Ciudad de México –Era alto y delgado; tenía un cierto aspecto quijotesco. Su voz, grave, clara y firme, debe haber sido como la del hidalgo de la Mancha. Español, venido con el fecundo exilio republicano que tantos buenos frutos dio a México, hablaba con recio acento peninsular. Su ceceo era particularmente notable. Me refiero a don Mariano Jiménez Huerta, maestro mío de Derecho Penal en la Facultad de Derecho de la UNAM. Conservo uno de sus libros, al que puso una generosa dedicatoria: "A Armando Fuentes, mi mejor alumno, que será un excelente abogado". No se cumplió el vaticinio de aquel sabio mentor. Mi vocación me encaminó más bien a las letras y a la farándula. ("Farandola", decía mi abuela, mamá Lata). Mucho aprendí, sin embargo, en la clase de don Mariano. Aprendí, por ejemplo, que la conducta del acusado de un delito debe estar perfectamente tipificada por la ley, sin que quepa ninguna interpretación o exégesis. Desde ese punto de vista la sonora acusación de traición a la patria hecha en contra de César Jáuregui, ex fiscal de Chihuahua, no está apegada a Derecho, y parece más bien desmañada maniobra de política. En efecto, para fincar una acusación tan grave, que a falta de pena de muerte se castiga con 40 años de prisión, es necesario acreditar que el inculpado tuvo la intención de atentar contra la independencia, soberanía o integridad de la nación, propósito que ni remotamente tuvo el acusado, quien ni siquiera participó en los hechos que condujeron a su ilegal encarcelamiento. Falta en este caso la tipificación de que hablaba el maestro Jiménez Huerta. Estamos, pues, en presencia de un proditorio acto de errada aplicación de la ley, con daño para los derechos de un ciudadano, puesto en estado de indefensión ante una autoridad que se excede en sus funciones, y de juzgadores sometidos a los dictados del régimen. Es necesario hablar de esta injusticia, pues cualquier mexicano podrá sufrir un atentado semejante por parte de quienes hacen mal uso del poder, y que con torcidas leyes están acotando el ejercicio de la libertad. La injusticia cometida contra uno es injusticia cometida contra todos. ¡Bravo, columnista! Esta última frase es merecedora de ser inscrita en plastilina. Te pido, no obstante, que hagas a un lado tus impulsos de grandilocuencia y vayas ahora por senderos de mayor amenidad. Ovón Boludo era el hombre más perezoso y holgazán de la comarca. En toda su desgraciada vida no completaba un turno de 8 horas de trabajo. Hace tiempo su esposa le pidió: "Vamos al cine. Dan una película de Spencer Tracy. Me dicen que trabaja muy bien". "¡Ah no! -se asustó el tal Ovón-. ¡Si es cosa de trabajo yo no voy!". Se perdió el grandísimo haragán de ver alguno de los estupendos filmes de ese magnífico actor. En épocas pasadas se daba a un histrión extraordinario el título de "Príncipe de los actores". Ese calificativo mereció John Wilkes Booth, que asesinó a Lincoln en el Teatro Ford. ("Y haciendo a un lado el incidente, señora Lincoln, ¿qué le pareció la obra?". Pues bien: a Spencer Tracy le decían "el príncipe de los no actores", por su naturalidad. La primera vez que estuvo ante la cámara con Katharine Hepburn ella le dijo: "Soy más alta que usted, Mr. Tracy". Le contestó él: "Cuando empecemos a actuar yo seré más alto". Y lo que son las cosas: después se enamoraron, y vivieron un romance que duró hasta la muerte del actor. No se casaron, porque él ya estaba casado, y, como era católico, el divorcio le estaba prohibido. ¡Pero vean a dónde me llevó un chascarrillo!. La pequeña Rosilita vio cómo hacía pipí Pepito. Comentó: "¡Mira! ¡Qué práctico!". FIN.
MIRADOR
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
Los fantasmas que en la noche vagan por los aposentos de la antigua casona del Potrero me conocen, y saben que soy inofensivo. Así, no se asustan ya cuando me ven.
Hace unos días platiqué con el espectro de don Ignacio de la Peña y Peña. Le pregunté:
-¿Cómo es el otro mundo?
Me respondió:
-Dime más bien como es tu mundo. Yo nunca lo entendí.
Don Nacho me tutea porque a su lado soy un jovenzuelo. Él tiene los años de la eternidad. Le contesté:
-Yo tampoco entiendo mi mundo.
Meneó la cabeza y comentó:
-Pos estamos jodidos. Ninguno de los dos mundos entendemos.
Me sorprendió su manera de hablar. Yo pensaba que los fantasmas no decían maldiciones. Parece, sin embargo, que son como nosotros. O que nosotros somos como los fantasmas.
¡Hasta mañana!...
MANGANITAS
Por AFA.
". Cae la popularidad de Trump.".
Cuidado con el pelmaza.
Si en las encuestas no gana,
quizás el día de mañana
podrá darnos un trancazo.
