Era domingo 2 de julio de 2006 y yo, en ese entonces universitario, al igual que miles de jóvenes, votaba por primera vez en una elección presidencial. Junto a millones de mexicanos de todos los estratos sociales y sectores, lo hacíamos por el candidato que representaba la esperanza de un cambio verdadero para México, un cambio anhelado y con el que Vicente Fox nos había engañado seis años antes.
Y el mismo Vicente Fox, aquel que pudo derrotar al PRI gracias a la democracia y al hartazgo de todas y todos los mexicanos, ahora estaba al lado y del lado de quienes dominaban México: un grupo de oligarcas, dueños de la televisión, la radio, la prensa y el capital, que detuvieron el cambio verdadero para el país mediante el fraude electoral. Un fraude que Felipe Calderón aceptó cínicamente después con su célebre frase: “Haiga sido como haiga sido”, y que esta misma semana Vicente Fox finalmente confesó.
“Hice que ganara Calderón, aunque no es muy democrático decir eso, pero yo me dije a mí mismo que la sucesión en el país debía quedar en las mismas manos de mi partido político”. Esas fueron las palabras con las que este martes 3 de noviembre Vicente Fox finalmente aceptó algo que millones de mexicanos sabemos desde hace 20 años: que aquel día cambió, para desgracia de México, su futuro y que en el estado de Chihuahua, pero sobre todo en Juárez, padecimos con mayor intensidad.
Con esa confesión, veinte años después, Vicente Fox, Felipe Calderón y todos los que hicieron posible ese fraude y lo defendieron deberían pedir disculpas a las y los mexicanos, pero sobre todo a las y los chihuahuenses, y a los juarenses en particular. Porque ese fraude electoral trajo la violencia a México, una violencia que aún hoy padecemos.
Porque, de no haber sido por ese fraude electoral, Felipe Calderón Hinojosa no habría podido convertirse en presidente de México ni habría sacado al Ejército a las calles para legitimar su mandato. Para demostrar que era el presidente, recurrió a las fuerzas armadas con el pretexto de combatir a los cárteles, aunque ahora sabemos que era para favorecer a su propio cártel y al de su secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna.
Fue por ese fraude electoral que los juarenses sufrimos la peor ola de violencia del país, que muchas madres perdieron a sus hijos, como Luz María Dávila, quien perdió a sus dos hijos adolescentes en la masacre de estudiantes de Villas de Salvárcar, en Ciudad Juárez. Calderón los llamó pandilleros, sin saber —o sin querer reconocer— que habían masacrado a jóvenes inocentes, un hecho que justificó como “daño colateral”.
Negocios cerrados en todo el estado a causa de las extorsiones, la mayor ola de secuestros y asesinatos registrada en la historia, robos violentos a viviendas, violaciones de mujeres, entre otros delitos. Ese fue el terror que desató Calderón con su ilegítima Presidencia y que hoy, finalmente, Vicente Fox confiesa.
Fue un antes y un después para Chihuahua: ciudades abandonadas que parecían zonas de guerra, con soldados, tanquetas y artillería militar circulando por las principales avenidas de Juárez y Chihuahua. Paradójicamente, fue la época de mayor violencia en el país y en su historia, pese a la mayor presencia de elementos del Ejército jamás registrada, sin mencionar a los policías de todos los niveles.
Fue una época de terror, con todo y coches bomba. Todo, gracias al fraude de Calderón. Una etapa que aún no termina para muchos mexicanos, sobre todo chihuahuenses, pues perdieron no solo su patrimonio, sino también a familiares y, sobre todo, su tranquilidad. Les cambió la vida a muchos, lamentablemente, para mal.
Esa es la importancia de la confesión de Vicente Fox: un expresidente que no solo confiesa un delito electoral y la manipulación de la democracia en favor de unos cuantos que se beneficiaban del poder, sino que también reconoce la causa de la desgracia de muchas y muchos mexicanos. Algo que los chihuahuenses, pero sobre todo los juarenses, aún no olvidan y que muchos no podrán olvidar debido a las pérdidas irreparables que sufrieron.
Por eso, veinte años después, siguen resonando con fuerza y dignidad las palabras que Luz María Dávila le dijo en su cara a Felipe Calderón, al lado de Genaro García Luna, a quienes responsabilizó por la muerte de sus hijos: “No son bienvenidos”. No lo son en ninguna parte de México, pero sobre todo en Juárez y Chihuahua. Disculpas son las que deberían ofrecer Fox, Calderón y todas y todos los políticos que en aquellos años defendieron y avalaron el fraude electoral.
Paradójicamente, uno de esos políticos que avaló el fraude electoral, defendió a Felipe Calderón y lo ayudó a tomar protesta como presidente de la República fue Cruz Pérez Cuéllar, entonces diputado federal por el PAN y hoy coordinador estatal de la Cuarta Transformación en Chihuahua.
Fue uno de los que formaron una valla para que Calderón pudiera llegar a la tribuna de San Lázaro a rendir protesta como presidente, ya que los seguidores de Andrés Manuel López Obrador no querían que llegara. Algo que muchos morenistas y mexicanos no olvidan y por lo que todavía no lo aceptan como morenista, y mucho menos como coordinador estatal de la Cuarta Transformación.
Debería pedir disculpas a las y los mexicanos, pero sobre todo a las y los chihuahuenses, por haber sido parte del respaldo político a Felipe Calderón durante el proceso de 2006, que, de acuerdo con el autor, estuvo marcado por un fraude electoral que trajo la violencia a México, particularmente a Juárez y Chihuahua
