Tengo muchos reclamos sobre la guerra en la que serví hace dos décadas: la guerra en Irak estuvo mal planeada, fue arrogante y estuvo empañada por un liderazgo deficiente en el nivel más alto. Pero yo sabía la razón por la que estaba ahí. ¿Qué creen exactamente nuestros militares que intentamos hacer en Irán?

Las justificaciones de la guerra han sido asombrosamente inconsistentes. Tal vez la guerra sea por el cambio de régimen, por el programa nuclear iraní, por los objetivos militares limitados de degradar sus capacidades de misiles balísticos y drones, o quizá porque Israel estaba a punto de atacar y nosotros correríamos peligro, o porque Estados Unidos estaba bajo la amenaza inminente de Irán, o para lograr la paz en Medio Oriente, etcétera.

Quizá, en realidad, no sea una guerra. Quizá sea una “excursión que nos mantendrá alejados de una guerra” o una incursión o quizá solo sea una “pequeña excursión”. Es posible que en el Estados Unidos del presidente Donald Trump solo haya dos géneros, pero nuestras aventuras militares pueden identificarse como les plazca.

Puede que queramos la “rendición incondicional”, pero tal vez la “rendición incondicional” sea algo que ocurre dentro de la mente del presidente, independientemente de si nuestros enemigos se han rendido de verdad. Quizá la guerra esté “bastante contenida”, pero quizá los estadounidenses de toda la región tengan que irse. Tal vez haya soldados en el terreno y tal vez no.

Y, sin embargo, mientras veía un video divulgado por la Casa Blanca en el que un grupo de bolos de boliche enfurecidos y armados con rifles, etiquetados como “funcionarios del régimen iraní”, son golpeados por una bola estampada con la bandera estadounidense que se convierte en un avión, seguido de imágenes reales de combate de ataques aéreos de Estados Unidos, me di cuenta de cómo un fundamento de esta guerra ha permanecido claro y constante: el deleite del gobierno por las muestras de violencia y dominación.

El video de los bolos es uno de los muchos videos publicados en las redes sociales de la Casa Blanca en los que se celebra la guerra y se mezclan imágenes de muerte y destrucción con secuencias de videojuegos o eventos deportivos. El presidente declaró que los oficiales militares le dijeron que “es más divertido hundir” barcos que capturarlos, y el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, exultó: “Los estamos golpeando mientras están en el suelo, que es exactamente como debe ser”. Stephen Miller, asesor de Trump, proclamó que la guerra en Irán mostraba a un ejército “que no lucha con las manos atadas a la espalda”.

En otra conferencia de prensa, Hegseth dejó aún más clara la postura de macho: “Sin estúpidas reglas de enfrentamiento, sin atolladeros de construcción nacional, sin ejercicios de construcción de la democracia, sin guerras políticamente correctas”.

Los hombres que quieren hacer a Estados Unidos grandioso de nuevo buscan una ruptura limpia con la guerra mundial contra el terrorismo. Ese conflicto se inició con una elevada retórica sobre la democracia y la libertad, pero desembocó en años de guerra civil, caos, engrosamiento de las filas de los grupos terroristas, genocidio, una crisis de refugiados y, en Afganistán, un fracaso absoluto y humillante. Estos hombres no parecen darse cuenta, o no les importa, que su lenguaje de fuerza bruta representa una ruptura fundamental con las tradiciones estadounidenses en torno a la guerra que se remontan a la revolución.

Hablar jactanciosamente de matanzas es tan antiguo como la guerra misma. “Las ruedas de mi carro de guerra”, se jactaba un rey asirio, “estaban salpicadas de inmundicia y sangre. Con los cuerpos de sus guerreros, llené la llanura, como la hierba”. Pero los fundadores de Estados Unidos afirmaron principios universales que deberían hacer impensable tal actitud. Si crees no solo que todos los hombres nacen iguales, sino también que los gobiernos obtienen sus poderes justos del consentimiento de los gobernados, entonces la guerra no puede justificarse como una pura exhibición de poder y dominio.

En sus discursos a las tropas, George Washington sacaba a relucir las imágenes de la violencia no como un espectáculo del que disfrutar, sino como horrores que soportar: desde “mercenarios a sueldo que luchan por la causa de la ambición, la rapiña y la devastación sin ley”, hasta quienes deseaban mantener al Estados Unidos revolucionario en “la esclavitud y la miseria”. Y cuando le llegaron noticias de las atrocidades británicas, Washington escribió que “su crueldad sin sentido perjudica a su causa más de lo que la beneficia; eso, con nuestra contención, nos asegura justamente el apego de todos los hombres de bien”.

