Chihuahua, Chih.- En el Día del Perito, hay historias que sostienen a la Fiscalía General del Estado (FGE); la de Fernando Antonio Solís Puente, el criminalista que pasó de no querer ir a un velorio, a dirigir la Dirección de Servicios Periciales y Ciencias Forenses; la de Lilia Soraya Domínguez Soto, la química que hace hablar a una mancha de sangre y la de Martha Isela Ruiz Torres, antropóloga que le devuelve el nombre a las personas desaparecidas.

Entre estos perfiles suman casi 70 años haciendo ciencia donde otros sólo ven horror; no trabajan con muertos, trabajan para los vivos: para la madre que espera afuera de un juzgado, para el juez que dice “esta noche voy a poder dormir” y para la familia buscadora que sólo quiere la certeza de que su ser querido ya fue identificado.

De no poder estar en un funeral, hasta convertirse en director

Con más de tres décadas como perito criminalista, desde levantar su primer caso en Ciudad Guerrero en 1998 hasta capacitar a peritos en Albuquerque, Fernando Antonio Solís Puente, hoy encabeza el despacho de la Dirección de Servicios Periciales y Ciencias Forenses del Estado.

En entrevista para El Diario, Solís Puente originario de Durango narró que llegó a Chihuahua de manera circunstancial por una oportunidad laboral y lo que empezó como intuición por la investigación ha sido una carrera que incluye la jefatura de la oficina de Delicias en 2008, la creación de la Unidad Especializada en la Escena del Crimen (UEEC) para homicidios y cuatro años como coordinador de la Zona Sur en Parral.

“Con el desempeño y con el trabajo constante, uno va desarrollando más ese instinto de observación. En aquel tiempo, -refiriéndose a 1998-, yo recuerdo que era de las personas que no iba a un velorio por no ver el muerto, eso sin pensar que posteriormente me iba a tocar incluso sacarlos, analizarlos y revisarlos”.

El actual titular de Periciales, defiende que la criminalística cambió: de los peritos “todólogos” que hacían de todo, a especialistas en balística, química, genética, incendios, etcétera.

Para él, la aportación pericial es la brújula del juez.

“La prueba científica no deja lugar a dudas. Nosotros no vemos ni a la víctima ni al victimario, damos los elementos para que la justicia sea aplicada equitativamente”.

En su intervención recordó una capacitación en Santa Fe, Nuevo México, donde acudió con temor de ser criticado por peritos estadounidenses y terminó enseñándoles técnicas que ellos no dominaban, como el levantamiento de huellas en nieve o el revelado dactilar.

-¿Qué tan importante o qué tan determinante es una prueba del trabajo que hacen ustedes para poder resolver un caso?

“Es fundamental, por muchos años la prueba reina era la confesión y obviamente sabemos que no. Yo considero que lo que es la prueba reina es la científica, donde no deja lugar a duda de alguna situación. Un ejemplo podría ser que haya cinco, diez, quince testigos que digan que esa persona nunca ha entrado a ese lugar y nosotros científicamente podemos establecer que sí estuvo en ese interior”.

Externó que eso es posible saberlo a través de una mancha de sangre, un residuo biológico, un cabello, una huella o una pisada.

“Nosotros científicamente podemos establecer que sí estuvo. Aún y cuando haya mucha gente que no lo diga, pero nosotros sí podemos establecer científicamente, y de ahí la importancia de lo que es en las áreas forenses, porque nosotros vamos a aportar esa evidencia que va a ser una brújula para el juez para que pueda tomar una decisión correcta. La prueba científica no deja lugar a duda de la relación que puede existir entre una víctima, un victimario, el lugar de los hechos”.

Afuera de la escena, Solís Puente se describe como un hombre hogareño, padre de dos hijas y abuelo de cuatro nietos.

