Esta semana regresaron a clases más de 660 mil estudiantes de nivel básico en nuestro Estado. Con ello se abre un nuevo tiempo: de mochilas nuevas, de horarios que se reacomodan en cada casa, de nervios y de ilusiones que se repiten cada agosto y que, sin embargo, nunca dejan de conmovernos. Tuve el honor de acompañar a una escuela primaria en este primer día y desearles, de viva voz, el mayor de los éxitos. Verlas y verlos entrar por la puerta, tomados de la mano de sus padres o ya con el paso decidido de quien empieza a andar solo, me recordó por qué este tema ocupa un lugar central en este Gobierno del Estado.

Porque cuando una familia deposita su confianza en una escuela pública, deposita también su esperanza más profunda: que sus hijas e hijos reciban las herramientas para enfrentar el mundo, para ser mejores personas y para alcanzar lo que sueñan. Ese acto de confianza —tan cotidiano como dejar a un niño en el salón de clases— es, en realidad, un acto de fe colectiva en las instituciones. Y todo gobierno debe entender que esa confianza no se sostiene solo con discursos: la escuela no es una entidad aislada y la dignidad de la educación tiene que ver también con las condiciones materiales que la rodean.

Por eso atendemos una necesidad que es, a la vez, condición básica del aprendizaje y una responsabilidad moral. Lamentablemente, muchos niños de nuestro Estado comenzaban el día sin alimento en el estómago. Desde el DIF Estatal desplegamos un intenso programa para llevar comida a miles de planteles. Hoy, más de 180 mil niñas y niños cuentan con un desayuno nutritivo para iniciar su jornada. A ello se suma la entrega de útiles escolares con las que acompañamos también a las familias.

Y por supuesto, los trabajos por la dignificación de la educación en Chihuahua también incluyen la intervención física en nuestros planteles. A la fecha, este gobierno ha mejorado más de mil instalaciones de diferentes niveles educativos en todo el territorio, que nuestros niños y jóvenes puedan aprender en entornos con mejores servicios y con áreas adaptadas a sus necesidades.

Estos días coincidieron también con el anuncio del Gobierno federal sobre la incorporación, a partir de 2027, de nuevos libros de matemáticas, historia y lectoescritura, que se sumarán a los materiales vigentes de la autodenominada Nueva Escuela Mexicana.

La noticia, más que resolver, confirma cuatro aspectos en los que una servidora ya había insistido anteriormente: primero, que el Gobierno federal no termina de reconocer en su totalidad las áreas de oportunidad que su reforma educativa arrastra a tres años de distancia; segundo, los sesgos e improvisaciones con que se ha llevado a la práctica; tercero, el nivel de experimentación al que se somete a millones de estudiantes y docentes; y, por último, una dimensión más honda: la educación misma no parece ocupar el lugar que merece en una visión de país.

Análisis como los del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) lo han documentado con evidencia: la transformación educativa impulsada en este sexenio carece de una estrategia de largo plazo basada en evidencia, y la sustitución de mecanismos autónomos de evaluación por instancias sin ese respaldo constitucional deja a las comunidades educativas sin certeza sobre el rumbo real del aprendizaje.

Hoy, más que nunca, tenemos que pensar la educación desde lo que exige el presente; sin desvincularla, desde luego, de nuestro pasado ni de los contextos locales. Pero también debemos pensarla desde las exigencias del futuro y desde un panorama global que no desaparece ni se resuelve con una reforma de corte esencialmente ideológico.

El historiador Yuval Noah Harari ha planteado, en su reflexión sobre la educación del siglo XXI, que lo más valioso que podemos ofrecer a los jóvenes es la capacidad de reinventarse, de aprender a aprender y de sostener el equilibrio frente a un mundo que cambiará más rápido de lo que imaginamos. Hoy más que nunca necesitamos una educación conectada con estándares internacionales de evaluación, innovación y excelencia académica: jóvenes capaces de dialogar con el mundo, de dominar nuevas tecnologías y de competir con las mejores herramientas posibles.

Para una servidora y para Chihuahua ese es el sentido profundo de un humanismo político: comprender que gobernar es crear las condiciones para que las personas desarrollen plenamente su dignidad y su potencial, sin capitalizar políticamente las carencias de los sectores más vulnerables. Dignificar los espacios escolares, garantizar lo necesario para aprender y crecer, facilitar el acceso a las escuelas y defender lo verdaderamente importante para la formación de nuestras niñas, niños y jóvenes. Esa es la ruta.

En Chihuahua seguiremos trabajando para estar a la altura de la confianza que miles de madres y padres de familia han depositado en la educación estatal. Seguiremos generando condiciones para que las oportunidades sean reales y cada estudiante pueda elegir con libertad el futuro que quiera seguir.

Seguiremos sembrando esperanza en esta tierra norteña. A todas las niñas y niños que regresaron a clases, y a los padres y madres que hacen lo posible por asegurar su futuro, les deseo el mayor de los éxitos. Que este ciclo escolar esté lleno de aprendizajes y de sueños por cumplir.

Cuentan con este Gobierno del Estado, y cuentan conmigo.