Del mismo modo, Abraham Lincoln utilizó cuidadosamente el púlpito de la presidencia durante la guerra civil para articular una firmeza de propósito moral que se extendía más allá del éxito de los objetivos militares y hacia una reconciliación final con el sur de Estados Unidos. En lugar de una retórica grandilocuente, Lincoln sugiere en su segundo discurso inaugural que Dios “da tanto al Norte como al Sur esta terrible guerra” como castigo mutuo por el mal de la esclavitud, y declara que deben continuar “sin malicia hacia nadie, con caridad para todos, con firmeza en lo que es justo, tal y como Dios nos permite verlo”.

En Gettysburg, presentó la guerra como una prueba para nuestra fundación nacional, “concebida bajo el signo de la libertad y consagrada al principio de que todos los hombres nacen iguales”. Y así sucesivamente, a través de guerras buenas y malas: ya fuera Woodrow Wilson entrando en la Primera Guerra Mundial porque “el mundo debe ser seguro para la democracia” o la invasión de George W. Bush “para desarmar a Irak, liberar a su pueblo y defender al mundo de un grave peligro”, los líderes estadounidenses han intentado justificar nuestras guerras como si tuvieran objetivos acordes con nuestra filosofía política fundacional.

No se trata simplemente de retórica, sino de una visión fundamental del poder y su relación con la violencia que se infiltra en la estrategia. Si, por otro lado, la guerra es política, y si todo gobierno se basa en la opinión, como sugieren los documentos federalistas —o, en español, El federalista—, entonces el resultado final de las guerras va a ser una cuestión no solo de éxitos militares, sino también del efecto a largo plazo del uso de la violencia en las poblaciones enfrentadas. “La decisión total de una guerra total no siempre ha de considerarse absoluta”, advirtió hace dos siglos el teórico militar Carl von Clausewitz. “El Estado al que incumbe no suele ver en ella más que un mal pasajero, para el que se podrá encontrar alivio en las circunstancias políticas de tiempos posteriores”.

Washington quería asegurarse con razón la adhesión de todos los hombres de bien porque no quería simplemente dominar a los británicos: quería formar una nación. Lincoln pronunció el sobrio segundo discurso inaugural en lugar de un discurso tempestuoso al estilo de Hegseth de hacer llover muerte sobre los rebeldes porque quería sanar una nación. Nuestra victoria en la Segunda Guerra Mundial se aseguró no solo con una bomba atómica, sino también con el Plan Marshall y el compromiso durante décadas de personas y recursos para desarrollar democracias en Japón y Alemania.

E incluso en las guerras que Estados Unidos emprendió con objetivos idealistas y que fracasaron, como las de Vietnam e Irak, nuestras derrotas estuvieron a menudo relacionadas con la incapacidad de comprender del todo que los pueblos de otros países tienen sus propias pasiones e ideales, que podrían no ser simplemente proyecciones de nuestros propios deseos, que quieran lo que queremos que quieran y detesten lo que queremos que detesten.

Cuando Stephen Miller habló de que nuestros soldados no luchaban con las manos atadas a la espalda, se refería a un mito conservador popular sobre la guerra de Vietnam, que podríamos haber ganado si hubiéramos ejercido menos moderación. Lanzamos millones de toneladas de bombas y dejamos al menos 100.000 civiles muertos, pero quizá si realmente hubiéramos arrasado sin miramientos y matado a un millón más, los vietnamitas nos habrían amado y habrían aceptado con gusto a los gobernantes que les impusimos. Sin embargo, cualquiera que se tome en serio nuestros ideales fundacionales, sabría que eso era una forma particularmente vil de insensatez.

Y, sin embargo, esa actitud parece guiar al gobierno actual. “Vivimos en un mundo, en el mundo real, Jake, que se rige por la fuerza, que se rige a la fuerza, que se rige por el poder”, dijo Miller al presentador de noticias de CNN Jake Tapper tras la espectacular incursión en la que capturamos al líder de Venezuela, Nicolás Maduro. Es una visión del mundo que parece ser la base tanto de su política exterior como del trato que da a sus oponentes políticos internos: véase la desafortunada demostración de fuerza del gobierno en Mineápolis, que acabó en desgracia y con la muerte de ciudadanos estadounidenses.

Ese es precisamente el tipo de mundo que, según dijo Franklin Delano Roosevelt, debíamos evitar armando a nuestros aliados en Europa: “Una nueva y terrible era en la que el mundo entero, nuestro hemisferio incluido, estaría regido por amenazas de fuerza bruta”.

La dependencia en la fuerza bruta puede ser cegadora. En uno de los comentarios más reveladores del secretario de Defensa, Hegseth afirmó que, como habíamos tomado el control de las vías aéreas y marítimas de Irán, “controlamos su destino”, y “los términos de esta guerra los estableceremos nosotros a cada paso”. Un veterano de Irak como Hegseth debería ser más consciente. El enemigo siempre tiene voto, e incluso tras una campaña victoriosa, el efecto de la guerra sobre una población puede tener consecuencias complejas, no deseadas y a veces catastróficas.

