Aunque el proceso formal de elección de los llamados coordinadores de la defensa de la Cuarta Transformación, conducido por Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, presidenta del partido Morena y cabeza de la Comisión de Elecciones, respectivamente, abarcó un despliegue nacional, el epicentro político donde se midió el peso real de la Presidencia de la República estuvo en Chihuahua.
Fue en la entidad fronteriza donde Claudia Sheinbaum ejerció una independencia que no cedió a la intensa presión desplegada tanto por el coordinador de los senadores de Morena, Adán Augusto López como por el exgobernador Javier Corral, que metió las manos y salió quemado.
El desenlace en Chihuahua no sólo definió una virtual candidatura a la gubernatura, sino que fijó reglas de convivencia dentro del oficialismo, con un silencio deliberado del expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien prefirió no intervenir ni acotar el cabildeo del senador tabasqueño por razones que solo él sabrá.
Es más, apareció en transmisión por redes sociales -que aquí en Chihuahua al menos una estación de radio difundió en vivo y a todo color como si fuera ordenado por Secretaría de Gobernación-, para dar espaldarazo a Sheinbaum, en mensaje que pone freno a sus más recalcitrantes seguidores.
Sheinbaum asumió la responsabilidad completa del manejo, como diciendo que la autoridad política de Palacio Nacional no se comparte ni se negocia bajo presiones de grupo aisladas y de carácter personalísimo. La estrategia vendrá de Palenque -Primero los Pobres, Defensa de la Soberanía, etcétera-, la táctica es de ella.
Durante meses, el tabasqueñismo, con Adán Augusto López a la cabeza, intentó proyectar la nominación de Andrea Chávez como un hecho consumado, con despliegue de ostentoso aparato promocional y declaración retadora de que la joven legisladora sería la próxima gobernadora.
Sin embargo, la medición oficial final arrojó un resultado indiscutible, que da al alcalde con licencia de Juárez, Cruz Pérez Cuéllar, 8.5 puntos frente a 1.5 de Chávez en el cómputo final, en un procedimiento que, si bien es cuestionado por opacidad y discrecionalidad al momento de aplicar criterios de conveniencia política o de género, es gran espacio de decisión, tejido fino de indudable hechura presidencial.
La designación de Pérez Cuéllar es golpazo más que simple descalabro para Adán, cuya pretensión de actuar como operador transexenal chocó de frente con el filtro presidencial; en desgracia indudable, ensuciado por el tema de la barredora, que provocó su caída como líder camaral guinda en el Senado, hoy resulta derrotado en la gran tajada de pastel que significan 17 gubernaturas.
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La jornada en el World Trade Center de la Ciudad de México no podía ser más que tirante, con pataleo hasta de última hora, evidente por retraso de más de tres horas para realizar el anuncio y dilatar la ya tomada decisión presidencial, con respaldo en números demoscópicos atribuidos al pueblo y presentados como infalibles.
Durante la presentación oficial, Andrea Chávez permaneció en el templete con la mirada rígida, folder amarillo en mano, como conteniendo llanto. Al abandonar el recinto, acompañada por simpatizantes que gritaban "fraude", la senadora evitó nombrar al ganador y pronunció frase ensayada, “cabeza en alto, frente clara, corazón ardiendo, porque los pitufos de la aldea se van despidiendo”.
La dirigente Ariadna Montiel, sin inmutarse por callo forjado en la dura negociación de esta y otras “corcholatas”, tomó la protesta de ley a Pérez Cuéllar, bajo los compromisos de “no mentir, no robar y no traicionar al pueblo”.
Arturo Escobar, coordinador electoral del Partido Verde Ecologista de México, definió la dupla entre Pérez Cuéllar y Chávez como “una fórmula invencible”, abriendo la puerta a la conciliación vía alcaldía juarense, que está en charola de plata para la joven política.
En su discurso, encarrerado en la operación cicatriz, Pérez Cuéllar, calificó a Andrea como una “joven brillante, talentosa y una competidora muy dura”, no escatimó adjetivos para reconocerla e implícitamente al grupo político que la impulsó.
“La voy a buscar... esa es mi intención, para construir unidad”, le dijo, con la Coordinación de la defensa de la Cuarta Transformación y la candidatura al gobierno del Estado de Chihuahua en su poder.
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Si la derrota de Adán Augusto mostró su alicaída posición, la reacción del exgobernador, Javier Corral, derivó en un espectáculo de resentimiento político enfermizo, sin medir consecuencias de su teatral reacción.
Incapaz de contener su pública animadversión hacia Pérez Cuéllar, Corral acudió a las redes sociales para calificar la designación como una “imposición” y acusar al virtual candidato de ser “cómplice de la corrupción de César Duarte y aliado de Maru Campos”. Mentira que no mancha tizna.
El exmandatario, hoy integrado a la bancada senatorial de Morena -con resistencia a integrarse realmente al padrón de militantes, pero con disposición franciscana de disfrutar las mieles de la alta curul-, rompió con cualquier posibilidad de prudencia política.
Aunque dentro del oficialismo guinda existía la expectativa de que Corral mostrara moderación para no entorpecer el proceso conducido por la dirigencia formal de Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, su exabrupto mostró una vez más la fijación personal que terminó por desbordarlo. Corral siendo Corral.
Al desconocer el resultado avalado por la Comisión Nacional de Elecciones y celebrado por la propia jefatura del Estado, Corral no sólo le faltó el respeto a la estructura organizativa del partido, sino que incurrió en abierto desacato a la autoridad de la presidenta Claudia Sheinbaum, que en partido vertical es impensable por sobrevivencia política. Ahí está Marx Arriaga y otros como prueba.
La respuesta de Cruz ante el reclamo fue tajante y desmitificadora, “Javier Corral no es mi compañero y a mí me da mucho gusto no tener su apoyo. Si alguien es repudiado e impresentable en Chihuahua es ese personaje”.
Preludio de aislamiento político, el episodio muestra no entender la dinámica del partido en el que se desenvuelve el exgobernador y al cual ha jurado amor eterno.
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En la acera opositora, la resolución en Chihuahua generó un sismo silencioso. Sectores del Partido Acción Nacional y del equipo del alcalde capitalino, Marco Bonilla Mendoza, rezaban en privado a cuanto santo político encontraran para que la nominación recayera en Andrea.
El cálculo blanquiazul era evidente, enfrentar a una candidata identificada con la polarización mediática ofrecía un terreno más cómodo.
La llegada de Cruz Pérez Cuéllar, quien militó durante más de dos décadas en Acción Nacional, llegó a presidir su comité estatal y conoce la filigrana organizativa del partido, encendió alarmas.
La vehemencia con la que denunciaron al edil juarense evidenció fragilidad, escasa confianza en la capacidad de Marco Bonilla para retener la gubernatura frente a un perfil con arrastre.
Si el PAN asumiera contar con una hegemonía sólida y un candidato imbatible en Bonilla, la nominación de Pérez Cuéllar habría sido recibida con serenidad; el nerviosismo demostró lo contrario.
En resumen. Al respaldar la competitividad territorial de Cruz Pérez Cuéllar por encima de simpatías, Claudia Sheinbaum trazó una raya clara a la presión de grupo, aunque fuese el tabasqueño.
Morena acudirá a las urnas con un candidato probado en las urnas juarenses, un exgobernador aislado por sus propios odios y una dirigencia que demostró que el timón de la Cuarta Transformación se sostiene, suave pero contundente, desde el despacho principal de Palacio Nacional.








