El encanto tranquilo y pintoresco de Tapalpa oculta su realidad: sus colinas cubiertas de pinos en el oeste de México son el corazón del grupo criminal más despiadado del país, el Cártel Jalisco Nueva Generación.
Familias adineradas y turistas la visitan durante largos fines de semana para montar a caballo, hacer senderismo por las sierras y correr en moto por las sinuosas carreteras.
Esa paz se hizo añicos el domingo por la mañana.
Las fuerzas militares mexicanas irrumpieron en un complejo residencial cercano tras enterarse de que el jefe del cártel más buscado del país se reunía allí con su pareja. Los residentes se atrincheraron en sus casas mientras los helicópteros tronaban sobre sus cabezas y se oían explosiones a lo lejos.
Surgen algunos detalles sobre el asalto militar para capturar a Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como el Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. La redada desencadenó horas de tiroteos entre pistoleros del cártel y fuerzas federales, lo que dejó al menos 58 muertos en el estado de Jalisco, incluido Oseguera.
Para los habitantes de Tapalpa que cerraron sus puertas cuando las fuerzas especiales se desplegaron por las colinas, sigue siendo surrealista. El martes, muchos me dijeron que aún les costaba asimilar que uno de los fugitivos más buscados del mundo se había escondido cerca de allí, y que su tranquila ciudad se había convertido en el escenario de sus últimas horas.
“Fue como de película”, dijo Paulina Silvestre, quien pasó la mañana escuchando los helicópteros que sobrevolaban. “Como que me cuesta creer que realmente pasó esto aquí”.
Un fotógrafo y yo intentamos llegar a la urbanización cercada donde había acampado el Mencho, pero la entrada estaba cerrada a todos menos a los residentes. Sorprendentemente, no había policías ni militares en las inmediaciones, pero un guardia de seguridad estaba en la puerta de entrada e impedía el paso a los coches.
A un kilómetro y medio de distancia, tropezamos con Cabañas La Loma, un complejo residencial y negocio de alquiler de cabañas en las afueras de Tapalpa que fue sancionado por el Departamento del Tesoro estadounidense ya en 2015 por sus vínculos con el cártel de Jalisco.
Desde la distancia, el complejo parece una fotografía perfecta de un refugio de montaña. Dentro, un único camino empedrado serpentea por la ladera, entre 10 grandes cabañas de madera y piedra. Las casitas de juegos de los niños salpicaban los patios y una única cancha de tenis se alzaba a un lado.
Pero de cerca, era una escena del crimen congelada en el tiempo.
Las calles, los caminos de entrada y los umbrales de las casas estaban repletos de decenas de casquillos de bala usados, incluidas municiones de proyectiles del calibre 0.50 utilizados en armas militares. Los fuegos ardían más allá de las casas. No sabíamos si los había provocado el cártel o alguien más.
El vecindario mostraba señales de un éxodo de pánico: puertas de entrada abiertas y ventanas destrozadas. En algunas casas, la ropa estaba tirada sobre las camas deshechas, los cajones arrancados y los armarios medio vacíos.
En una sala de estar había una bombona de oxígeno, jeringuillas y un montón de fármacos: antidepresivos y medicamentos especializados para la insuficiencia renal.
Las paredes de varias casas estaban agujereadas por los cráteres irregulares de los impactos de bala.
Sin embargo, a pesar de las marcas de violencia extrema, la escena, asombrosamente, no tenía ningún tipo de protección. Ninguna fuerza de seguridad vigilaba el recinto ni las carreteras que conducían a él.
Esta falta de supervisión es habitual entre las fuerzas de seguridad mexicanas, quienes tienen un largo historial de dejar sin vigilancia escenas del crimen de alto riesgo y permitir que se manipulen —o se pierdan por completo— pruebas fundamentales.
“Al tratarse de un operativo federal, quien resguarda la escena es la Fiscalía General de la República”, dijo la oficina del gobierno del estado de Jalisco, y añadió que no tenía más información sobre el lugar.
