Poco después del mediodía del lunes pasado, Julio César Jasso Ramírez, de 27 años, subió a la pirámide de la Luna de Teotihuacán armado con una pistola escuadra calibre .38 Súper, 50 cartuchos del mismo calibre y un cuchillo táctico de combate con hoja de aproximadamente 15 centímetros. Desde la plataforma intermedia disparó contra los turistas que se encontraban ahí. Una canadiense murió y más de una docena de visitantes de diversas nacionalidades resultaron heridos. Luego subió a la cima, donde se suicidó tras ser herido en una pierna por un guardia nacional. En su mochila llevaba libros, entre ellos una copia desgastada del Mein Kampf de Adolf Hitler y un retrato hecho con IA en el que aparecía junto a los dos perpetradores de la masacre ocurrida en 1999 en la Columbine High School de Colorado, donde fueron asesinados 12 estudiantes y un maestro, el mismo 20 de abril, cumpleaños de Hitler. Todo apunta a una grave crisis de salud mental y fanatismo neonazi. Es el tipo de tragedia para la que ningún protocolo de seguridad convencional está pensado.

Si bien importa saber por qué sucedió, importa más saber qué hizo el gobierno con lo sucedido.

En su Mañanera de ayer, la presidenta Claudia Sheinbaum reunió a Rosa Icela Rodríguez, Omar García Harfuch y Claudia Curiel, secretarios de Gobernación, Seguridad y Cultura, respectivamente, al comandante de la Guardia Nacional, Guillermo Briseño, y a los titulares de Seguridad y de la Fiscalía del Estado de México. Todos hablaron de lo ocurrido con una intención más reveladora que tranquilizadora: garantizar que la seguridad del Mundial 2026 no está en riesgo. Así, un crimen perpetrado en Teotihuacán por un aparente neonazi desquiciado se convirtió en una crisis de Estado.

Y ese salto fue, precisamente, la falla de comunicación. Al tratarlo como lo hizo, el gobierno le dio una gravedad que el incidente no tenía por sí mismo. Un día antes, un hombre en Shreveport, Louisiana, asesinó a ocho niños y luego se suicidó. Pero Teotihuacán fue notoriamente más difundido en el extranjero porque la respuesta oficial mexicana le inyectó una dimensión política que el hecho no necesariamente merecía.

El peor cálculo fue sacar a relucir el Mundial. En vez de transmitir control, esa mención dejó al descubierto lo que más inquieta al gobierno: que EEUU busque aprovechar el incidente para endurecer sus alertas de viaje o presionar en otros puntos de la agenda bilateral.

Había otro modo de manejar el asunto. Un comunicado técnico del INAH sobre el cierre de dos días de Teotihuacán. La FGJEM anunciando el inicio de la carpeta de investigación. La FGR coordinándose con la FGJEM. La SRE activando en silencio los protocolos consulares para las víctimas extranjeras. No en La Mañanera, con la presidenta limitándose a decir que el caso está en manos de las autoridades correspondientes y, muy importante, sin mencionar el Mundial. Esa estrategia habría sido más eficaz: un hecho grave, una respuesta institucional competente, un gobierno que mantiene la calma.

La sobrerreacción oficial hizo exactamente lo que pretendía evitar y consolidó ante los ojos del mundo la imagen de México como un país inseguro.

A veces la mejor gestión de una crisis es saber cuándo no declararla.

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