En Chihuahua hay adolescentes que todavía no entienden del todo qué significa “soberanía”; pero ya escucharon esa palabra convertida en consigna, en pelea política y en tendencia digital; la escuchan en TikTok, en reels recortados, en declaraciones cruzadas entre el Gobierno Federal y el Gobierno del Estado; y mientras los adultos discuten banderas, fiscalías y poderes, ellos intentan entender algo mucho más básico: por qué el desmantelamiento de un laboratorio de drogas terminó convertido en conflicto político.
Ahí empieza el problema.
Porque para un adolescente que apenas construye criterio político, la realidad pública ya no llega ordenada; llega editada, y emocionalizada; un video acusa, otro ridiculiza, otro victimiza; uno habla de persecución política, otro de justicia, otro de soberanía, otro de traición; y en medio de ese ruido, el joven recibe el mensaje más peligroso de todos: que incluso combatir estructuras criminales puede interpretarse como agresión política.
La confusión no es menor.
La teoría de la cultivación de George Gerbner advertía que la exposición constante a ciertos relatos termina moldeando la percepción de realidad; no importa solamente qué ocurrió, importa cómo se cuenta repetidamente. Si el adolescente escucha durante semanas que un operativo “atenta contra Chihuahua”, pero al mismo tiempo observa que Chihuahua desmanteló un laboratorio de sustancias ilícitas, el mensaje deja una grieta cognitiva: ¿combatir el narcotráfico está bien o depende de quién lo haga?
Ese vacío lo llena el algoritmo y el algoritmo no educa; refuerza emociones.
Byung-Chul Han explicó que la sobreinformación no genera claridad, genera agotamiento y desorientación; el exceso de estímulos reduce la capacidad crítica y aumenta la reacción impulsiva. El adolescente no alcanza a contextualizar la relación entre federalismo, soberanía, competencias jurídicas o procesos penales; lo que sí entiende es quién se ve fuerte, quién se ve humillado, quién recibe aplausos digitales y quién domina la conversación.
La política se volvió narrativa emocional; y el adolescente aprende política igual que aprende tendencias: por repetición, estética y validación social.
Luego aparecen las marchas.
Camiones, movilizaciones partidistas, discursos sobre defensa estatal, acusaciones entre partidos, señalamientos de acarreo y la sensación permanente de confrontación. Observan movilización de simpatizantes políticos; la oposición responde; la conversación pública se convierte en espectáculo; y mientras los adultos leen estrategia electoral, el adolescente observa otra cosa: bandos.
No analiza instituciones; analiza tribus.
La teoría de identidad social de Tajfel explica que las personas tienden a construir pertenencia mediante grupos confrontados; “nosotros” contra “ellos”. El problema es que un primer votante todavía está formando estructura ideológica; si la política que consume se basa únicamente en confrontación emocional, terminará entendiendo la democracia como guerra de lealtades y no como discusión de proyectos públicos.
Y justo ahí es cuando aparece otro elemento: la narcocultura.
Porque mientras el discurso político habla de soberanía y persecución, miles de adolescentes consumen narcocorridos donde el laboratorio clandestino no representa tragedia social; representa dinero, poder, respeto y ascenso rápido.
Ese detalle cambia todo.
El joven escucha que “desmantelaron un laboratorio”; pero parte de su entorno musical lleva años diciéndole que esos espacios producen riqueza, fama y admiración. El conflicto entonces ya no es solamente político; es simbólico.
Pierre Bourdieu advertía que la cultura también educa formas de aspiración social. Lo que se normaliza en canciones, redes y relatos cotidianos termina integrándose como posibilidad legítima de reconocimiento. Por eso resulta tan delicado que la conversación pública convierta el combate al crimen en disputa partidista; porque el adolescente ya viene expuesto a una industria cultural que romantiza al narcotráfico como modelo aspiracional.
Cuando la política se percibe igual de teatral que el narcocorrido, la línea moral empieza a romperse.
Ese es el verdadero riesgo para Chihuahua.
No solamente la polarización entre gobiernos; sino el adolescente que observa todo esto sin herramientas para interpretar lo que ocurre. El joven que escucha hablar de soberanía sin entender el federalismo; que ve comparecencias judiciales convertidas en espectáculo; que consume discursos políticos con la misma lógica emocional con la que consume reels de violencia, corridos tumbados y videos de lujo criminal.
No estamos formando ciudadanos; estamos formando espectadores saturados. Un espectador confundido es terreno fértil para la manipulación.
La alfabetización política y mediática dejó de ser un lujo académico; hoy es contención social. Explicar qué hace la Fiscalía, qué significa soberanía, qué implica una investigación federal, cómo opera la propaganda partidista y cómo manipulan los algoritmos ya debería discutirse en aulas, casas y sobremesas.
Porque si el adolescente entiende antes el código de un narcocorrido que el funcionamiento de las instituciones, alguien más ya ganó la conversación pública y ese alguien no necesariamente quiere un Chihuahua más libre; solo uno más fácil de manipular.
Urge analizarlo con rudeza necesaria. Contacto: www.kcha.mx / @kcha / karla@kcha.mx
