Hay dos cosas que me gustan del escritor José Saramago. La primera, sus libros. La segunda, que es nativo de Portugal, y en Portugal está el río Duero y, a orillas del Duero, está Oporto… y Oporto es un regalo a la vida.

Creo que el tiempo se quedó a vivir en la ciudad de Oporto. Las casas de teja rojiza trepan por las laderas y, a la orilla del río, las antiguas bodegas venden vino.

Oporto es, también, un tipo de vino, una denominación de origen. Es decir, para llamarse Oporto, tiene que producirse en esa región demarcada por el río Duero. Los oportos son vinos fortificados: se les añade aguardiente para detener la fermentación y conservar los azúcares de la uva.

¿Y qué diferencia hay entre un oporto y un vino convencional?

Su mayor graduación alcohólica. Por eso se sirve en copitas pequeñas, diseñadas para acompañar una conversación y adentrarnos en la alta frecuencia que nos proporciona el vino. El oporto incluye la plática porque suelta la lengua.

Uno comienza quejándose de la política nacional y, entre una probadita y otra, va soltando penas, confesando la última decepción de amor, de esa pasión que alguien nos demostró y que parecía auténtica, pero a la primera estrujadita de la vida resultó débil. Y, entonces, desaparece: no contesta los Whatsapp, te bloquea en Facebook, elimina su currículum de Linkedin.

La cosa es que los amores intensos y los enclenques, cuando terminan, duelen igual. Por ejemplo, a mí, tan estoica como soy, en una ocasión un amor fugaz, de esos que solo por aburrimiento correspondes, me partió el corazón y decidí que… Perdón, le contaba de Saramago.

Imagine usted que un día la muerte decide no llevarse a nadie más.

Bueno, pues de eso tratan Las intermitencias de la muerte. Por cierto, el oporto predilecto de Saramago era el Porto Ferreira Tawny, un vino elegante, con notas de fruta madura y un dulzor a caramelo que calienta el cuerpo.

Ferreira es una de las grandes casas del vino, con más de 270 años. La bodega es bellísima, construida en escalones sobre la falda del cerro que mira hacia el vigoroso Duero.

Le confieso que en Portugal me perdí entre mis pasiones. No supe a quién amar más: si al río, a la bodega, al vino, al cielo azul, a sus casas de teja. Incluso me pareció ver por ahí a Cristóbal Colón y alguna ascendiente mía, de ojitos verdes y piernas largas, besándose, enamorados, navegando el río.

En Las intermitencias de la muerte, la calaca se pone en huelga y nadie más muere. El resultado es un caos político, económico y sanitario. La sociedad descubre que morir es parte del orden. Cuando la muerte decide convertirse en mujer, se enamora de un músico y se deleita al tocar el cuerpo tibio de su amado.

Se la recomiendo y, por supuesto, disfrútela con un oporto.