En clase alguien suelta una frase tajante: “todos roban”. En el grupo de WhatsApp de la familia cae una cadena alarmista. En un restaurante, dos personas discuten sobre una noticia que ninguna leyó completa. En redes, medio mundo opina, comparte, condena, absuelve y sentencia antes de llegar al segundo párrafo. Ahí, en esa escena doméstica y ferozmente actual, vive Jürgen Habermas.
Murió este 14 de marzo de 2026, a los 96 años, en Starnberg, Alemania, confirmó su editorial Suhrkamp y lo retomaron medios internacionales. Con él se va uno de los pensadores más influyentes del siglo XX y principios del XXI. Pero su obra no se queda en los seminarios. Baja a la banqueta. Entra al aula. Se sienta en la sobremesa. Se mete al timeline.
Habermas hizo algo que pocos teóricos lograron: explicó por qué la vida del ciudadano común se rompe cuando la conversación pública se empantana. Su tesis no era adornar la democracia con palabras bonitas, era más incómoda. Sostuvo que una sociedad libre depende de su capacidad para discutir con razones, no solo con impulsos; con argumentos, disposición a entender y no solo con hambre de imponerse. Esa intuición atravesó obras como Historia y crítica de la opinión pública y Teoría de la acción comunicativa, donde colocó a la esfera pública y al entendimiento racional en el centro de la vida democrática.
Habermas nos enseñó que no toda conversación comunica. Hay discursos que buscan aclarar y discursos que buscan dominar. Un candidato que evade preguntas, una marca que disfraza propaganda de cercanía, un influencer “incendiario” que busca retener audiencia, un noticiero que cambia contexto por espectáculo. Todo eso no dialoga: rompe. Habermas llamó a esa diferencia acción comunicativa frente a acción estratégica. Esa distinción sigue siendo una navaja para entender por qué tantas personas hablan todos los días y, aun así, cada vez se entienden menos.
Su concepto de esfera pública también le dio nombre a una intuición que hoy cala. La democracia no se juega solo en las urnas. Se juega antes: en los espacios donde la gente forma opinión, contrasta versiones, cuestiona al poder, decide qué tolera y qué no. Antes fueron cafés, periódicos y asociaciones. Hoy también son plataformas, podcasts, grupos vecinales, lives, comentarios y chats. El problema es que muchos de esos espacios dejaron de premiar la mejor razón y comenzaron a premiar la reacción más rentable. El clic fácil, el enojo útil y la mentira veloz.
Por eso Habermas sigue siendo urgente. Porque entendió temprano que el dinero, la burocracia, la propaganda y después la lógica algorítmica podían invadir la vida cotidiana y secuestrar la conversación. A eso lo llamó la colonización del mundo de la vida. Traducido: cuando la discusión pública empieza a parecerse a una subasta de atención, el ciudadano deja de ser ciudadano y se convierte en usuario, consumidor, dato, objetivo de campaña. Ya no importa si comprende. Importa si reacciona.
Su defensa de la modernidad como un proyecto inacabado también importa para la gente de a pie. Porque decía algo de fondo: la emancipación no está garantizada. La libertad no viene terminada. La democracia no se hereda en automático. Hay que rehacerla, corregirla, empujarla. Cada generación tiene que decidir si quiere ciudadanos o audiencias domesticadas.
Eso vuelve a Habermas incómodo y necesario. Incómodo, porque obliga a escuchar al otro de verdad. Necesario, porque en tiempos de gritos, bots, tendencias y certezas instantáneas, recordar que una buena sociedad necesita razones compartibles ya no suena académico: suena urgente.
Murió el filósofo, pero nos dejó una gran tarea.
La próxima vez que una cadena llegue a tu celular, que una consigna te pida obediencia ciega, que una publicación te exija indignarte antes de pensar, ahí estará Habermas, incómodo, insistente, recordando algo básico: la democracia empieza cuando dejamos de repetir y empezamos a argumentar.
Y eso no es teoría. Es defensa propia.
