El joven de 17 años se encontraba sentado en una habitación de hotel, dirigiendo un centro logístico de alto riesgo desde su celular. Examinaba listados de armas en venta en WhatsApp y atendía solicitudes como un operador telefónico, despachando pedidos en tiempo real: Kalashnikovs, rifles tipo AR-15 y mucha munición.
El ritmo del negocio se ha vuelto implacable, explicó el traficante de armas, hijo de un líder de una célula de un cártel local nacido en Arizona. Aunque en Phoenix sigue cursando el bachillerato, ahora gestiona hasta 200 pedidos de armas de fuego a la semana, aproximadamente el doble de lo que enviaba a México antes de que el presidente Donald Trump regresara a la Casa Blanca y presionara para que se tomaran medidas drásticas contra los cárteles.
Comentó que pasar las armas a México es fácil, a pesar del aumento de la vigilancia y las medidas de control a ambos lados de la frontera. “Aquí nadie te para a no ser que te pases un alto, todo está muy tranquilo”, dijo.
Mientras el gobierno de Trump presiona al de México para que tome más medidas contra los cárteles de la droga, ha surgido un beneficiario involuntario de la campaña de presión estadounidense: los traficantes de armas que suministran armas al Cártel de Sinaloa, la potencia criminal detrás de gran parte del fentanilo que inunda las calles estadounidenses.
Las autoridades mexicanas y estadounidenses han invertido miles de millones de dólares para frenar el flujo de drogas, en particular el fentanilo que se dirige hacia el norte. Sin embargo, los traficantes de armas han trasladado discretamente hacia el sur lo que, dicen, es una cantidad sin precedentes de armas, armando precisamente al grupo criminal que la iniciativa conjunta de Estados Unidos y México pretendía debilitar.
Durante el último año y medio, la demanda de armas se ha disparado mientras el Cártel de Sinaloa libra una guerra en tres frentes: enfrentando una ofensiva intensificada del gobierno mexicano, luchando contra facciones rivales dentro de sus propias filas y abasteciéndose para prepararse para una posible intervención militar estadounidense.
Pasé semanas entrevistando a siete miembros del cártel implicados directamente en la compra y el envío de armas de fuego desde Estados Unidos. Todos ellos están vinculados al Cártel de Sinaloa, uno de los grupos criminales más poderosos del mundo. Dos de los traficantes están radicados en Arizona y los otros cinco operan en el estado de Sinaloa, el bastión del cártel.
Los contrabandistas hablaron bajo condición de anonimato, por temor a represalias por parte de las fuerzas del orden y de sus jefes. Sus relatos ofrecen detalles escalofriantes sobre cómo las armas vendidas en tiendas de armas estadounidenses y en ferias de armas —y, cada vez más, a través de sitios de internet y aplicaciones móviles que funcionan como mercados abiertos— se canalizan hacia miembros de los cárteles mexicanos y se utilizan en algunos de los delitos más violentos del país.
Las armas suelen desmontarse en piezas y ocultarse dentro de paneles de camiones o en compartimentos secretos en vehículos antes de ser transportadas hacia el sur, según explicaron los contrabandistas. Otras veces, se esconden dentro de aviones privados o se amarran a los cascos de lanchas rápidas que surcan el Pacífico. Para envíos pequeños, los conductores a veces se las pegan al cuerpo con cinta adhesiva o esconden las armas en un maletero y las cubren con una manta.
Las autoridades mexicanas estiman que cada año se introducen de contrabando hasta 500.000 armas desde Estados Unidos a México. Christopher Demlein, un exagente de la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF, por su sigla en inglés) especializado en redes clandestinas de tráfico de armas, afirmó que la cifra podría ascender a un millón de armas de contrabando al año.
Impulsado por las amenazas de Trump de imponer aranceles punitivos a México y de llevar a cabo ataques militares en el país, el gobierno mexicano ha arremetido contra los cárteles con una oleada de arrestos, decomisos de droga y redadas a laboratorios, además de entregar a Estados Unidos a decenas de narcotraficantes de alto nivel.
