La muerte de un niño no debería ser nunca una noticia más. No debería convertirse en cifra, en tendencia fugaz ni en tema de sobremesa que se disuelve con el paso de los días.

La muerte de Eithan en Ciudad Juárez es, en términos crudos, el asesinato a la inocencia que nos enfrenta a una verdad insoportable: algo profundo y doloroso se ha fracturado en nuestra sociedad. Eithan no es un titular. Era un niño con una vida por delante, con juegos inconclusos, con sueños que apenas comenzaban a tomar forma.

Su ausencia no sólo deja un vacío en su propia familia, deja una herida abierta en la conciencia colectiva. Y esa herida, si no es atendida, corre el riesgo de volverse costumbre.

Lo verdaderamente alarmante no es sólo la brutalidad del crimen, sino la facilidad con la que, como sociedad, comenzamos a normalizar el horror. Nos indignamos, sí, pero por momentos.

Exigimos justicia, pero la exigencia se diluye. Compartimos el dolor, pero a distancia. Y mientras tanto, la violencia sigue encontrando grietas por donde avanzar. No podemos permitirnos esa indiferencia intermitente. Cada niño que es víctima de la violencia representa un fracaso colectivo.

No es únicamente responsabilidad de las autoridades -aunque su deber es ineludible-; también es reflejo de una comunidad que, en muchos casos, ha dejado de mirar, de escuchar, de intervenir. Desde la célula básica de la sociedad, que es la familia, desde ahí, estamos modificando, mimetizando, incluso, los valores mismos.

¿Qué está fallando cuando un niño no está seguro ni en su propio entorno? ¿En qué momento dejamos de ser capaces de proteger lo más sagrado? La respuesta no es sencilla, pero comienza por reconocer que el problema es gravísimo y nos involucra a todos.

La violencia no nace de la nada. Se gesta en el abandono, en la desigualdad, en la descomposición del tejido social, en la falta de empatía. Crece en el silencio cómplice, en el miedo que paraliza, en la idea de que “no es asunto mío”. Y es precisamente esa idea la que debemos erradicar con urgencia.

El caso de Eithan debería ser un punto de quiebre. Un momento en el que decidamos, como sociedad, no mirar hacia otro lado. Exigir justicia no es suficiente si no va acompañado de una transformación más profunda: reconstruir la confianza comunitaria, fortalecer los entornos familiares, vigilar activamente la seguridad de nuestros niños, denunciar sin titubeos cualquier señal de riesgo.

Necesitamos volver a lo esencial: a la empatía, al cuidado mutuo, a la responsabilidad compartida. No podemos delegar la protección de la infancia únicamente en las instituciones; es una tarea que comienza en cada hogar, en cada calle, en cada decisión cotidiana.

Pero si dentro de la familia no existe lo más esencial que es el amor, el cuidado, la protección y seguridad de las niñas, niños y adolescentes, entonces estamos a un paso del despeñadero social y, por consecuencia, de la construcción de una caja de cristal cada vez más débil.

Porque cuando un niño es asesinado, no sólo perdemos una vida. Perdemos una parte de lo que somos. Y si no reaccionamos con la fuerza moral que este hecho exige, corremos el riesgo de perder aún más: nuestra humanidad.

A pesar del estrujón que nos dio ese doloroso crimen, el de un niño de apenas 18 meses de edad, unas horas después, dos hechos más cimbraron a la opinión pública: el de una mujer que fue grabada dando una golpiza a su hija de 17 años con un cinturón, y el de un niño de 6 años de edad que fue ingresado a un hospital del IMSS en Ciudad Juárez con severos golpes.

La autoridad actuó de inmediato para proteger a ambos menores y puso en manos de la autoridad al padrastro del niño de seis años. Pero Eithan no corrió con la misma suerte.

¿Qué hay en la mente de un ser humano para asesinar? Pero quiero extender la pregunta más allá: ¿qué pasa por la mente de una persona para matar a una inocente criatura de apenas un año y medio de edad?

Que el nombre de Eithan no sea convertido en eco que se desvanece. Que sea, en cambio, un recordatorio permanente de lo que no debemos permitir jamás. Un llamado urgente a despertar, a indignarnos de verdad, a actuar.

Porque el silencio también mata. Y hoy, más que nunca, no podemos quedarnos callados. De hacerlo, entonces nos estamos matando todos, con ese silencio, lenta, profunda, deliberadamente. Al tiempo.