"En un buen Gobierno, la pobreza es una vergüenza. En un mal Gobierno, es una vergüenza la riqueza"
Jodorowsky
El bastón de mando indígena es un elemento físico con gran significado, pues representa la autoridad máxima —en el sentido político y espiritual— para una comunidad. De este símbolo también Morena se ha apropiado, al igual que de los tres Poderes de la Unión; con ello se erigen como los nuevos emperadores de México. No sólo controlan el ámbito humano de los mexicanos, sino también el espiritual, o el que corresponda a las creencias de cada persona. Morena se erige como mando superior, el Gran Tlatoani, nombre que en los pueblos de Mesoamérica se daba a los gobernantes de la ciudad. La estructura política estaba constituida por una monarquía y divisiones de clases sociales. Ahora, los gobernantes se asumen como dueños del poder y nosotros, el pueblo, parecemos tener la obligación de hacerles reverencia.
Los ministros de la ahora llamada Liga de la Justicia ya tienen su agenda ceremonial para seguir apropiándose de todas las instituciones del país. Primero, la entrega del Bastón de Mando a los ministros de la Corte que tomarán posesión el primero de septiembre, el cual será impuesto por representantes de los 68 pueblos originarios del centro y sur de México, más no de todos los pueblos indígenas del país. Lo mismo ocurre en cuanto a los ciudadanos: gobiernan sobre una minoría, pues no todos pensamos igual que ellos. Tenemos grandes diferencias; basta mencionar una: Humanidad.
Los gobernantes ahora parecen elegidos por línea de sucesión, es decir, por herencia familiar y política, como en el caso de López Obrador, quien dice haber llegado al poder siendo el noveno en el linaje de Moctezuma; ahora, la presidenta es la décima. Por su parte, cada uno de los ministros recibirá su propio bastón de mando, para así tener la “justicia en sus manos” al servicio del llamado movimiento transformador. Solo falta que se coloquen por encima de los dioses de nuestros antepasados. Ahora López Obrador, y su sucesora, la presidenta, son el Huey Tlatoani: oradores y jefes de todo el pueblo. Los ministros ya forman parte de los siervos: solo pueden acatar órdenes, es decir, “Sí, señora presidenta”.
El ministro presidente electo, vía acordeones, seguro entregados por el linaje de Quetzalcóatl Ce Ácatl Topiltzin, dice que llamará al pueblo a audiencias públicas, especialistas y líderes para resolver los problemas del país. No ha entendido que la impartición de justicia no está sujeta a estas reglas. Tales procedimientos, en el mundo, son los que después de siglos han constituido la defensa de los derechos humanos. Ni los romanos se atrevieron a tanto: en la República tomaban decisiones en las plazas públicas, mismas que provocaban nuevas guerras. Luego, para resolver los problemas del pueblo, llegaba el tirano a poner orden. Ahora, se trata al pueblo “bueno” que los ama y adora.
Uno de los fines esenciales del Estado es precisamente realizar la Justicia, virtud política por excelencia; y si esto no se logra, las consecuencias suelen ser gravísimas por las alteraciones que produce en las relaciones humanas. Lo más serio es que podrían verse en peligro las instituciones de la República y, en suma, el debilitamiento de la sociedad.
Por ello, uno de los males mayores que existen es la corrupción en el sistema judicial, cuyos integrantes ahora parecen simples siervos. Cuando los jueces son sometidos a presiones que violentan su conciencia, se asiste a un serio quebrantamiento institucional de imprevisibles efectos. Los justiciables son quienes sufren los embates nefastos de ese aquelarre generador de discordia.
Viene a propósito un aforismo oriental atribuido al filósofo chino Mencio: "Ladrón es el que roba al mundo; tirano es el que roba a la Justicia". Los gobernantes que no se ocupan de la Justicia y la avasallan subvierten la autoridad que les confirió el pueblo. Para Morena, ese es su “pueblo bueno”.
En el Estado moderno existe un poder dedicado a cumplir esta función: el Poder Judicial, cuya misión es impartir justicia con independencia y autonomía, sin subordinación al poder político. Este objetivo, hoy colapsado, apuntaba a la imparcialidad y objetividad para garantizar decisiones justas. En el Poder Judicial no debería existir una “curva de aprendizaje”; sus integrantes debieron asumir el encargo con conocimiento pleno, pero no fue así. Hoy son simples siervos, y no les concedo el beneficio de la duda.
Ya vivimos las consecuencias negativas del ejercicio autoritario del poder político, como producto de un debilitamiento progresivo del principio de separación de poderes. En México estamos a punto de presenciar la toma total del poder, que resquebraja ese principio al centralizarlo en manos del Poder Ejecutivo, flexibilizar el control del Poder Legislativo y menoscabar la autonomía judicial, lo que constituye una amenaza para la democracia.
La división de poderes era una vacuna contra la tiranía; ahora, ni en las megafarmacias se encuentra.
Este principio, que divide poderes y funciones, tiene una doble finalidad: por un lado, limitar y evitar la concentración del poder público y, por otro, garantizar el respeto y la plena vigencia de los derechos fundamentales. La acumulación de los tres poderes básicos de todo gobierno democrático conduce, inevitablemente, al autoritarismo, la dictadura y la tiranía.
Hasta el momento, la Liga de la Justicia no ha mostrado cómo se hará del control total del poder en contra de los ciudadanos. Nos veremos en las plazas públicas, tratando asuntos como si estuviéramos en el mercado.
Salud y larga vida
Profesor por Oposición de la Facultad de Derecho de la UACH
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