SANTA ANA ZIROSTO, México (AP) — “Bendito sea Dios... ¡y ahora nos pagan!”, gritó feliz un cortador de aguacates después de varios días sin trabajar. En minutos, Francisco Isidro estaba lanzando una soga a un árbol de unos seis metros y trepando por ella. Al cuarto de hora, ya había llenado una caja de aguacates con destino a Estados Unidos.
Ocho días después de la suspensión temporal de las exportaciones de aguacate desde el estado occidental de Michoacán hacia ese país y del despliegue de más tropas en la región, las autoridades estadounidenses levantaron por completo la alerta de seguridad que motivó el paro y para el fin de semana, las huertas ya recuperaban su actividad, las empacadoras trabajaban a toda máquina y los inspectores agrícolas volvían a certificar la fruta para asegurar que no tenían plagas antes de cruzar la frontera.
En Michoacán, principal productor de aguacates de México y una región donde operan cuatro cárteles designados como terroristas por el gobierno de Donald Trump, unos estaban contentos por recuperar sus jornales diarios; otros esperanzados ante la posibilidad de que baje la violencia y las extorsiones, y algunos temían que la tranquilidad solo fuera pasajera.
“Vamos a estar seguros un rato hasta ver qué más ocurre”, comentaba Valentín Rodríguez, un empresario veterano del sector.
Muchas amenazas posibles en un estado violento
La alerta estadounidense agarró a Isidro subido a un árbol de una huerta de Santa Ana Zirosto, una zona de cerros bajos y verdes de alta actividad delictiva al oeste del estado. No hubo explicaciones, solo el grito del capataz para que pararan el corte.
El jornalero, de 39 años y dos décadas como cortador, sabía que eso significaba empezar a buscar otro trabajo hasta que la situación se normalizara o mantener a la familia sólo con lo que sacaba su esposa de una pequeña tienda.
En una empacadora a más de 150 km (90 millas) de allí, en Tacámbaro, el ingeniero de turno recibió el mensaje de madrugada. La planta quedaba desde ese momento en una especie de cuarentena. Todos sus accesos precintados.
Unas 200.000 personas que emplea el sector aguacatero en Michoacán se quedaron en vilo.
Las autoridades no aclararon qué amenaza detonó la alerta, pero en un estado donde operan numerosos cárteles locales que, además de la droga, tienen en la extorsión uno de sus principales negocios, las posibilidades son muchas.
Algunos empresarios asumen las extorsiones como parte obligada de sus costes de producción. Uno de ellos contaba recientemente a AP que paga al crimen organizado un peso por kilo exportado y vende cada día a Estados Unidos unas 90 toneladas, es decir, pagos diarios de más de 5.000 dólares.
Solo en marzo, México vendió diariamente a Estados Unidos casi 4.800 toneladas.
También hay robos de camiones llenos de aguacate en las carreteras del oeste del estado. E incluso algunos jornaleros se han visto detenidos y golpeados por hombres armados sin saber la razón en una zona limítrofe con Jalisco, contó uno de ellos que pidió el anonimato por miedo.
La industria del aguacate en manos de EEUU
En el pasado, los inspectores han sufrido agresiones y hasta retenciones temporales que provocaron parones similares al de la semana pasada. En alguna ocasión las amenazas surgieron cuando detectaban una plaga para que no la denunciaran, dijo un funcionario conocedor de la actividad de los técnicos y que pidió el anonimato por seguridad. La embajada no suele ofrecer detalles.
Ahora los inspectores tienen menos presencia en las huertas – cerros aislados por donde los hombres armados campan a sus anchas— y concentran la mayor parte de su actividad en las empacadoras.
“Si dice Estados Unidos que por temas de seguridad nos niegan los servicios técnicos, imposible exportar; si dice que ahora no es seguridad, que es un tema fitosanitario, igual”, explica Rodríguez, que produce, empaca y comercializa. “Estamos a lo que el mercado y el gobierno de Estados Unidos quieran hacer con la industria”.
No falta el matiz político, agregó el empresario. México tuvo prohibido exportar aguacates a Estados Unidos durante ocho décadas “por un famoso gusano que encontraron en 1914 en un hueso”, recordó. El veto se levantó en 1997 cuando su producción nacional no podía ya abastecer la creciente demanda.
Una esquema de certificación seguido al milímetro
Estados Unidos compra más del 80% de los aguacates mexicanos para la exportación, lo que significa que miles de toneladas viajan cada día hacia el norte, sobre todo a principios de año cuando el consumo de guacamole crece en vísperas del Super Bowl. Para que ese volumen se mueva la palabra clave es “certificación”.
Isidro es un cortador “certificado”, que sabe como desinfectar los utensilios de corte antes de usarlos, manipular el aguacate con rapidez y delicadeza y alertar de cualquier mancha o daño en la fruta. Lo es también su cuadrilla y las huertas en las que trabaja que, entre otras cosas, deben tener comedor y baño para los jornaleros.
Jesús Méndez, su supervisor, revisa las cajas —todas con los datos necesarios para poder rastrearlas— antes de subirlas al camión, que esperará a que todos los de la zona estén listos para salir en convoy hacia el empaque con patrullas acompañándolos para evitar robos.
Al llegar a las plantas empacadoras, las verificaciones continúan —de calidad, de pulpa, de plagas— antes de que los aguacates empiecen a correr por las cadenas mecanizadas que los separan por tamaños hasta que decenas de manos los acomodan en cajas.
Una vez completamente etiquetados y precintados, los camiones salen camino de la frontera. A la menor alerta, todos los lugares por los que pasó esa fruta quedan paralizados.
Siguen los miedos pese al regreso de actividades
El aumento de más de 1.500 militares para vigilar la franja aguacatera y una docena de arrestos en el estado aliviaron al sector, pero sólo a medias.
Luis Manuel Soto, productor y empacador de 36 años del oeste de Michoacán, confía en que haya mejoras pero, de momento, no las siente.
Contó que en 2024 hombres armados le sacaron de su vehículo amenazando con matarle si no les pagaba y quitaba una denuncia por extorsión e intento de despojo de sus huertas. En julio de este año las amenazas regresaron aunque una persona involucrada en el caso previo está ya condenada.
“Me dejaron la cruz fúnebre y… un mensaje textual que decía que tenía los días contados”, explicó desde una localidad cercana a Morelia, la capital michoacana. Las amenazas continuaron vía telefónica y ahora su vida trascurre entre la atención esporádica a sus huertas, la gestión a distancia de sus negocios y proyectos sociales y las visitas a la fiscalía pidiendo protección.
En Santa Ana Zirosto y sus alrededores, la población celebraba el refuerzo militar.
“Tanto nos tranquiliza como nos da un poquito de susto (por) si eso pueda traer algunas confrontaciones con alguno de los grupos pero ojalá sea para bien”, dijo Méndez que todavía recuerda un día que tuvo que dejar el trabajo porque las balas cruzaban de un cerro a otro por encima de la huerta en la que estaba.
De momento, tras la reactivación de actividades, las bromas y risas corrían entre sus trabajadores encaramados en las copas de los árboles de aguacate.