En uno de los golpes más significativos al crimen organizado en años, las fuerzas mexicanas mataron el mes pasado a Rubén Oseguera Cervantes, conocido como el “Mencho” —el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, principal rival del Cártel de Sinaloa— en una operación que las autoridades presentaron como prueba de su ofensiva cada vez más intensa.
Pero Trump ha prometido librar su propia campaña contra los cárteles dentro de México, diciendo que el país es el “epicentro de la violencia de los cárteles”.
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha rechazado cualquier intervención militar estadounidense y ha dicho que Estados Unidos debe hacer más en su lado de la frontera, impidiendo que las armas estadounidenses inunden su país y causen tal caos.
Los controles fronterizos de Estados Unidos están diseñados principalmente para detener amenazas entrantes, como drogas y armas, en lugar de vigilar el tráfico saliente, según funcionarios y expertos estadounidenses.
Pero en 2020, el gobierno de Estados Unidos creó un grupo de trabajo federal para interceptar el tráfico de armas de Estados Unidos a México. En los últimos 14 meses, según la ATF, se han incautado más de 4300 armas de fuego que iban para México, una fracción minúscula de los cientos de miles de armas que se estima que cruzan la frontera cada año.
En 2021, el gobierno mexicano demandó a los principales fabricantes de armas estadounidenses, alegando que alimentaban la violencia de los cárteles, pero la Corte Suprema desestimó el caso el año pasado.
“Si para la entrada de armas ilegales de Estados Unidos a México, estos grupos no van a tener este tipo de armamento de alto poder para poder realizar sus actividades delincuenciales”, declaró Sheinbaum este mes en una conferencia de prensa.
El secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de México, Omar Harfuch, el máximo responsable del país encargado de debilitar a los cárteles, declaró recientemente a The New York Times que ha presionado a sus homólogos estadounidenses para que investiguen más a fondo las fuentes y los proveedores de armas de grado militar que no se venden en las armerías. Alrededor del 80 por ciento de las armas incautadas por las autoridades mexicanas proceden de Estados Unidos, dijo en una reciente conferencia de prensa.
Harfuch señaló que tanto el Cártel de Sinaloa como su rival, el Cártel Jalisco Nueva Generación, están cada vez más equipados con armas como lanzagranadas, granadas, ametralladoras y rifles de asalto.
Si les resultara más difícil conseguir ese tipo de armas, dijo Harfuch, esta sería una lucha diferente.
La línea de ensamblaje
Una tarde reciente, dos hombres con máscaras negras se encontraban inclinados sobre una mesa. Uno frotaba una pistola Colt con un cepillo de dientes, quitando suciedad de sus hendiduras. El otro echaba gotas de aceite de cocina sobre el metal y pulía una segunda pistola, grabada con motivos en espiral en tonos dorados.
Uno de ellos, un hombre de 28 años, dijo que trabaja para la facción del Cártel de Sinaloa conocida como los Mayitos, que está alineada con el cofundador del cartel, Ismael el “Mayo” Zambada García. El “Mayo”, socio cercano desde hacía mucho tiempo de Joaquín el “Chapo” Guzmán Loera, fue secuestrado en 2024 por uno de los hijos de El Chapo y entregado a las autoridades estadounidenses; una traición impactante que sumió al cártel en un violento conflicto interno.
Durante casi una década, este agente ha ocupado un puesto clave en la cadena de tráfico: él se asegura de que las armas funcionen. Las recibe, las limpia, las modifica y las redistribuye por todo el estado, entregando armas a los lugartenientes del cártel y a los líderes de las células.
Los envíos que antes llegaban de forma esporádica ahora llegan cada dos semanas, dijo, con cientos de armas de fuego.
Apenas una semana antes, contó que él y su socio habían conducido hasta una remota pista de aterrizaje a una hora al sur de Culiacán, la capital del estado de Sinaloa, para descargar un avión que transportaba alrededor de 1500 armas.
A raíz de la presión del gobierno de Trump, México ha desplegado miles de guardias nacionales y fuerzas militares en el estado de Sinaloa y ha aumentado los controles en las carreteras de todo el país, lo que ha hecho que las carreteras sean más peligrosas para algunos traficantes.