El mensaje para los jóvenes que quieren estudiar criminalística o criminología fue: “No somos levantamuertos. Somos procesadores de una escena para establecer una verdad con evidencia física. Todos tenemos un investigador dentro, nosotros lo hacemos con técnica. La sociedad pide a gritos gente profesional para combatir el delito”.

“Me encanta mi trabajo, procesar una escena del crimen y poder dar esa luz, esa brújula para la impartición de justicia y llegar a una verdad”.

Una mancha de sangre, el único testigo

Lilia Soraya Domínguez Soto no quería ser perito, de hecho, no sabía que existían. Originaria de Gómez Farias, llegó a Chihuahua a estudiar para ser Química Bacterióloga Parasitóloga (QBP), pensando en un laboratorio de hospital, de esos que son blancos y limpios, pero la vida la colocó en uno donde lo que llega huele y donde en la mayoría de los casos duele.

“Yo entré sin saber que era un perito. Yo dije: Hay, un trabajo en la Fiscalía, en laboratorio. Pero ya cuando me explicaron dije: ¡ah, caray! Esto es otra cosa”.

Eso fue hace 21 años y actualmente, es coordinadora del Laboratorio de Química Forense de la Dirección de Servicios Periciales y por sus manos pasa prácticamente todo.

“Por química pasa el 90% de los indicios de un delito. Todo lo que recolecta criminalística de campo: sangre, semen, orina, cabellos, fibras, vidrios, droga, alcohol, residuos de pólvora, todo llega aquí”.

“La gente cree que es como en la serie de Crime Scene Investigation (CSI), que metes la muestra y en dos minutos sale el resultado. No. Aquí es horas viendo al microscopio, repitiendo pruebas, cuidando la cadena de custodia porque si te equivocas en una gota, se te cae el caso en juicio”.

Lilia ha estado en casos que le han marcado la carrera; el más reciente y más doloroso: las cenizas del crematorio Plenitud en Ciudad Juárez.

“Nos llegaban bolsitas con polvo y había que determinar con pruebas si eran restos humanos o no. Y sabes que detrás de cada bolsita hay una familia que lleva meses buscando a su muerto. Es una presión bien grande. No puedes fallar”.

“Una mancha te dice mucho, si es sangre humana o de animal, grupo sanguíneo, si la víctima había tomado, si había droga. A veces una manchita en una playera es la que tumba toda la mentira del imputado… Por eso yo siempre digo que las manchas hablan”.

A 21 años de servicio, dice que ya vio de todo y que ese trabajo cambia la forma de ver el mundo.

“Ya no ves igual. Ves una escena del crimen en la tele y dices: ay, no traen guantes, están contaminando todo, pero también te vuelves más humana. Sabes que detrás de cada tubo de ensayo hay alguien esperando justicia”.

Lo que más le gusta de su trabajo es colaborar en la procuración de justicia y dar paz a las familias.

En el marco del Día del Perito, Lilia no pidió felicitaciones, pidió respeto a su trabajo y a que la próxima vez que alguien diga “levantamuertos”, se acuerde que detrás hay una química de Gómez Farias que lleva 21 años haciendo que la justicia tenga sustento.

“Los huesos hablan”

Martha Isela Ruiz Torres tiene la frase tatuada en la mente, aunque no en la piel, la repite como mantra y como título de su vida: “diré algo bien trillado, pero los huesos hablan”.

Desde hace más de ocho años es perito profesional en Antropología Forense en la Dirección de Servicios Periciales.

Su día a día son fosas clandestinas, restos calcinados y huesos que otros confundirían con piedras.

La historia de ella no empezó en una escena del crimen, sino en una cocina.

“Yo originalmente fui ama de casa y luego estudié enfermería, que nunca ejercí, porque luego tuve a mis hijos y ya cuando ellos entraron al jardín de niños dije: ¿qué estoy haciendo en la casa? Me voy a poner a estudiar”, recuerda.

