En unas semanas millones de estudiantes mexicanos volverán a las aulas; junto al cuaderno, la mochila y los útiles llegará también ese pequeño aparato capaz de interrumpir una clase, abrir TikTok, responder WhatsApp y conseguir algo que durante décadas parecía reservado al maestro: capturar por completo la atención de un alumno.
México finalmente decidió discutir qué hacer con él.
El 20 de julio, la presidenta Claudia Sheinbaum abrió el debate nacional sobre el uso de plataformas digitales y redes sociales entre niñas, niños y adolescentes; anunció foros con familias, docentes, estudiantes y especialistas para construir una propuesta de regulación.
La discusión llega tarde, pero llega. Más del 70 por ciento de la población mexicana de seis años o más utiliza internet; entre adolescentes supera el 90 por ciento. El asunto dejó hace tiempo de ser tecnológico: hablamos de atención, convivencia, sueño, aprendizaje y salud pública.
Mientras México analiza, veamos lo que otros países ya experimentan:
Australia eligió la restricción frontal. Desde diciembre de 2025 obliga a determinadas plataformas a impedir que menores de 16 años mantengan cuentas. Los primeros resultados enfrían cualquier entusiasmo: tres meses después, los menores con alguna cuenta bajaron de 52.4 a 42.1 por ciento; sin embargo, quienes seguían utilizando alguna plataforma apenas disminuyeron de 85.9 a 81.5 por ciento.
La ley cerró cuentas. Los adolescentes encontraron ventanas. Cuentas falsas, perfiles de adultos, navegación sin iniciar sesión y otros mecanismos permiten evadir controles; la evidencia disponible tampoco demuestra todavía mejoras sustanciales en ansiedad, depresión, sueño o rendimiento escolar.
Finlandia tomó otra ruta. Desde 2025 restringe los teléfonos durante las clases y permite ampliar las limitaciones dentro de la jornada escolar. Directores consultados por Yle describieron más conversación cara a cara, juegos durante los descansos y menos conflictos relacionados con fotografías y publicaciones.
No prueba todavía una mejoría nacional en salud mental; demuestra algo más elemental: cuando desaparece temporalmente la pantalla, aparece espacio para convivir.
Ahí está la lección para México.
Prohibir puede ser necesario; creer que basta sería ingenuo. Necesitamos aulas libres de celulares salvo razones académicas, médicas o de emergencia; alfabetización digital obligatoria para alumnos y familias; controles de edad que responsabilicen también a las plataformas y evaluaciones públicas que midan atención, sueño, convivencia, violencia digital y desempeño escolar.
Durante años entregamos teléfonos a niños cada vez más pequeños; los adultos normalizamos mirar notificaciones durante la comida, responder mensajes mientras alguien habla y dormir con el celular junto a la almohada. Las plataformas, mientras tanto, perfeccionaron algoritmos capaces de convertir atención en dinero.
Ahora descubrimos que los adolescentes están demasiado conectados, “qué sorpresa”
La escuela puede guardar un teléfono durante seis horas; ninguna ley puede educar durante las otras dieciocho.
Antes de exigir que un adolescente abandone la pantalla, los adultos tendremos que demostrar que sabemos vivir sin ella.
México debe mirar hacia Australia para entender qué falla, a Finlandia para observar qué funciona y nuestras propias aulas para decidir qué necesitamos. Después habrá que medir resultados y corregir, porque regular sin evaluar solamente cambia una pantalla por un documento oficial.
El verdadero desafío comenzará cuando suene el recreo, los teléfonos permanezcan guardados y nuestros niños tengan que volver a encontrarse frente a frente; conversar sin editarse, aburrirse sin deslizar una pantalla, resolver un desacuerdo sin bloquear a nadie, descubrir que el silencio también forma parte de la vida.
Porque quizá hemos concentrado demasiado la discusión en cuánto tiempo pasan conectados y demasiado poco en aquello que dejaron de hacer mientras permanecían ahí.
Crecer necesita experiencias que ningún algoritmo puede sustituir: esperar, equivocarse, pertenecer, quedar fuera alguna vez, sostener una conversación incómoda, caminar sin entretenimiento, mirar a los ojos, aprender a estar solo sin sentirse abandonado. También eso construye identidad.
Por eso México necesita algo más ambicioso que una prohibición. Necesita recuperar espacios donde la infancia y la adolescencia puedan existir sin estar permanentemente observadas, comparadas, estimuladas y convertidas en datos.
La Rudeza Necesaria está en admitir nuestra parte: fuimos los adultos quienes pusimos una pantalla en sus manos para entretenerlos, tranquilizarlos, localizarlos y, muchas veces, para que no interrumpieran nuestra propia pantalla. Ahora pretendemos pedirles que la suelten.
Hagámoslo, pero empecemos por darles algo a cambio.
Tiempo. Conversación. Calle. Juego. Sobremesa. Atención.
Porque quitarles el celular sin devolverles el mundo sería apenas cambiar una forma de abandono por otra.
Y para eso no existe aplicación, algoritmo ni decreto.
Hay que estar presentes.
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