Por eso, la célula de contrabando del agente ha comenzado a recurrir al transporte aéreo, señaló, utilizando cada vez más aviones privados y pistas de aterrizaje que desde hace tiempo se usan para el envío de drogas.
Con poco dinero tras meses de enfrentamientos y una caída en la producción de droga, su facción se ha visto obligada a adaptarse, dijo. Sus miembros estaban tan desesperados por conseguir armas, dijo, que sus jefes comenzaron recientemente a intercambiar fentanilo por armas con uno de sus principales proveedores estadounidenses: la poderosa pandilla californiana conocida como la Mafia Mexicana.
“Todo el dinero que entra se gasta: en nóminas, comida, vehículos para los combates, en sobornar a las autoridades”, dijo el agente sobre su facción.
“Su principal prioridad en este momento son las armas, no las drogas, debido a la guerra”, añadió.
La maquinaria bélica de México
Los cárteles mexicanos han convertido sus redes de tráfico de armas en una maquinaria disciplinada y compartimentada. Los jefes envían órdenes a un pequeño círculo de especialistas en México cuya única función es armar al cártel.
La ruta se extiende luego hacia Estados Unidos, donde una red de coordinadores de tráfico y lugartenientes opera células de contrabando aisladas en varios estados. Según investigadores estadounidenses, cuando se descubre un solo eslabón de la cadena, no conduce a ningún otro.
Se paga a ciudadanos o residentes estadounidenses con capacidad legal para comprar armas para que adquieran armas de fuego en tiendas y ferias de armas a través de distribuidores autorizados, a menudo sin saber gran cosa de la operación más amplia a la que están contribuyendo. A cada comprador se le asigna una tarea concreta: entrar, comprar un AR-15 o un rifle calibre .50 y entregarlo.
Esa metodología ha hecho que la red sea cada vez más resistente. Los investigadores y expertos en seguridad estadounidenses afirman que el tráfico de armas ha crecido más rápidamente, es más difícil de desarticular y está más firmemente arraigado en Estados Unidos.
Sin embargo, recientemente se ha intensificado la aplicación de la ley en estados como Arizona, y los contrabandistas estadounidenses han tenido que ajustar sus métodos. (El 62 por ciento de las armas de fuego recuperadas en México y rastreadas hasta un comprador estadounidense entre 2023 y 2024 procedían de Arizona, según datos de la ATF).
Los dos contrabandistas afincados en Phoenix dijeron que ahora han comenzado a sobornar a empleados, gerentes y propietarios de tiendas de armas. Algunos de ellos, según los contrabandistas, inflan los precios para quedarse con parte de los beneficios, cobran una comisión del 10 por ciento como soborno, falsifican registros y reutilizan información de clientes anteriores para ocultar ventas no registradas.
Las armas se acumulan luego en casas francas, a menudo desmontadas para que sean más fáciles de ocultar, y las piezas se transportan hacia el sur en compartimentos de doble pared en barcos de pesca y camiones de carga.
Un contrabandista dijo que la frontera es tan porosa que los miembros del cártel a veces pegan piezas de armas e incluso armas completas directamente a sus cuerpos con cinta adhesiva y las introducen a México caminando.
Los dos contrabandistas afirmaron que se valen de la arraigada cultura de las armas en Arizona y de sus laxas leyes de armas para obtenerlas. Cada vez más, también recurren a chats grupales de WhatsApp y a grupos privados de Facebook que funcionan como supermercados digitales. Estas redes están formadas únicamente por contactos de confianza. Para pasar desapercibidos, los organizadores suelen borrar los chats antiguos y crear otros nuevos, asegurándose de que solo personas verificadas tengan acceso, explicaron los contrabandistas.
“A la gente de aquí de Phoenix les encantan las armas, están obsesionados con todo tipo de armas”, dijo el contrabandista de 17 años. Él le mostró a este reportero del Times un grupo de WhatsApp donde se anunciaban armas de fuego, y se detuvo en una foto: tres rifles de estilo militar colocados sobre un colchón, con una gorra junto a ellos.
“Nos fijamos, vemos una calibre .50, o una Glock, ‘pos esta esta buena para mandar’”, dijo.
