En el tranquilo pueblo de Duncannon, Pensilvania, ocurrió una tragedia que nadie podría haber imaginado: Clayton Dietz, un niño de 11 años, disparó mortalmente a su padre adoptivo, Douglas Dietz, de 42 años, dentro de su propia casa en la madrugada del 13 de enero. Según documentos judiciales, el niño había pasado el día celebrando su cumpleaños, pero la noche se tornó oscura cuando sus padres le retiraron su Nintendo Switch y le dijeron que se fuera a dormir.

Lo más estremecedor es lo que sucedió después: Clayton encontró las llaves de una caja fuerte, accedió a un revólver que allí estaba guardado, lo cargó y disparó contra su padre mientras éste dormía, según la policía estatal. Cuando los oficiales llegaron, el niño salió y declaró con frialdad: “Yo maté a mi papá”. Fue arrestado, acusado de homicidio criminal como adulto y detenido sin derecho a fianza; su próxima audiencia está programada para el 22 de enero.

La historia ha generado horror y preguntas sin respuesta: ¿qué llevó a un niño tan joven a tomar un arma? ¿por qué había acceso a ese revolver en casa? La comunidad, medios y expertos en salud mental están debatiendo sobre la influencia de la disciplina, el manejo de emociones infantiles, la seguridad de las armas en el hogar y si el castigo por videojuegos puede esconder problemas más profundos. Este caso ya no es solo una noticia: es una alarma que la sociedad no puede ignorar.