Chihuahua.- “Una sociedad comienza a perder su humanidad cuando deja de preguntarse por qué fue asesinada una mujer y empieza a preguntarse qué hizo su madre para no impedirlo. Ese cambio de mirada no sólo distorsiona la verdad; también perpetúa la violencia. Es la violencia que aparece con la revictimización cuando una sociedad cuestiona a las víctimas, responsabiliza a sus familias y olvida quién fue el verdadero agresor”, dijo Karen Palmira Del Valle Rosario, psicóloga especialista en atención y prevención a la violencia de género y quien acompaña a familias víctimas de feminicidio.
Lo anterior fue declarado luego de las expresiones emitidas por Ruth Sánchez, en las cuales hizo una serie de declaraciones dirigiéndose de forma despectiva a Marisela Escobedo, a quien responsabiliza por decisiones relacionadas con la vida de su hija, mismas que provocaron una profunda indignación.
“El nombre de Marisela Escobedo debería bastar para recordar uno de los capítulos más dolorosos en la historia de Chihuahua; sin embargo, quince años después, seguimos discutiendo no sólo la impunidad que rodeó su asesinato, sino también la facilidad con la que una sociedad puede volver a lastimar a quienes ya fueron profundamente heridos y heridas.
Han pasado más de quince años y, sin embargo, su historia continúa siendo necesaria porque la impunidad no sólo deja expedientes abiertos; también deja heridas abiertas en la memoria colectiva”.
Del Valle Rosario dijo que Marisela no buscaba convertirse en activista, sino que era una madre que buscaba a su hija y que al encontrarse con un sistema incapaz de responder, terminó haciendo el trabajo que correspondía al Estado.
“Investigó, reunió pruebas, testigos, localizó al responsable y soportó el peso de un proceso judicial que incluso permitió la liberación del agresor pese a su confesión. No olvidaremos sus gritos desesperados frente al tribunal. Su lucha terminó costándole la vida”.
Organizaciones de derechos humanos, colectivos feministas, acompañantes psicosociales, madres buscadoras y familiares de víctimas, junto con la psicóloga señalaron que ese discurso de odio constituye una forma de revictimización porque traslada parte de la responsabilidad del feminicidio hacia la madre de la víctima, en lugar de centrarla en quien ejerció la violencia y en las instituciones que fallaron en proteger y procurar justicia para Rubí.
“La revictimización no es una opinión, es un tipo de violencia y ocurre cuando una persona víctima de violencia, o sus familiares, vuelven a ser lastimados por las respuestas sociales, institucionales o mediáticas que minimizan lo ocurrido, cuestionan su conducta o les atribuyen responsabilidad por la violencia sufrida. En psicología del trauma sabemos que una experiencia traumática no termina cuando cesa el hecho violento. El trauma puede reactivarse cada vez que la víctima o su familia encuentran incredulidad, culpabilización o descalificación. Cada comentario que pregunta ‘¿por qué no hizo más?', ‘¿por qué permitió aquello?' o ‘¿qué hizo para que ocurriera?' desplaza el foco del agresor hacia quien padeció la violencia.
Este mecanismo tiene un nombre: culpabilización de la víctima”.
La especialista señaló que no es solamente una opinión individual cuando estos discursos provienen de personas con visibilidad pública o con espacios de influencia social, su impacto se amplifica y las palabras construyen imaginarios colectivos que incitan al odio y a la reproducción de más violencias.
“La consecuencia es especialmente grave para miles de madres que hoy buscan a sus hijas desaparecidas o exigen justicia por sus feminicidios. ¿Qué mensaje reciben cuando observan que incluso Marisela Escobedo, símbolo internacional de la lucha contra la impunidad, puede ser presentada como corresponsable de la tragedia que vivió? Muchas podrían preguntarse si ellas también serán juzgadas así cuando levanten la voz. Si también serán interrogadas por sus decisiones antes que escuchadas en su dolor”.
Así mismo dijo que es uno de los efectos más profundos de la revictimización: instala miedo, silencio y culpa donde debería existir acompañamiento.
“Culturalmente se espera que una madre pueda prever todos los riesgos, impedir toda violencia y controlar decisiones que, en realidad, dependen de múltiples factores sociales, económicos y culturales. Cuando ocurre un feminicidio, esa exigencia suele convertirse en un juicio retrospectivo que responsabiliza a la madre por no haber evitado lo inevitable; sin embargo, ninguna madre produce al feminicida, el responsable de un feminicidio es quien decide ejercer la violencia y cuando el Estado no previene, no protege, no investiga con diligencia y perspectiva de género o no sanciona adecuadamente, también existe una responsabilidad institucional que no puede ser invisibilizada”.
