“Quien odia no vive, está
muerto en vida. Se parece al diablo,
infinitamente soberbio y envidioso”
SAN AGUSTÍN DE HIPONA
Cada vez somos más envidiosos. Recelamos del éxito ajeno, nos revolvemos en nuestra frustración al ver el progreso de otras personas, quisiéramos ver muertas a las personas que destacan más que nosotros en alguna área. Nos comemos las uñas, nos enfermamos del veneno interior que recorre nuestro cuerpo y nuestra alma. Deseamos que le vaya mal, muy mal a quien no queremos porque ha logrado algo más que nosotros. Y para todo eso, usamos las redes sociales para destilar rencor, coraje y una gran dosis de envidia.
Todos hemos escuchado el término de música y cantos gregorianos que utiliza la Iglesia católica en determinadas ceremonias que le dan un ambiente de recogimiento y contemplación. El nombre proviene del primer monje que llegó a ser Papa en el año 590 antes de ser prefecto de Roma a la edad de 30 años pero que renunció para vender sus bienes, fundar seis monasterios y él mismo hacerse monje.
Conocido como el Papa Gregorio Magno, fue el autor de la expresión “hijas de la envidia” para referirse a cinco engendros de la envidia. Hace casi 15 siglos que describió la condición humana de la frustración por la prosperidad de la otra persona. La envidia en ese entonces se expresaba de boca en boca en un ambiente de chismorreo y mala fe que recorrían las malas intenciones. Ni había medios de comunicación ni radio o televisión y mucho menos se imaginaban la existencia de redes sociales que las hemos convertido en reinas de la envidia, vanidad y odio.
“Quién experimenta la envidia intenta disminuir la gloria ajena de dos maneras: hablando mal del envidiado, ocultamente, a sus espaldas, y a esto se llama murmuración, la primera hija de la envidia; o puede hacerlo abiertamente, a las claras, propagando hechos que disminuyen la fama de aquel y entonces surge la segunda hija: la difamación[1].
Cuando el envidioso logra su propósito y consigue que el otro caiga en desgracia, nace la tercera hija de la envidia que consiste en la alegría en la adversidad del prójimo, es decir, la satisfacción por el mal ajeno. Si el envidioso no logra dañar y reducir la gloria del envidiado, a pesar de los medios que pone, entonces se entristece por no haberlo conseguido, lo que da lugar a la cuarta hija de la envidia que se llama aflicción en la prosperidad del otro; esta tristeza no es como aquella que define a la envidia, sino que procede de la frustración por no haber podido disminuir al envidiado.
Por último, se engendra el odio, quinta hija de la envidia, que es la peor de todas, porque pretende hacerle daño al envidiado a como dé lugar”.
Desde la antigüedad ya se tenía detectada esa deformación humana: para Platón, la envidia era el placer del mal ajeno y Aristóteles definía a la envidia como el gozo del mal ajeno.
En tiempos de las redes sociales esas cinco hijas de la envidia se han apoderado de las plataformas para destrozar vidas. La señora envidia enquistada con sus hijas: odio, murmuración, difamación, alegría en la adversidad del prójimo y aflicción por prosperidad del prójimo.
Esa envidia digital en las redes sociales se manifiesta impulsada por la constante comparación social, donde los usuarios contrastan sus vidas con las representaciones idealizadas de los demás. Las publicaciones de viajes, logros y relaciones perfectas suelen generar envidia, ansiedad y baja autoestima.
La envidia en este contexto no sólo es una emoción, sino una respuesta a entornos diseñados para resaltar momentos exitosos o brillantes de los demás, lo que a menudo se nos olvida que las redes sociales no son una representación fiel de la realidad, sino son apariencias. Las redes sociales amplifican comparaciones, expectativas y emociones que antes quedaban más diluidas en la vida cotidiana.
Y esa envidia ha llegado a un nivel extremo en lo que se conoce como “self-jealousy” que se traduce comúnmente como "celos hacia uno mismo" o "envidia interna". Consiste en la experiencia psicológica de sentir envidia de una versión idealizada de tu propia vida o de tu imagen proyectada, a menudo impulsada por comparaciones en redes sociales, lo que genera una relación hostil con tu identidad actual. Se dice que se alimenta de la comparación con la "propia vida proyectada" en redes sociales, donde se percibe que tu "yo" digital es mejor que tu "yo" real.
La madrota llamada envidia se ha apropiado de las redes sociales, detonando y pasando de la envidia externa a una envidia interna. Qué paradojas…tener celos a otros y ahora celos de uno mismo.
[1] UGARTE Corcuera, Francisco (2025) Envidia, editorial Panorama, México