Esto parece obvio si consideramos a las naciones hostiles como países complejos llenos de seres humanos, y no como un conjunto diverso de enemigos de videojuego a los que hay que intimidar y someter con nuestra enorme potencia de fuego y nuestros retorcidos memes de internet. Y es precisamente esa incapacidad la que explica el fracaso, por lo demás incomprensible, del gobierno de Trump a la hora de prever las consecuencias posibles y obvias de una acción militar en Irán.

En febrero, el secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, sugirió que “la agenda de dominio energético de Trump” significaba que Estados Unidos no debía preocuparse por las perturbaciones del mercado del petróleo si estallaba una guerra en Irán. Ahora el presidente intenta afirmar que los altos precios de la gasolina son buenos para Estados Unidos, al tiempo que insta a los petroleros a “mostrar agallas” y navegar por el estrecho de Ormuz, e Irán, cuyos barcos pueden pasar, está vendiendo más petróleo que antes de la guerra.

Después de que Irán ampliara la guerra al atacar objetivos en todo Medio Oriente, Hegseth admitió: “No puedo decir que anticipáramos necesariamente que reaccionarían así”. Robert Pape, experto en campañas de bombardeos estratégicos, ha argumentado que el poder aéreo sin tropas terrestres posteriores nunca ha dado lugar a un cambio de régimen positivo. Sin embargo, el gobierno de Trump instó al pueblo iraní a que aprovechara su oportunidad de controlar el país, y pareció sorprendido cuando el régimen iraní, en lugar de querer “negociar desespradamente”, eligió a un nuevo dirigente de línea dura mientras su jefe de seguridad, que fue asesinado posteriormente, amenazaba con hacer del estrecho de Ormuz un “estrecho de derrota y sufrimiento para los belicistas”.

Sin un propósito moral o político claro, lo que nos queda es lo que el analista militar Franz-Stefan Gady denomina la paradoja del “ataque como estrategia”, en la que sustituimos la destreza táctica por un diseño estratégico integral. Esta tendencia, escribe, “se ve reforzada por una cultura política que requiere exhibiciones televisadas de proezas militares”.

Pues bien, a mí no me divierte. Y aunque mis ideales han sido magullados y maltratados, sobre todo por la guerra en la que serví no mucho después del primer destacamento de Hegseth, aún conservo la fe en los principios de la Constitución sobre los que tomé mi juramento hace 20 años. Son principios universales, no nacionalistas, y deberían servir de freno a la arrogante tendencia estadounidense a pensar que podemos dominar a los demás por la pura fuerza del poder militar.

Como bien sabía Washington, la guerra es una “plaga para la humanidad”, incluso cuando sale bien y los únicos objetivos que atacamos son objetivos militares válidos. El marinero iraní promedio subalterno en un barco frente a la costa de Sri Lanka podría ser un recluta. Puede que incluso le disguste el régimen que acaba de asesinar a miles de sus compatriotas iraníes, pero se siente impotente para derrocarlo. Al igual que el estadounidense promedio, está dotado por su Creador de derechos inalienables.

En algunas circunstancias, este recluta podría acabar siendo un objetivo militar válido, pero será un objetivo al que solo debería apuntársele por necesidad militar en una guerra con una clara justificación moral, no alguien a quien debas matar solo porque sea “divertido” hacer explotar barcos. Y esta no es una guerra inmaculada. Hegseth, que hizo campaña en favor de los acusados de crímenes de guerra y se rebeló contra las “estúpidas reglas de enfrentamiento”, recortó cerca del 90 por ciento de las personas del Pentágono que trabajan para garantizar que no dañemos accidentalmente a civiles. No debería sorprendernos que una conclusión preliminar del Pentágono sugiera que el primer día de esta guerra de elección atacamos una escuela y masacramos niños. Tampoco debería sorprendernos que tales actos contribuyan a apuntalar el apoyo a un régimen iraní cuya mayor debilidad ha sido durante mucho tiempo el desprecio que inspira a su propio pueblo.

La política militar de Estados Unidos nos ha fallado en las últimas décadas, pero no creo que la solución sea la ruptura radical con la tradición estadounidense que representa el gobierno de Trump. Sigo manteniendo la creencia conservadora de que los ideales más altos que encontramos en nuestra historia pueden guiarnos. Nuestros más grandes líderes en tiempos de guerra pensaban que solo debíamos hacer la guerra cuando fuera absolutamente necesario, que debíamos articular los objetivos morales y políticos claros que utilizamos para guiar nuestra estrategia y que debíamos tratar el derramamiento de sangre con la seriedad que merece.

El poder no nace del cañón de un arma, la crueldad no es lo mismo que la fuerza y una política construida sobre esas ideas promete la ruina, el engaño sobre los límites de nuestro poder y una traición a la promesa de nuestra fundación.