Cd. de México.- Carlos Pérez Ricart (CDMX. 1987) analiza en su libro "La violencia vino del norte", no solo el flujo incesante de armamento procedente de Estados Unidos para pertrechar al crimen organizado, sino las consecuencias de ello. La letalidad que acarrea este tráfico tolerado y permitido en Estados Unidos, asumido en México y normalizado en la acción criminal cotidiana.
El autor responde a REFORMA sobre las conclusiones de su libro, el cual será presentado el próximo martes 24 de marzo a las 18:00 horas en las instalaciones del periódico REFORMA.
¿Cómo califica el río de plomo que invade a México? Además de la secuela criminal -el crecimiento de homicidios-, ¿qué otras secuelas deja?
Es un río que no sólo trae armas; trae impunidad. Un flujo constante de poder letal que cruza la frontera sin fricción y se usa sin consecuencias. De un lado hay regulación; del otro, descontrol. En medio, un sistema que permite que todo ocurra sin costo.
Impune es el ingreso: nadie revisa lo que sale de Estados Unidos. Impune es el uso: matar rara vez se castiga. Impune es la venta: quienes abastecen el mercado operan protegidos. Más allá de los homicidios, lo que deja este río de plomo es algo muy profundo: la idea de que en México disparar no cambia nada. Que la violencia no tiene consecuencias.
Usted habla de los muertos de esta guerra, pero también de los heridos. ¿Qué implicaciones tiene esto?
Es el gran elefante en la habitación. En México medimos la violencia letal, pero no la no letal. Eso introduce un sesgo enorme en el diagnóstico. Los heridos por arma de fuego son un grupo clave desde el punto de vista analítico: concentran altos niveles de revictimización y participación posterior en dinámicas violentas. La literatura comparada lo muestra con claridad: haber sobrevivido a un disparo es uno de los predictores más robustos de futuras exposiciones a violencia. Además, generan una carga acumulada que no aparece en las estadísticas de homicidio: costos hospitalarios de largo plazo, discapacidad permanente, pérdida de ingresos, trauma psicológico y efectos en redes familiares.
Es un problema de salud pública, pero también de seguridad. La violencia no termina en el hospital. En realidad, se desplaza. Sin sistemas de seguimiento, atención integral y reintegración, esos casos se convierten en nodos donde la violencia se reproduce. Y se vuelve a reproducir. El ciclo continúa.
Advierte subregistro de los heridos por arma de fuego en México. ¿Por qué el Estado ha preferido invisibilizarlos y qué papel juegan en la espiral de violencia futura?
No es sólo un problema de medición; es un problema de diseño. México no tiene sistemas que integren datos de salud, forense y seguridad, lo que produce un subregistro sistemático de la violencia no letal. Pero también, claro, hay un incentivo político e invisible: medir heridos ampliaría de forma significativa la magnitud del problema y obligaría a asumir responsabilidades de atención y prevención que hoy no están contempladas.
Además, los heridos permiten observar dimensiones que el homicidio no capta: la persistencia del daño, la carga para el sistema de salud y los efectos acumulativos en hogares y comunidades.
¿Por qué ha habido resistencia o incapacidad para instalar inspección efectiva en la frontera norte?
Porque durante años hemos mirado en la dirección equivocada. En una frase: México ha construido su política de control en la lógica de lo que sale -drogas- y no de lo que entra -armas-. A eso se suma una mezcla de inercia burocrática, costos políticos y, hay que decirlo, comodidad diplomática: revisar sistemáticamente los flujos provenientes de Estados Unidos implica tensar una relación asimétrica.
Hemos preferido no hacer nada. El resultado es una frontera con alta capacidad para interceptar mercancías hacia el norte y una capacidad prácticamente nula para inspeccionar lo que viene hacia el sur. Así llevamos 20 años.
Con el auge de las ghost guns y la impresión 3D, ¿el rastreo forense se volverá obsoleto?
El crimen organizado suele ir tres pasos por delante del Estado. Es uno de los hallazgos centrales de mi investigación. Las ghost guns y la impresión 3D son parte de esa carrera: abaratan la producción, dificultan el rastreo, multiplican los puntos de acceso. Pero, ciertamente, todavía no han sustituido el problema central. La mayoría de las armas que circulan en México siguen siendo industriales, compradas legalmente en Estados Unidos y traficadas hacia el sur. La innovación criminal existe, pero, todavía, no cambia el núcleo del fenómeno: las 145 mil armas que todos los años cruzan la frontera. 397 al día. 17 por hora. Insisto: durante 20 años.
Pérez Ricart presentará "La violencia vino del norte" en las instalaciones del periódico REFORMA el martes 24 de marzo a las 18:00 horas.