En el marco del Día Internacional de la Madre Tierra 2026, que conmemoramos el pasado 22 de abril, vale la pena hacer análisis sobre la relación entre la economía circular y la educación, destacando los desafíos ambientales, sociales y territoriales que enfrentan las comunidades en México.

La ONU planteó el 22 de abril de todos los años, desde el 2009 está conmemoración, con el objeto de recordar que estamos haciendo o dejando de hacer desde nuestro radio de acción, por el ambiente.

Todas y todos debemos contribuir a la reflexión desde una perspectiva académica sobre el cuidado de los ecosistemas, el reconocimiento de los saberes locales y el fortalecimiento del vínculo entre ciencia, comunidad y desarrollo sustentable.

Uno de los puntos de mayor importancia es tener en cuenta lo que ya hemos abordado en otras entregas, modificar de una vez el modelo económico lineal, mismo que ha generado problemas como pobreza, empleo informal, desigualdad y pérdida acelerada de biodiversidad.

Impulsando, mejor, una economía circular —inspirada en procesos naturales— se plantea como una alternativa para reducir la generación de residuos.

En México el 99.8% de las empresas son micro, pequeñas y medianas, lo que plantea retos específicos para implementar este modelo.

Y nuestro país está adherido a la Coalición de Economía Circular para América Latina y el Caribe como una oportunidad para posicionar a la región en la transición hacia economías bajas en carbono, esto como un apunte a qué aunque vamos avanzando falta por hacer.

La academia está jugando un papel preponderante en la concientización, por ejemplo, las universidades están siendo actores clave en la formación de profesionales y en la generación de investigación e innovación para la sostenibilidad.

Por ejemplo, en el estado de Querétaro 30 universidades y tres instituciones de educación media superior firmaron un manifiesto con 12 compromisos para impulsar estos objetivos.

Debemos insistir que la economía circular no se limita al reciclaje, sino que implica mantener el valor de productos y materiales, eliminar residuos y reducir sustancias tóxicas en bienes de consumo.

En el ámbito legal, la economía circular se concibe como un modelo de producción y consumo sostenible que busca disminuir el impacto ambiental mediante ciclos técnicos y biológicos, promoviendo la reutilización de materiales y la regeneración de sistemas naturales.

Quiero destacar la necesidad de impulsar este modelo en zonas rurales, donde persisten condiciones de desigualdad educativa, pobreza y falta de infraestructura. Se indica que más de la mitad de las escuelas de educación básica se ubican en estas áreas, pero su población enfrenta mayores rezagos.

Lo anterior es un reto y debemos apostar por estrategias de autosostenibilidad comunitaria basadas en la economía circular, incluyendo alianzas para la conservación ambiental, redes de apoyo social y ejemplos de cooperativas y organizaciones que promueven prácticas sustentables en distintas regiones del país.

En síntesis, hoy más que nunca la economía circular comunitaria debe centrarse en el bienestar de las personas, la regeneración de los recursos naturales y el uso eficiente de materiales, con el objetivo de avanzar hacia un modelo de desarrollo incluyente y sostenible.