciende las siglas del PAN para apelar a la identidad del chihuahuense, encuadrando la contienda como una decisión entre mantener un modelo local próspero o ceder ante una visión centralista.
El contraste entre pedir licencia a mitad del camino o mantenerse en el cargo hasta el límite constitucional (los seis meses previos a la elección legalmente establecidos) define el ritmo comunicativo de ambos proyectos.
Pérez Cuéllar corre el riesgo de la disipación narrativa. Una precampaña o recorrido que se extienda demasiado tiempo sin el respaldo de eventos ejecutivos puede generar cansancio mediático o pérdida de atención entre la ciudadanía no militante.
Bonilla corre el riesgo de la híper fiscalización. Al mantener la banda de mando municipal, cada error operativo de su gabinete o contingencia en la capital será encuadrado por sus opositores como una muestra de ineficiencia de su proyecto político.
Pero, contrastando ambos casos, creo Bonilla debe de asumir el riesgo de continuar al frente de la Alcaldía hasta que se cumpla el plazo que exige la norma constitucional, para seguir posicionando su figura y su narrativa con miras a ser el abanderado panista hacia la gubernatura.
En el caso de Pérez Cuéllar, no tuvo opción y tuvo que alejarse de la Presidencia Municipal fronteriza y tendrá que medir el impacto de ser un “ciudadano más” y no el alcalde con tremenda exposición mediátiva.
ESPRESSO COMPOL
La contienda política en Chihuahua rumbo a 2027 no sólo medirá estructuras o partidos, sino la eficacia de dos estrategias comunicativas radicalmente distintas: la de quien deja el cargo para construir el relato del cambio territorial, contra la de quien utiliza el ejercicio cotidiano del gobierno para respaldar con hechos la defensa de su modelo de gestión.