En los últimos años, cada vez es más común ver a mujeres liderando equipos, proyectos y organizaciones en distintos sectores. No como excepción ni como símbolo, sino como resultado de trayectorias profesionales construidas con disciplina, preparación y trabajo constante.

Cada 8 de marzo se abren espacios para reflexionar sobre el lugar que ocupan las mujeres en el ámbito profesional. Con frecuencia hablamos de los retos pendientes —que siguen siendo muchos—, pero también vale la pena detenernos a observar los cambios que ya están ocurriendo y las nuevas conversaciones que empiezan a tomar forma dentro de nuestras profesiones.

Esa realidad, cada vez más visible, también invita a replantear cómo entendemos el crecimiento profesional y el liderazgo. Porque a medida que más mujeres ocupan espacios de responsabilidad, también empiezan a surgir preguntas distintas sobre cómo se construyen las trayectorias profesionales y qué significa realmente avanzar.

Llega un punto en la vida profesional en el que la pregunta deja de ser qué más podemos hacer y empieza a ser otra: dónde realmente vale la pena poner nuestra energía.

Durante décadas, muchas carreras profesionales —y especialmente la abogacía— se construyeron bajo una lógica de resistencia: más horas, más presión y la expectativa de demostrar constantemente que se podía con todo. Avanzar parecía implicar absorber responsabilidades nuevas, adaptarse a cambios constantes y responder con resultados incluso cuando la dirección no siempre era clara. Incluso organismos internacionales del propio gremio, como la International Bar Association, han reconocido que durante años la profesión legal ha operado bajo modelos de trabajo de alta presión y desgaste.

Hoy empiezo a mirar ese modelo con más distancia y a replantear cómo entendemos el crecimiento profesional y la sostenibilidad de las carreras.

He aprendido que no todo movimiento es avance y que no toda presión construye una trayectoria sólida. Hay una diferencia importante —aunque a veces sutil— entre moverse por inercia y moverse con propósito.

Desde que llegué a mi rol actual, el trabajo ha estado marcado por retos constantes y proyectos sin precedentes dentro de la organización. Entré para apoyar la estructura legal de una rama que estaba naciendo y, con el tiempo, el alcance se fue ampliando. Hoy asumo responsabilidades en distintas líneas de negocio y participo en iniciativas de mejora transversal. Operar en varios frentes, entender dinámicas distintas y asumir responsabilidades crecientes exige aprender rápido, integrar visiones y tomar decisiones en contextos donde no existen manuales ni respuestas predefinidas.

Ese tipo de crecimiento implica presión, sin duda. Pero también implica algo distinto: oportunidad.

Cuando el reto es nuevo y nadie lo ha hecho antes, la pregunta deja de ser si una es capaz y se convierte en qué quiere construir con ese espacio. El enfoque cambia. Ya no se trata de demostrar inteligencia o disponibilidad permanente, sino de entender el impacto del trabajo, el aprendizaje que genera y las puertas que puede abrir hacia adelante.

Moverse con propósito significa saber por qué se aceptan ciertos desafíos: no solo porque alguien los asigna, sino porque fortalecen el criterio, amplían la comprensión del negocio y generan exposición estratégica —interna y externa— que permite construir reputación profesional y una visión más integral de la operación. Significa invertir energía en aquello que desarrolla habilidades transferibles y genera relaciones valiosas, no solo en cumplir expectativas inmediatas.

En entornos corporativos complejos, la presión suele venir acompañada de mensajes contradictorios: se espera iniciativa, pero no siempre se concede autonomía; se exige resultado, pero no siempre se ofrece dirección. Navegar esas dinámicas requiere algo más que esfuerzo: requiere estrategia personal.

He aprendido que ser estratégica no es solo anticipar riesgos legales o cerrar bien una negociación. También es decidir dónde vale la pena involucrarse a fondo, cuándo observar antes de actuar y cómo administrar la energía para sostener el crecimiento en el tiempo. No todo merece la misma urgencia, ni define una trayectoria.

Para muchas abogadas de mi generación, este momento profesional también coincide con un cambio generacional dentro de las organizaciones. Nos formamos con líderes de otras generaciones, aprendimos a adaptarnos a estructuras rígidas y hoy empezamos a ocupar posiciones de mayor responsabilidad en un contexto que todavía está redefiniendo cómo se ejerce el liderazgo y la toma de decisiones. En ese proceso, a veces encarnamos el cambio mismo y eso puede generar resistencia.

La tentación es responder a esa resistencia con más presión interna, con más horas y con la sensación constante de tener que demostrar algo. Pero cada vez estoy más convencida de que el crecimiento profesional no se sostiene desde el agotamiento permanente, sino desde la claridad, la preparación y la capacidad de elegir.

Esto no significa bajar el nivel ni renunciar a la ambición. Significa cambiar el enfoque. Invertir energía en aprender el negocio, entender la operación, fortalecer criterios técnicos y construir relaciones profesionales sanas. Dejar de gastar energía en demostrar valor en espacios donde ese valor ya está probado.

Diversas publicaciones especializadas del sector legal han señalado que las generaciones más jóvenes están transformando la forma en que se concibe la carrera en la abogacía: se cuestiona el modelo basado exclusivamente en horas y presencia física, y se privilegia un crecimiento más intencionado, enfocado en propósito, impacto y resultados.

Esta transición generacional genera fricción con estructuras tradicionales, pero también abre la puerta a nuevas formas de ejercer el liderazgo y construir trayectorias más sostenibles.

En este contexto, lo que muchas mujeres profesionales estamos construyendo hoy no es solo presencia en los espacios de decisión, sino una forma distinta de permanecer en ellos: con preparación, sí, pero también con límites; con compromiso, sin vivir a la defensiva; con resultados, sin perder claridad ni equilibrio.

Tener propósito no elimina la presión del trabajo profesional, pero sí cambia la forma en que la enfrentamos. La presión empuja; el propósito dirige. Y cuando el movimiento tiene dirección, el crecimiento deja de sentirse como desgaste y empieza a sentirse como construcción.

En el marco del Día Internacional de la Mujer, quizá una de las conversaciones más valiosas que podemos abrir es precisamente esta: cómo construir carreras profesionales que no solo avancen, sino que también sean sostenibles, conscientes y alineadas con lo que queremos aportar.

Porque construir una trayectoria sólida no solo implica llegar más lejos, sino también decidir hasta dónde, cómo y para qué vale la pena avanzar.

Versión adaptada de una columna publicada previamente en LexLatin.

Referencias:

• International Bar Association. (2025). La necesidad de tomar medidas para mejorar la salud mental de los profesionales legales. https://www.ibanet.org/article/36c89479-9c35-4fb7-983a-c907b9fb5061

• Law Society Journal. (2025). How Gen Z will change the legal profession. https://lsj.com.au/articles/how-gen-z-will-change-the-legal-profession/

• Lawyers Weekly. (2025). Generational shifts in the legal profession: A challenge worth embracing. https://www.lawyersweekly.com.au/biglaw/41105-generational-shifts-in-the-legal-profession-a-challenge-worth-embracing

La autora, Andrea Baca, es abogada corporativa.