En Ciudad de México solo habrá cinco partidos del Mundial, pero no te darías cuenta de eso si paseas por sus calles, repletas de parafernalia futbolística. Pareciera que todo el mundo lleva una camiseta verde de la selección de México, gracias a los vendedores ambulantes que ofrecen mercancía sin licencia por precios de hasta apenas 15 dólares, para gran disgusto de la FIFA, cuyas camisetas oficiales pueden costar más de 100 dólares. Los días de partido, los aficionados invaden las principales avenidas de la ciudad, convierten las calles en pistas de baile, rocían enormes cantidades de espuma y se avientan unos a otros por el aire.
“El Tri”, como se conoce a la selección mexicana de fútbol, ha tenido una racha histórica este año: han ganado cuatro partidos seguidos sin recibir ni un solo gol en contra, una racha que se pondrá a prueba el domingo por la noche contra Inglaterra, de donde soy yo, en el último partido que se celebrará en el estadio Azteca en Ciudad de México. La triunfal actuación de la selección ha unido a millones de aficionados en un momento político tenso para México, en medio de una creciente violencia, polarización política y una campaña de presión contra los cárteles por parte de Estados Unidos, uno de los otros anfitriones del Mundial. Incluso la violencia relacionada con los cárteles ha tenido una tregua durante el torneo.
Estoy disfrutando del momento. Me dedico a cubrir el agotador tema del crimen y la violencia en el país y, como todo el mundo, he agradecido la oportunidad de seguir obsesivamente este hermoso deporte por unas semanas. En el cuarto de siglo que llevo viviendo en Ciudad de México, nunca había sido testigo del nivel de euforia que ha desatado este torneo.
Los estadios están a reventar, a pesar de los precios desorbitados de las entradas, y los fan fests oficiales gratuitos están desbordados. En las colonias de toda la ciudad, la gente se ha reunido alrededor de los televisores de los puestos callejeros para ver juntos los partidos y montar sus propias fiestas, lo que vuelve a dejar a la FIFA con dificultades para lucrar con las retransmisiones públicas. El sonido de las fiestas para ver los partidos resuena por los edificios residenciales. Los vendedores ambulantes más emprendedores ofrecen cerveza y caballitos de tequila por solo un par de dólares, haciendo caso omiso de los esfuerzos del gobierno por limitar el consumo de alcohol ante unas celebraciones que podrían acabar en disturbios.
“Desde chico llevaba queriendo vivir este momento”, dijo Juan Carlos Sardineta, de 36 años, un bajista que se dirigía a una fiesta con cerca de un millón de personas tras la victoria de México sobre Ecuador el martes. “Nos lo merecemos. México merece pasarla bien”. La gente golpeaba piñatas colgadas de los semáforos, desconocidos se abrazaban y se besaban, y un hombre bailaba con un perro vestido con los colores de la selección mexicana. Los rezagados seguían moviendo la cabeza al ritmo de la música hasta bien entrada la madrugada, cuando la gente empezaba a llegar al trabajo.
“Esto es como una válvula de escape para liberar la tensión”, dijo Arturo de la Rosa, de 66 años, un informático jubilado sentado en unos escalones mientras pasaba una caravana de motociclistas, tocando el claxon y acelerando sus motores.
Los problemas de México no se han olvidado. El país está profundamente marcado por años de tasas de homicidios y desapariciones alarmantes, muchas de ellas a manos de los cárteles. La presidenta Claudia Sheinbaum sigue gozando de popularidad, pero su partido se ha enfrentado en los últimos meses a una avalancha de acusaciones de corrupción que implican a varios funcionarios de alto rango en delitos relacionados con los cárteles. Las amenazas del presidente Donald Trump de lanzar ataques militares en territorio mexicano tienen a mucha gente en vilo, igual que la noticia de que el gobierno de Trump se ha negado a renovar el acuerdo comercial entre Estados Unidos, México y Canadá, lo que podría dañar a una economía ya de por sí inestable.
El torneo no se ha librado de las tensiones. En los días previos a la Copa Mundial, el centro de la ciudad estaba colapsado por maestros en huelga que exigían mejoras salariales. Las familias de las personas desaparecidas se han manifestado fuera de los estadios para intentar llamar la atención del mundo sobre su dolor y su lucha, pero solo se han encontrado con las fuerzas policiales bloqueándoles el paso hacia el estadio.
Los ciudadanos se ha quejado de las llamativas iniciativas para embellecer la ciudad antes del Mundial, como pintar las infraestructuras públicas con ajolotes morados, esa especie de salamandra endémica de los lagos del Valle de México que se ha hecho viral en todo el mundo. “No tenemos ningún problema con el Mundial en sí”, dijo Héctor Flores, cuyo hijo fue secuestrado en 2021 en Guadalajara, otra de las ciudades sede. “Lo que no nos parece bien es gastar en un evento deportivo cuando hay tantas crisis en México”.
Y la fiebre futbolística también tiene su lado oscuro. Varias personas han fallecido en las fiestas callejeras masivas, entre ellas al menos tres que murieron asfixiadas el martes cerca del Ángel de la Independencia después de la victoria de la selección sobre Ecuador. Yo estuve allí esa noche y noté cómo la multitud se agolpaba y crecía sin cesar. Los aficionados también pueden excederse: el lunes por la noche, decenas de seguidores mexicanos tocaron cláxones y tambores frente al hotel donde se alojaban los jugadores de Ecuador, intentando interrumpir su descanso antes del partido del día siguiente.
Pero la magnitud de la euforia eclipsa la tristeza, aunque todo el mundo sabe que no durará. “Necesitábamos algo emotivo, algo que nos uniera”, dijo Yanira Córdoba, de 48 años, que trabaja en proyectos de desarrollo rural, mientras un hombre pasaba por allí con una bocina enorme al hombro a todo volumen, que reproducía la joya del mariachi mexicano “Cielito lindo”.
“Es un alto al fuego. La gente se la está pasando bien”, dijo de la Rosa. “Después del Mundial, tendremos que ver si nos volvemos a dividir o si seguimos unidos”.