Karen del Valle refirió que desplazar la conversación hacia las presuntas fallas de una madre modifica el centro del debate.
“Dejamos de hablar de violencia feminicida, de impunidad y de acceso a la justicia para concentrarnos en evaluar moralmente a quien ya perdió a una hija y, en el caso de Marisela, también perdió la vida por exigir justicia frente a la impunidad de un gobierno”.
La memoria colectiva también necesita cuidados
“Cuando reinterpretamos el sufrimiento desde la culpa de las víctimas, debilitamos décadas de trabajo realizado por defensoras de derechos humanos, organizaciones civiles y familias que han luchado para que la violencia deje de normalizarse. Marisela Escobedo representa mucho más que un caso judicial. Representa a todas las madres que han tenido que abandonar su vida para convertirse en investigadoras, abogadas, peritas, voceras y activistas porque las instituciones no estuvieron a la altura de su dolor. Recordarla exige algo más que colocar flores frente a una placa”.
En ese mismo sentido, la psicóloga dijo que recordarla exige cuidar el lenguaje con el que hablamos de las víctimas y de su dolor.
“Cuando hablan desde su privilegio, desde su comodidad, cuando tienen todo y no han perdido nada, como dijo la licenciada Norma Ledezma, también pueden volver a herir, porque la revictimización siempre estará en más formas”.
Marisela Escobedo representa mucho más que un caso judicial. Representa el rostro de miles de madres que, ante la ausencia del Estado, han tenido que dejar de ser únicamente madres para convertirse en investigadoras, abogadas, peritas, voceras y defensoras de derechos humanos. Mujeres que han aprendido de leyes, de protocolos, de tiempos en medio de dolor y desesperación, de procesos penales no porque así lo desearan, sino porque el amor por sus hijas las obligó a recorrer un camino que nunca debió corresponderles.
Su historia nos interpela porque revela una realidad que sigue vigente: mientras las familias tengan que asumir la búsqueda de la verdad y la justicia, seguiremos hablando de un sistema que no ha logrado responder a quienes más lo necesitan.
Por último dijo que recordar a Marisela no puede reducirse a un acto simbólico cada aniversario.
“La memoria es un ejercicio ético, implica preguntarnos qué lugar ocupamos frente al dolor ajeno, cómo reaccionamos cuando una madre denuncia la violencia y qué tipo de sociedad fortalecemos con nuestras palabras. Cada discurso que minimiza, duda o responsabiliza a las víctimas erosiona la confianza en las instituciones y envía un mensaje devastador a quienes hoy viven una situación similar: que además de cargar con la pérdida, deberán defenderse del juicio público.
El lenguaje nunca es neutral. Las narrativas que circulan desde espacios de poder, desde los medios de comunicación o desde voces con influencia social tienen la capacidad de transformar la percepción colectiva. Pueden abrir caminos hacia la empatía, la justicia y la reparación, o pueden perpetuar la estigmatización, el silencio y la revictimización”.
Aunado a eso Del Valle señaló que quienes ocupan esos espacios tienen una responsabilidad ética.
“Quizá la mayor enseñanza que nos dejó Marisela Escobedo sea que el amor de una madre puede desafiar incluso a la impunidad. Pero también debería enseñarnos que ninguna madre tendría que demostrar semejante valentía para obtener aquello que el Estado está obligado a garantizar: verdad, justicia y protección. Mientras existan mujeres asesinadas por el hecho de ser mujeres, familias buscando respuestas y discursos que vuelvan a herir a quienes ya fueron profundamente lastimados, la historia de Marisela seguirá siendo una deuda pendiente para nuestro país. Honrar su memoria no consiste únicamente en pronunciar su nombre; consiste en transformar las condiciones que hicieron posible su tragedia y en construir una cultura donde la dignidad de las víctimas nunca más tenga que defenderse de la indiferencia, de la impunidad o de la revictimización”.
Al finalizar, la especialista externó que una sociedad que olvida a sus víctimas corre el riesgo de repetir su historia, pero que una sociedad que las escucha, las nombra con respeto y aprende de ellas tiene la posibilidad de convertirse, finalmente, en una sociedad más justa.
“Porque prevenir la violencia también significa transformar las narrativas que la sostienen”, culminó.