Dedico este escrito a todas y cada una de las mujeres. A las niñas, jóvenes, adultas y adultas mayores. A las que viven y a las que han muerto. A las que luchan y a las que se rinden cuando ya sus fuerzas no dan más. A las que cuidan y protegen. A las que trabajan dentro o fuera de casa. A las que buscan hasta el cansancio a sus hijas o hijos que les fueron arrebatados. A las que defienden a otras. A las que crían y educan a sus hijos e incluso a las que los abandonan. A las estudiantes y profesionistas. A las indígenas y personas con discapacidad. A las que sufren y a las que ríen. A las que están cuerdas y a las que han perdido la razón.
Con motivo del “Día Internacional de la Mujer”, que rememoramos cada 8 de marzo, deseo hacer algunas reflexiones en este espacio editorial, comenzando por lo que menciono en el título: “No me felicites”. Haciendo un llamado atento y respetuoso tanto a hombres como a mujeres, para que este próximo domingo no envíen “felicitaciones”.
El origen de esta conmemoración resulta de sucesos lamentables y fatídicos; por eso no es una celebración; pero más allá de eso, esta fecha es motivo para recordarnos que si bien se ha avanzado en materia jurídica en múltiples aspectos para garantizar la equidad de género; en la realidad sigue habiendo hechos terribles en contra de las mujeres; cada vez más evidentes, mayores en cantidad, con mayor crueldad y más notorios y visibles. Aunque a veces intentan ocultar la verdad o maquillar cifras, la verdad es que sigue habiendo mujeres desaparecidas, violadas, golpeadas o asesinadas.
Tal parece, que entre más se les dice, menos caso hacen los hombres. Entre más publicidad se emite para protección de las mujeres, o más campañas preventivas se implementan, o más se visibilizan los casos ocurridas; con mayor ahínco los varones quieren hacerse notar a través de actos que violentan a las mujeres. Como si estuvieran en una absurda competencia por mostrar su hombría (de la forma equivocada).
No es digno de ninguna felicitación, cuando en este mundo hay mujeres que son obligadas a mutilar sus cuerpos para evitar sentir placer; cuando hay países con creencias tan radicales que someten a sus mujeres, sin darles ninguna libertad o derecho; cuando en algunos lugares hay mujeres usadas como moneda de cambio; cuando en nuestro país, hay 9 feminicidios al día; cuando hay padres que “venden” a sus hijas o las “casan”, a muy temprana edad; cuando los novios les exigen a las jovencitas a hacer cosas en contra de su voluntad; cuando hay menores infractores que han hecho daño y andan libres; cuando hay mujeres que son violadas, pero además se les hace creer que se lo buscaron o se lo merecían; cuando la brecha salarial sigue siendo desproporcionada; cuando la inequidad está presente en todo tipo de actividad humana; cuando las mujeres no tenemos lugar en la mesa de decisiones; cuando sigue firme el patriarcado; cuando a las mujeres se nos hace a un lado por creernos inferiores.
Por esas y muchas otras razones, este 8 de marzo no nos feliciten. Mejor busquen formas, maneras, foros, acciones, o conductas que llevar a cabo en lo individual, que tengan eco en lo social; para que ese tipo de cosas dejen de ocurrir. Hagan algo para que sus hijos no “le jalen las trenzas”, a la niña de al lado en el kínder. Ya que de una mínima acción tan simplista y ordinaria como esto, -que parece que estoy diciendo una tontería-; es que luego se va escalando a lo más grave. Y esos niños que inocentemente comenzaron con detalles que se dejaron pasar por alto, al ver que sus actos no tuvieron consecuencias, es que luego se convierten en violentadores.
Que no se mal interprete lo que quiero decir. No siempre sucede así. No es culpa de los padres, ni es su ejemplo, en muchos casos. Bien puede existir una familia estable, con un matrimonio que procura lo mejor a sus hijos, los cuida y los educa; y sin embargo, alguno de sus hijos resulta violentador. Lo mismo, -por el contrario-, en una familia desquebrajada, sin formación en valores y que de ahí salgan hijos que se convierten en ciudadanos de bien. No hay reglas generales en esto. Pero lo que sí es un hecho, es que debemos comenzar desde casa.
Lo que buscamos las mujeres, de manera específica durante el mes de marzo completo, es hacer valer nuestra voz, es exigir justicia, que se nos garanticen nuestros derechos. Queremos que se visibilicen los grandes problemas por los que atravesamos, para que haya grandes soluciones a los mismos.
Marchar, gritar consignas, pintar bardas, edificios o monumentos; son consecuencia de la falta de espacios, de respuestas, de justicia, de resolución. Aspiro a ver llegar el día en que nada de eso sea necesario; porque habremos llegado a una estabilidad, equidad e igualdad real y plena. Aunque sinceramente, no lo creo.
Ya es momento…
