Lo admito: soy de las personas que llevan a su perro en cochecito. También soy lo suficientemente consciente como para saber cuán ridículas nos vemos. Me fijo en las miradas de reojo cuando empujo a mi shih tzu, Darla, por la calle. Percibo a las madres que van con sus cochecitos de bebé y me miran como diciendo “¿es un chiste?”, y a los que sonríen con sorna y suponen que debo de ser una especie de villana de dibujos animados que da de comer en la boca a su perro filete miñón de una copa de cristal (que conste que no lo soy). Sé bien que en los rincones menos benévolos de internet se opina que llevar a un perro en un cochecito es señal de un trastorno mental. Intento mantenerme alejada de esos recovecos.

Todo empezó cuando mi vecino dejó un cochecito de bebé de la Sirenita en la zona de reciclaje de nuestro edificio. Era barato y plegable. Mi esposo, Mark, pensó que sería divertido meter a Darla en él para tomarle una foto adorable. En cuanto la colocó, todo su cuerpo se fundió en el asiento, y tenía una expresión de satisfacción que nunca le habíamos visto en el año, aproximadamente, desde que la adoptamos. “Oh, no”, nos dijimos.

Aún estábamos conociendo a Darla. La habíamos ganado en un concurso, más o menos. Al principio de la pandemia, cuando todos trabajábamos desde casa, mi mamá me llamó una mañana para insistirme en que encendiera la tele: era la semana de la adopción de mascotas en Live With Kelly and Ryan, y los presentadores levantaban a una bolita negra de peluche que parecía confundida. Mi madre nos dijo que Mark y yo deberíamos adoptarla. “Mamá”, le dije, “¿no es un programa de televisión nacional? Seguro que reciben como un millón de solicitudes”. Pero llené una de todos modos —bastante bien, al parecer—. Unos días después, Darla era nuestra.

Mark y yo descubrimos rápidamente que lo único raro de Darla (todos los perros tienen al menos una cosa rara) es que camina muy despacio. Tan lento como una tortuga. No le pasa nada malo, simplemente se toma su tiempo. Darla había pertenecido a unos criadores que no seguían las normas y había parido al menos dos camadas. Cuando ya no les fue útil, la regalaron. Yo quería dejarla pasear a su antojo, pero eso planteaba algunos problemas. Hay un parque precioso a unas manzanas, pero Darla caminaba tan despacio que, cuando llegábamos, solía ser hora de dar media vuelta y volver a casa. ¿No sería estupendo, pensamos Mark y yo, que pudiéramos llegar al parque con tiempo de sobra para retozar? Ahora, con el cochecito de sirena en la mano, el mundo se abría ante nosotros. Cuando sacamos a Darla sobre ruedas del edificio por primera vez, vimos nuestro futuro.

Al principio nos conformábamos con usar “el Ariel”, como llamábamos al cochecito. Después, un día que estaba en Target, vi a alguien que empujaba un cochecito hecho realmente para perros. La mujer ponía cosas en él junto a su alegre cachorro. Poder hacer varias tareas a la vez, la eficacia, la posibilidad de no dejar al perro solo en casa y aburrido todo el día… Yo quería todas esas cosas. Setenta y cinco dólares después, mi transformación se había completado. Publiqué una foto en Instagram de los grandes ojos redondos de Darla mientras se asomaban por su nuevo y reluciente trono. “ESTÁ OCURRIENDO”, escribí.

Las muchas ventajas prácticas del cochecito no tardaron en hacerse evidentes. Podía llevarla por toda la ciudad mientras hacía mandados, y el cochecito tenía espacio suficiente para llevarla a ella y una bolsa del supermercado llena. Debajo había otro compartimento para guardar cosas, ideal para llevar paquetes a la oficina de correos. En verano, llenábamos el cochecito de provisiones y nos íbamos de pícnic al parque, con nuestros cafés helados tintineando como campanillas de viento por el camino, acomodados en los portavasos. En invierno, no teníamos que preocuparnos por las aceras cubiertas de sal que le picaba las patas. El cochecito me permitió comprender lo que Darla quería. Cuando se cansaba de caminar, daba pequeños saltitos contra el cochecito y yo la subía.

Por cada espectador que se burla, hay otro que se divierte mucho con ella. Los niños siempre están fascinados. Los obreros de la construcción se quedan prendados. Las ancianas la adoran. A veces, amigos y vecinos me preguntan en voz baja: “¿Debería comprarme una?”. Sí, les digo. No seas tan duro contigo mismo. La vida ya es bastante difícil.

Las suposiciones que hacen los escépticos de los cochecitos —que se puede dar “demasiado” afecto a las mascotas, que es “excesivamente” indulgente, que mimar a tus mascotas es malo para ellas— no tienen sentido para mí. Es simplemente funcional y compasivo. En serio nadie está sustituyendo a los niños por mascotas (y si lo hacen, ¿qué importa?). Y a diferencia de lo que ocurre con los niños, mimar a tus mascotas no hará que se conviertan en patanes de adultos.

Lo mejor del cochecito, sin embargo, es que era una invitación para que nuestros vecinos se detuvieran a hablar con nosotros. A Mark le encantaba contar a los admiradores de Darla la historia de su adopción. Sacaba el teléfono en la calle, en el parque, en un ascensor, para mostrar a sus desprevenidas víctimas capturas de pantalla de Kelly Ripa sosteniendo a Darla en alto como el Rey León, mientras yo ponía los ojos en blanco, me reía de su ocurrencia y aportaba mis líneas.

El 5 de julio, unos años después de adoptar a Darla, ocurrió algo terrible. Mark murió por complicaciones de un cáncer de pulmón. Fue inesperado, y yo estaba en estado de shock. En los meses de mi neblina postraumática, las únicas veces que pude armarme de fuerza para salir de casa fueron para pasear a Darla. La llevaba al parque todos los días en el cochecito, y nos sentábamos junto al East River. Le gusta ver los barcos pasar. Todos los días hago dos cosas: extrañar a Mark y pasear a mi perra en un cochecito por la ciudad. Las personas nos sonríen, y yo les devuelvo la sonrisa. Perdono a los que sueltan una risita. Nunca sabes por lo que están pasando los demás.