Meta, propietaria de Facebook y WhatsApp, afirma que no permite la compra, venta o intercambio de armas en ninguna de sus plataformas, aunque el contrabandista demostró lo fácil que es eludir esas normas. La normativa de Arizona permite la venta privada y en línea de armas sin comprobación de antecedentes ni registro.
Ese mercado digital en evolución refleja los hallazgos de agencias federales.
En su último informe, la ATF señaló que los funcionarios ahora investigan las plataformas en línea y las aplicaciones con la misma frecuencia que las ferias de armas, los mercados de pulgas y las subastas, lo que refleja un panorama de tráfico que se ha trasladado cada vez más a espacios digitales privados.
Demlein, el exagente de la ATF, afirmó que la cadena de suministro de armas desde los minoristas estadounidenses hasta los cárteles está más estructurada y estrictamente controlada que las redes de tráfico de drogas. Las drogas, dijo, son abundantes y fáciles de reemplazar, lo que hace que incluso las grandes incautaciones sean en gran medida irrelevantes. Las armas de fuego son diferentes, argumentó. Los principales grupos criminales de México las tratan como un recurso estratégico vital.
Demlein afirmó que Estados Unidos ha interpretado mal la amenaza.
“Hemos invertido miles de millones en la guerra contra las drogas y solo una fracción de esa cantidad en el tráfico de armas”, dijo. “Si pierden sus armas, pierden la guerra. Se acabó el juego”.
El contrabandista
El contrabandista de 40 años no tiene nombre, solo un número que lleva años utilizando como apodo. Según él, lleva más de una década comprando armas en Estados Unidos y trasladándolas al estado de Sinaloa, en el noroeste de México, para los Chapitos, la facción del cártel liderada por los hijos de el “Chapo”.
Según cuenta, fue un tío quien lo introdujo en el negocio. El día que él ya no esté, su hijo seguirá adelante. Así es como sobrevive el negocio: de generación en generación.
La guerra del Cártel de Sinaloa ha disparado la demanda de lo que él llama “metal”; ahora los pedidos llegan más rápido y en mayores cantidades.
Este contrabandista trabaja con proveedores en Estados Unidos, entre ellos un ciudadano estadounidense al que conoce desde hace 12 años y que se encarga de comprar las armas, tanto de segunda mano como nuevas de grado militar.
Recientemente, ha estado pasando al otro lado de la frontera unas 240 armas de fuego al mes, el doble del volumen que movía hace un año, según dijo. El rifle Kalashnikov —muy utilizado por ejércitos, grupos insurgentes y fuerzas paramilitares de todo el mundo— es lo que todo el mundo quiere, afirmó. El rifle de francotirador Barrett calibre .50 también tiene una gran demanda, dijo, porque puede atravesar vehículos y posiciones fortificadas.
Los sobornos son esenciales, explicó el contrabandista. Su contraparte estadounidense se encarga de los pagos a los funcionarios de Estados Unidos, incluidos los de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza y otros, para garantizar que los envíos crucen sin interferencias.
Cuando se le preguntó sobre las acusaciones de que los agentes aceptan sobornos, la agencia afirmó en un comunicado que los agentes y oficiales de la CBP “hacen cumplir las leyes de nuestra nación a lo largo de la que es ahora la frontera más segura de la historia”.
El contrabandista transporta las armas por dos rutas principales.
Una comienza en Phoenix o en cualquier ciudad que esté tranquila esa semana. Allí, las armas se cargan en los compartimentos ocultos de camiones con remolque y vehículos y son llevadas a Nogales, México, por un estadounidense. Luego, un conductor mexicano toma el relevo, dijo el contrabandista.
En el norte de México, dijo, se cambia el remolque, se renuevan los documentos y el cargamento se envía hacia el sur por carretera hasta Tijuana, para luego atravesar la península de Baja California, según el contrabandista. Desde allí, se carga en lanchas rápidas y se transporta a través del golfo de California hasta Topolobampo, un puerto comercial en la costa noroeste de Sinaloa. Luego se distribuye por tierra a diferentes estados.
Si el destino final es Culiacán, la ruta es más corta. De Phoenix a Nogales por carretera, y luego directamente por la autopista, según el contrabandista.
“Si pagas, pasa. Si no, no”, dijo. “Así de simple”.