Muchas personas que han padecido una enfermedad mental significativa acumulan diagnósticos con el tiempo, como sellos en un pasaporte. Yo he tenido al menos seis. Cuando era niña, me diagnosticaron trastorno de déficit de atención e hiperactividad, o TDAH, porque, aunque ya leía a los 3 años, me abrumaban los ruidos, las luces y el preescolar. A mis veintitantos años, el diagnóstico fue trastorno por consumo de cocaína y heroína, lo que me llevó a rehabilitación. Allí, en una visita psiquiátrica de cinco minutos, me diagnosticaron trastorno bipolar. Más tarde, adquirí las etiquetas de depresión y trastorno obsesivo-compulsivo.

Tras leer un artículo de 2004 en el Times sobre el autismo, me di cuenta de que este diagnóstico parecía encajar mejor que cualquiera de los otros. ¿Sobrecarga sensorial? Sí. ¿Obsesiones intelectuales intensas, dificultades sociales, deseo de invariabilidad, comportamientos de autoconsuelo? Sí, sí, sí, sí. Mis otros diagnósticos parecían ser el resultado, en gran medida, de mis intentos de lidiar con estos aspectos de mi neurología.

Estoy muy lejos de ser la única en tener un largo y extraño viaje en mi diagnóstico. Más de la mitad de las personas que cumplen los criterios de un diagnóstico también cumplen los de otro a lo largo de su vida. Cuanto más temprano en la vida alguien desarrolla un trastorno, más probable es que experimente múltiples afecciones. Además, la investigación muestra que los riesgos genéticos asociados con los trastornos cerebrales no se limitan a tipos específicos: si tus padres biológicos tienen, digamos, depresión, no solo tienes un mayor riesgo de desarrollar depresión, sino que también podrías tener más probabilidades de recibir un diagnóstico de trastorno de ansiedad, autismo o esquizofrenia. Y a veces, un diagnóstico simplemente es incorrecto.

Esta alta prevalencia de diagnósticos superpuestos —conocida como comorbilidad— en la atención de salud mental indica que las etiquetas que los psiquiatras asignan al utilizar el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM por su sigla en inglés) no son como las de la mayor parte de la medicina. Es decir: los diagnósticos de salud mental a menudo no definen patologías distintas y específicas. El exdirector del Instituto Nacional de Salud Mental, Thomas Insel, comparó el diagnóstico psiquiátrico con diagnosticar a alguien con “trastorno de dolor en el pecho”, ya sea que ese dolor sea causado por un ataque cardíaco o por acidez estomacal. Necesitamos un sistema mejor que ese.

A medida que los líderes en psiquiatría se embarcan en una revisión del DSM que pretenden publicar en los próximos años, la mejora del diagnóstico ocupa un lugar central.

Una manera de abordar este problema es centrarse en los puntos en común entre los trastornos, en lugar de en sus distinciones. Algunos investigadores han llegado a afirmar que existe un factor (o, más probablemente, factores) subyacente y compartido que causa la mayoría de las enfermedades mentales. Avshalom Caspi, profesor de Psicología en la Universidad de Duke, lo ha llamado el “factor p”, por psicopatología.

Entonces, ¿qué es “p”? Un candidato es el trauma infantil, que aumenta fuertemente el riesgo de casi todas las afecciones psiquiátricas, que van desde la ansiedad y la depresión hasta la esquizofrenia y los trastornos de la personalidad.

Otro posible “p” se encuentra en los genes que afectan el desarrollo cerebral. Por ejemplo, un estudio de 2023 en la revista Nature Medicine descubrió que las personas que tenían genes asociados con un exceso de conexiones en las regiones frontales del cerebro —las cuales regulan las respuestas emocionales y el comportamiento— también tenían un mayor riesgo de sufrir muchos tipos de trastornos mentales. Esto es especialmente sorprendente porque durante la adolescencia y la adultez temprana (cuando el 75 por ciento de las enfermedades mentales comienzan a manifestarse), el cerebro se somete a un proceso de poda de conexiones redundantes o poco utilizadas.

En algunos casos, puede que “p” se trate menos de una causa compartida de enfermedad mental y más de la manera en que los síntomas de una enfermedad pueden conducir a un malestar mental adicional. De hecho, a menudo mis diagnósticos se reforzaban mutuamente. Mi hipersensibilidad y dificultad para hacer amigos provocaron que sufriera acoso escolar, lo cual contribuyó a la depresión. La depresión, el aislamiento y la sensación de sentirme abrumada por las experiencias me llevaron a volverme adicta a las drogas. Quizás todo eso fue una respuesta a tener un cerebro hiperconectado, el cual cierta evidencia vincula tanto a habilidades autistas, como el pensamiento sistemático, como a discapacidades autistas, como las dificultades sociales extremas.

Mientras algunos investigadores debaten cómo reescribir el DSM, otros están desarrollando alternativas a este que toman en cuenta de mejor manera cómo se superponen los síntomas. Una de ellas, conocida como Taxonomía Jerárquica de la Psicopatología, o Hitop, clasifica los trastornos en función de grupos de síntomas compartidos y características subyacentes comunes, conocidos como espectros. Por ejemplo, el espectro “internalizante” abarca síntomas relacionados con el malestar emocional, la ansiedad, la depresión y las dificultades del estado de ánimo. El “externalizante” se relaciona con la impulsividad y el comportamiento de riesgo.

El Hitop también reconoce que una enfermedad mental no es un interruptor de encendido y apagado, sino que los síntomas existen en un continuo: una persona podría ser un poco compulsiva, pero no a un grado discapacitante, o podría tener obsesiones y compulsiones severas, tal vez en el contexto de la anorexia o el autismo. Bajo el Hitop, eso no requeriría múltiples diagnósticos. Esto hace que el sistema sea más flexible, porque asume que las personas y sus síntomas variarán con el tiempo y que los problemas subyacentes pueden tomar diferentes formas a medida que las personas maduran.

Iniciativas como el Hitop no reemplazarán al DSM a corto plazo, pero, idealmente, mejorarán la comprensión de las causas de los síntomas y de cómo estos interactúan.

En la psiquiatría, los diagnósticos no son solo etiquetas para ayudar a los médicos a tratar a los pacientes; también son formas en que las personas llegan a entenderse a sí mismas. Aunque es posible que la esquizofrenia y la depresión no estén tan claramente definidas como la covid, saber que tus problemas tienden a tomar una forma particular y que pueden manejarse con un tratamiento relevante puede ser crucial para sanar.

Para mí, enterarme de que estaba en el espectro autista fue un alivio enorme, y desearía que hubiera sucedido antes. Por fin, mis rarezas tenían sentido. Para muchas personas, recibir un diagnóstico les permite dejar de culparse por sus temperamentos y abordar los rasgos disfuncionales, al tiempo que acogen aquellos que son inofensivos o positivos. En un artículo reciente, el psiquiatra Awais Aftab y el académico de la religión Alan Levinovitz denominaron a esta experiencia el “efecto Rumpelstiltskin”, por el cuento de hadas en el que nombrar al villano le quita su poder.

Otros, sin embargo, ven las etiquetas como condenas de por vida que impiden la recuperación o una alta calidad de vida. Ya sea con el DSM, el Hitop o cualquier otro enfoque, mejorar el diagnóstico requerirá tomar en cuenta las complejas maneras en que las personas responden a sus temperamentos y experiencias, incluyendo el hecho de que la misma etiqueta psiquiátrica y el tratamiento que la acompaña pueden ser un veneno, una panacea o un placebo, dependiendo de que tan sabiamente los apliquemos a nosotros mismos o a los demás.