En México, la soberanía no se ejerce: se invoca. Se guarda en un cajón cuando implica trabajo, responsabilidad o confrontar intereses criminales; pero se agita como bandera cuando conviene denunciar al vecino. Esa es la paradoja que hoy domina el discurso federal: un gobierno que dejó abandonadas sus obligaciones más básicas ahora se indigna porque cuatro agentes de una agencia extranjera fueron vistos en Chihuahua.

La narrativa oficial es simple: “injerencismo”, “violación a la soberanía”, “provocación”. Pero hay un detalle que el régimen omite: la presencia de esas agencias es conocida, tolerada y, en algunos casos, funcional al propio desorden que el Estado mexicano ha permitido. No es un secreto que el trasiego de precursores, la producción de drogas sintéticas y las actividades conexas del crimen organizado operan a plena luz del día. Tampoco es un secreto que las aduanas, los puertos y los corredores logísticos están en manos de quien quiere controlarlos, menos del Estado.

Por eso sorprende la súbita indignación. No porque Estados Unidos haya cruzado una línea, sino porque ha dejado de pedir permiso para hacer lo que México dejó de hacer hace años.

La frontera ya no es una línea: es un vidrio

Mientras México discute discursos, Estados Unidos está instalando algo más poderoso que un muro: un sistema de vigilancia que no necesita cruzar la frontera para ver, oír y actuar.

Para explicarlo sin tecnicismos: imagine que su vecino instala cámaras tan finas que pueden ver dentro de su casa sin asomarse a la ventana. O micrófonos que escuchan conversaciones desde la banqueta. O herramientas que pueden apagarle el coche desde la otra cuadra sin que usted vea quién lo hizo. Eso es lo que hoy está en ciernes. No son metáforas exageradas. Son tecnologías reales, ya operativas: “supercámaras” que detectan movimientos, calor, rutas y cargamentos desde el cielo; “supermicrófonos” que interceptan comunicaciones sin tocar un solo cable; herramientas invisibles que pueden descomponer motores, bloquear radios o cortar señales sin disparar una bala; sistemas que siguen un tráiler desde Sinaloa hasta Nueva Jersey sin que nadie lo note. Estas capacidades no son especulación: están documentadas en el U.S. Border–Homeland Security Technology Dataset, un inventario público de la Electronic Frontier Foundation que enumera las tecnologías de vigilancia, sensores, plataformas aéreas, sistemas autónomos y herramientas de interdicción utilizadas por Estados Unidos en la frontera.

Liga: https://www.eff.org/deeplinks/2024/07/us-border-homeland-security-technology-dataset (eff.org in Bing)

Todo esto se controlará desde un macrocentro de datos en proceso de instalación en El Paso: un cerebro gigantesco que recibirá imágenes, llamadas, patrones de movimiento y señales electrónicas. Desde ahí se decidirá qué se dejará pasar, qué se frenará, qué se destruirá y cómo.

Y lo más importante: nada de esto requiere presencia física de personal en territorio mexicano.

La intervención sin botas

La intervención clásica —marines, helicópteros, convoyes— ya no es necesaria. La nueva intervención es silenciosa, remota y técnicamente indetectable para las autoridades mexicanas.

No se trata de ciencia ficción. Se trata de una asimetría tecnológica brutal: México opera con herramientas de 2005. Estados Unidos opera con herramientas de 2030.

Mientras aquí se presume “soberanía”, allá se despliegan tecnologías que permiten: 1. Ver túneles sin entrar a ellos. 2. Detectar laboratorios sin pisar el terreno. 3. Seguir rutas de precursores sin un solo agente. 4. Interferir comunicaciones sin tocar un botón en México. 5. Sabotear cargamentos sin dejar rastro.

La pregunta no es si Estados Unidos interviene. La pregunta es si México tiene cómo darse cuenta.

La soberanía que se abandona y luego se reclama

El gobierno federal denuncia la presencia de agentes extranjeros como si fuera una sorpresa. Pero la verdadera sorpresa es otra: que el Estado mexicano haya renunciado a ejercer las funciones que justifican la soberanía que ahora reclama. Porque soberanía no es un discurso. Soberanía es:

1. Controlar aduanas y tránsito internacional de personas. 2. Vigilar puertos. 3. Impedir el trasiego de drogas y precursores. 4. Desmantelar redes criminales. 5. Frenar el tráfico de armas. 6. Proteger el territorio (incluidos los sistemas de información de operación militar y de seguridad nacional). 7. Aplicar la Ley (los tratados lo son).

En estos aspectos hay omisión sistemática o ineficacia acendrada. Y cuando un Estado deja de ver, deja de saber y deja de controlar, otro llena el vacío. Por eso la indignación oficial suena hueca. No es la defensa de la soberanía: es la molestia de quedar exhibidos.

El verdadero problema

No es que Estados Unidos viole nuestra soberanía. Es que opera en un piso tecnológico al que México ni siquiera ha subido. La frontera ya no es un muro ni un río: es un vidrio.

Ellos ven todo. Nosotros apenas vemos el reflejo.

Y mientras el gobierno siga usando la soberanía como consigna y no como práctica, la intervención seguirá creciendo, no porque Estados Unidos la imponga, sino porque México la permite por omisión.