El pasado jueves, cuando México inauguró el Mundial de futbol 2026, ocurrió algo que hacía tiempo no se veía. A la hora del partido muchas oficinas gubernamentales y de la iniciativa privada, hicieron una pausa laboral. En algunos lugares el juego se siguió desde las computadoras de trabajo; en otros se instaló un proyector para verlo entre compañeros, y hasta hubo sitios a los que llegaron con sus pantallas. En la Plaza del Ángel, cientos de personas se reunieron frente a una pantalla gigante y, por algunos momentos, la ciudad pareció moverse a otro ritmo.

Lo más curioso no fue el futbol. Fueron los gritos.

Primero se escuchó el estallido cuando cayó el primer gol de México. Después volvieron a escucharse cada vez que el equipo se acercaba al área rival. Bastaba con prestar algo de atención para darse cuenta de que esos gritos provenían de distintos puntos de la ciudad: de oficinas, negocios, restaurantes, casas y plazas públicas. Por unas horas, miles de personas estaban viviendo exactamente la misma emoción.

Y curiosamente, la ciudad lucía tranquila, como hacía mucho tiempo no se veía.

Mientras observaba aquella escena pensé que quizá lo que realmente celebrábamos no era solamente un partido. Tal vez estábamos celebrando algo mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más escaso; es la posibilidad de compartir al menos por un momento con los demás, con los amigos, compañeros de trabajo, vecinos, familia o incluso con personas a las que nunca habíamos visto.

Vivimos en una época en la que parece que todo tiene que ser extraordinario. Así vemos todos los días historias de viajes, éxitos profesionales, celebraciones y experiencias que parecen sacadas de una película. Sin darnos cuenta, terminamos comparando nuestra vida cotidiana con los mejores momentos a la de otras personas.

Tal vez por eso hemos comenzado a creer que la felicidad siempre está en el siguiente objetivo, en el próximo viaje, en el ascenso que todavía no llega; en la casa, en el carro o camioneta que queremos comprar o en la meta que seguimos persiguiendo.

Mientras tanto, la vida sigue ocurriendo y ocurre casi siempre en los lugares menos espectaculares.

Ocurre durante una comida familiar, en una conversación al final del día; en la llamada inesperada de un amigo; en la rutina que tantas veces criticamos y que tanto extrañamos cuando desaparece. Ocurre en esos momentos que parecen demasiado simples para ser importantes, pero que terminan convirtiéndose en los recuerdos que más valoramos.

Con los años descubrimos que buena parte de la felicidad estaba escondida precisamente ahí, no en los grandes acontecimientos ni en los momentos destinados a cambiar nuestra vida de un día para otro. La mayoría de las veces estaba en aquello que ocurría todos los días y que dábamos por hecho.

Hace más de siete siglos, Tomás de Aquino sostenía que la felicidad no consiste en las riquezas ni en los honores. Más allá del tiempo transcurrido, la reflexión conserva una sorprendente actualidad. Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a buscar más éxito, más reconocimiento y más bienes materiales, pero cuando las personas recuerdan los momentos más valiosos de su vida, rara vez hablan de aquello que poseían. Hablan de quienes estaban a su lado.

La amistad, la familia, la conversación y la compañía de quienes apreciamos siguen ocupando un lugar central en nuestra felicidad. Tal vez porque, a pesar de todos los cambios tecnológicos y sociales, hay aspectos esenciales de la naturaleza humana que permanecen intactos.

Quienes ya hemos recorrido algunos años sabemos que los recuerdos más importantes rara vez anuncian su importancia cuando están ocurriendo. Nadie toma una fotografía de una tarde cualquiera pensando que la recordará treinta años después. Sin embargo, muchas veces son precisamente esos momentos los que permanecen cuando todo lo demás ha pasado.

Quizá por eso los mundiales dejan huellas que van mucho más allá de los resultados. Con frecuencia olvidamos los marcadores exactos, pero recordamos dónde vimos aquel partido, con quién lo celebramos o quién estaba sentado a nuestro lado cuando llegó aquel gol. Recordamos las reuniones familiares, las conversaciones, las bromas y las emociones compartidas.

En Chihuahua muchos todavía recuerdan las celebraciones en la glorieta de Pancho Villa, las caravanas de vehículos recorriendo la ciudad, los abrazos entre desconocidos y esa sensación de que, por unas horas, todos formaban parte de algo más grande que ellos mismos. Lo que permanece en la memoria no suele ser el dato estadístico ni el resultado final. Lo que permanece siempre son las personas.

Tal vez por eso vale la pena hacer una pausa de vez en cuando. No para renunciar a nuestras metas ni a nuestros sueños, sino para recordar que una vida plena no siempre está hecha de grandes acontecimientos. Muchas veces está construida con pequeñas cosas que ocurren todos los días y que, precisamente por ser tan habituales, dejamos de valorar.

Quizá durante los próximos días volvamos a escuchar esos gritos que recorren la ciudad cada vez que México salta a la cancha. Volverán las reuniones improvisadas, las pantallas en oficinas, los mensajes entre amigos y las conversaciones que comienzan hablando de futbol y terminan hablando de muchas otras cosas. Y tal vez ahí exista una lección que vale la pena conservar cuando termine el Mundial: que, en medio de una época acelerada y llena de preocupaciones, seguimos necesitando espacios para encontrarnos, compartir emociones y recordar que la vida también está hecha de esos momentos sencillos que nos unen.

Qué bueno que el mundial, al final nos vino a recordar que las cosas más sencillas suelen ser también las más importantes.

Por lo pronto a esperar el próximo duelo. Se enfrentarán los dos líderes del grupo. Si México logra ganarle a Corea del Sur, prácticamente tendría un pie en la siguiente fase. Existe el ánimo, el entusiasmo, el compromiso y las probabilidades que avancemos a semifinales, más allá del ansioso 5to juego.