Entró a la Escuela de Antropología por causas del destino y derivado de eso, fue cuando le abrieron la puerta de hacer el servicio social en Servicios Periciales, donde desde años atrás, faltaban antropólogos.

“Llegué aquí al servicio social y me atrapó, es un trabajo bonito, sobre todo cuando nadie puede decirte qué estás viendo en un hueso y tú puedes explicarlo, poder decir qué es lo que estás encontrando, si un hombre, una mujer o infantes, así como reconocer qué tipo de lesiones sufrieron. La verdad es que el mundo pericial me atrapó y enamorada del trabajo como el primer día”.

-¿Qué hace una antropóloga forense?

- Martha lo divide en dos: en campo, sale con criminalística a recuperar restos humanos. Superficie, fosas clandestinas, quemados.

“Lo primero es determinar el origen, si son restos humanos o animal, que muchas veces nos llaman porque encontraron huesos y son de animal. Y la correcta recuperación, porque ante el desconocimiento del esqueleto puede prestarse a pérdida de elementos que pueden ser confundidos con piedras, sobre todo huesos de manos y pies”.

En el laboratorio, viene lo que sólo ella sabe ver

“Estimamos el número mínimo de individuos, porque lamentablemente aquí tenemos muchos casos de restos mezclados; estimamos sexo, edad, estatura y características individualizantes: fracturas, placas de osteosíntesis, ausencias antemórtem. Y en el caso de restos quemados, ayudamos al médico a estimar sexo cuando están muy carbonizados, lesiones que por el fuego pudieron haber sido ocultadas”.

Todo termina en un informe pericial que puede ser llevado a juicio

De todos, hay un caso que no olvida: un feminicidio: “era una chica que traía muchas huellas de corte en su esqueleto; cuando lo plasmo en el dictamen y cae esa información al Ministerio Público, fue determinante a la hora de hacer la sentencia. Todas las agravantes que pudieron haber tenido en un caso de feminicidio las obtuvimos a través del análisis de antropológico. Y la verdad es bien gratificante decir: al menos una persona a través de mi trabajo pudo obtener un poco de justicia”.

“Justo ahorita platicaba con una compañera cómo aprende uno a lidiar con ese trabajo y seguir con tu vida normal; yo creo que uno va desarrollando estrategias mentales para separar el trabajo de tu vida personal. Hay casos que sí son bien complicados en los que dices: ¿cómo puede la gente cometer algo tan atroz en contra de una persona? Sí te impacta mucho el nivel de atrocidad, de maldad, de inhumanidad que puede tener un perpetrador. Hay casos que te cimbran”.

Al cuestionarle qué les diría a las madres que buscan en arroyos y cerros, Ruiz Torres responde que lo más importante es darles certeza.

“El tema de la desaparición es bien fuerte, cuando ves a las familias buscando dices: ¿qué puedo hacer yo? Pero el granito de arena que ponemos, a veces son cosas tan sencillas como una fracturita pequeñita en una mano y gracias a eso puedes decirle a la familia: oye, su familiar tiene un dedito quebrado que se lo quebró peleando. Detallitos así ayudan a construir la identidad. Decirles que uno hace el trabajo con amor y dedicación para ayudarles a que tengan certeza”.

"Estoy enamorada de mi trabajo desde el primer día"

“Ese crush todavía no se me quita. Para mí es un trabajo apasionante y difícil. Te va afectando tu percepción del mundo y de las personas, pero es bien bonito ayudarle a alguien, aunque sea un huesito, es muy gratificante”.

Para las y los jóvenes que quieren ser peritos les advirtió que el mundo no es como lo vemos en la televisión y que hay que enfrentarse a la vida real o a la muerte es bien complicado.

“El ver sangre, el olor... Pero tenemos una necesidad bastante sensible de peritos comprometidos. A estudiar y prepararse para un mundo difícil”.

Así mismo, manifestó sentir una admiración total con la gente que tiene la fortuna de convivir todos los días: criminalistas, médicos, genetistas, químicos.