La fiscalía general no respondió a una solicitud de comentarios.
Algunos residentes de Tapalpa dijeron que les costaba aceptar que una figura poderosa como el Mencho pudiera ser capturada, y mucho menos asesinada. Al fin y al cabo, había eludido a las autoridades mexicanas y estadounidenses durante más de una década, al construir en menos de 15 años una vasta red criminal que movía drogas por todos los continentes.
“Nunca vimos una foto del cuerpo, como que yo no creo que esté muerto”, dijo José Luis López, gerente de una joyería cercana a la plaza principal de la ciudad. “Tenía demasiado poder, demasiado dinero, y el gobierno necesitaba demostrar algo”.
A diferencia de otros célebres capos de la droga, como Joaquín Guzmán Loera, conocido en el mundo como el Chapo y cuyas fugas de prisión y leyenda cuidadosamente elaborada lo convirtieron para algunos en un héroe popular fuera de la ley, Oseguera no inspiraba ese romanticismo.
En Tapalpa, El Mencho era menos un mito célebre que una presencia poderosa que soportar. Los residentes dijeron que no sabían que Oseguera se ocultaba en Tapalpa, pero se sabía que su cártel controlaba la región.
Oseguera, conocido coloquialmente como el Señor de los Gallos, por su pasión por esas peleas, se mantenía cerca de sus orígenes rurales. Era conocido por frecuentar los ruedos locales donde se celebran peleas de gallos en medio de música a todo volumen, mientras hombres con sombreros de vaquero se agolpan en las barandillas.
Existe un complicado consenso sobre el hecho de que el mando de Oseguera aportó una escalofriante estabilidad, un orden, por brutal que fuera, impuesto por el cártel.
“Sabemos que aquí andan, que controlan todo”, dijo Gilberto Peregrina, empleado de la tienda de comestibles local de Tapalpa. “Por medio de violencia, de dinero y de poder. Pero no se meten con la poblacion, nos dejan tranquilos”.
Esta frágil estabilidad no se debe solo a la influencia del cártel, sino a la retirada táctica del Estado.
Una agente de tránsito de la policía estatal, que habló bajo condición de anonimato por temor a represalias tanto de sus superiores como del cártel, describió una policía estatal que se hacía la vista gorda. Dijo que había órdenes permanentes de no interceptar ni interrogar a presuntos miembros del cártel, y un acuerdo tácito de que las unidades de la policía estatal evitaban ciertos sectores sin la autorización explícita de los jefes criminales.
El cártel puede corromper todos los niveles de autoridad, dijo mientras miraba hacia la carretera bloqueada por un autobús carbonizado a pocos kilómetros de la ciudad.
Son la verdadera autoridad de la zona, dijo.
La oficina de la policía estatal no respondió a una solicitud de comentarios sobre las acusaciones.
A lo largo de la carretera que serpentea aproximadamente 131 kilómetros hacia el norte desde Tapalpa hasta Guadalajara, la capital del estado de Jalisco, las secuelas de la violencia del domingo eran difíciles de pasar por alto.
Al menos una decena de vehículos yacían incinerados a lo largo de la carretera: armazones chamuscados de tractocamiones, coches compactos y autobuses públicos, varios de ellos todavía oliendo a humo acre. La agente de la policía de tránsito dijo que habían encontrado más de 50 vehículos quemados y que ya habían retirado la mayoría de ellos de ese mismo tramo.
En un momento dado, cuando el fotógrafo y yo nos detuvimos para documentar un grupo de cuatro coches incinerados, un hombre en un todoterreno blanco aminoró la marcha al pasar. Se asomó por la ventanilla, gritando frenéticamente.
“¡Esto es terrorismo!”, gritó por encima del motor. Hizo una pausa y luego añadió una afirmación desafiante. “¡Pero estamos bien!”.