Según la dirigente estatal de Morena, Brighite Granados, ni a su familia le informó lo que le ocurrió el 29 de mayo, cuando autoridades migratorias de Estados Unidos impidieron su acceso a ese país y le quitaron su visa, documento casi tan obligatorio como la credencial del INE para quienes viven en la comunidad Juárez-El Paso.

De ahí que su versión pública sobre el escándalo, que vino a sumarse a la cuenta morenista de la mala relación con la administración Trump, haya sido la de suponer que la derecha republicana gobernante está vinculada a la panista mexicana opositora, tanto que hasta los vecinos filtraban información sobre casos como el suyo.

Más allá del impacto real, político y administrativo, de la medida aplicada a Granados de la Rosa, la paranoia morenista también alcanzó a los grupos internos del partido, divididos entre la senadora con licencia, Andrea Chávez, aliada de Brighite; y Cruz Pérez Cuéllar, alcalde de Juárez que no ha ocultado sus críticas a la conducción sesgada del partido en el estado.

Pero hay más intereses a nivel país, por encima de ambos proyectos a la gubernatura, que no propiamente van por el mismo rumbo del de la dirigente nacional, Ariadna Montiel, y ni se diga pequeños grupúsculos dentro del partido que bien pudieron ser soplones o filtradores del golpe a Granados. Pero sólo ella sabe, realmente, a quién le comentó lo ocurrido y cuándo lo hizo.

El caso es que cuando acudió, el domingo pasado, al festejo de los dos años del triunfo de la presidenta Claudia Sheinbaum en la X de Juárez, a sumarse a los más de 40 mil feligreses que se congregaron, ella ya sabía del escándalo en gestación. Pocos días después vino la sacudida.

Así, la historia política de esta semana queda entre la intriga y la traición morenista, por una parte, y ajustes de cuentas de los rivales, entiéndase Washington de aquel lado y el panismo de este otro, que eligió para disparar a la dirigente estatal azul, Daniela Álvarez.

Y luego, aunque la morenista enseñó documentos oficiales de Estados Unidos para sostener que su visa había sido cancelada por una añeja infracción vial, nadie en la clase política creyó que el asunto terminaría reducido a un tema de tránsito, por más penalizadas que se encuentren ese tipo de faltas.

Nadie creyó, pero no porque sea imposible, sino porque el contexto en el que ocurrió sí hizo imposible separar el hecho de la tormenta que se ha formado entre la administración estadounidense y el morenismo mexicano.

***

Primero apareció, hace meses, el caso de Marina del Pilar, gobernadora de Baja California, cuyo exesposo, Carlos Torres, ha sido señalado de mantener nexos con la delincuencia organizada en la franja fronteriza.

Después de ello han salido presuntos listados del Departamento de Estado norteamericano o del Departamento de Justicia, con señalamientos que van desde los más peregrinos hasta los que pueden considerarse posibilidades reales. Desde Tabasco hasta Juárez, por mencionar genéricamente a todos cuantos quisieran ver en la cárcel o fuera del poder los panistas que más odian al fundador del movimiento, Andrés Manuel López Obrador.

Ya en esta semana que recién terminó, llegaron las versiones sobre los gobernadores morenistas de Sonora y Tamaulipas, Alfonso Durazo y Américo Villarreal, con publicaciones de medios estadounidenses sobre el retiro de su visa, a través de filtraciones muy precisas en las que podían olerse las manos de las autoridades estadounidenses. Sin visa, irían en la fila del sinaloense Rubén Rocha Moya, acusado de narco directamente.

Apenas estaban por digerirse los señalamientos a los mandatarios estatales cuando, de repente, en Chihuahua, surgió el rumor de que la presidenta estatal de Morena había llegado el viernes pasado a la garita de Santa Teresa y había sido enviada a segunda revisión para escuchar que su documento de entrada a EU quedaba cancelado.

La coincidencia temporal fue demasiado escandalosa para pasar inadvertida, más allá del morbo sobre quién pasó el chisme a la casa panista. Porque la primera en oler sangre fue la presidenta estatal del PAN, quien desde Juárez y acompañada del dirigente municipal, Ulises Pacheco, lanzó el socarrón reto contra Brighite.

La retó a que enseñara la visa; que hiciera un live desde El Paso; que explicara lo sucedido, mientras crecía la versión sobre la morenista y ella, el miércoles al mediodía, llamaba a rueda de prensa a las tres de la tarde, horario que nomás puede ser elegido cuando van a soltar una bomba o hay un asunto de atención urgente.

***

Los más desconfiados dentro del morenismo chihuahuense empezaron a ver fantasmas. Unos señalaron hacia adversarios externos y otros voltearon hacia dentro. Porque Morena no es precisamente una congregación de hermanitas de la caridad, sino un amasijo de intereses.

Ejemplo claro de ello es que Granados, morenista de cepa, es la suplente del senador expanista Javier Corral, el ciudadano estadounidense que fue gobernador de Chihuahua; el mismo que fue de mandadero con su colega de Sinaloa, prófugo para la justicia de EU, Enrique Inzunza, otro protegido de la 4T.

Enjuagues de ese tipo son causa de que los grupos internos morenistas choquen siempre. Hoy viven en una tregua -que más bien es guerra fría- a raíz del choque de la 4T con la gobernadora panista Maru Campos, pero unidos como para no pelear no lo están. Hay tantas corrientes y grupos casi como la cantidad de militantes.

En ese marco, el alcalde Pérez Cuéllar volvió a colocar su agenda en el plano binacional al encabezar el viernes, junto al alcalde de El Paso, Renard U. Johnson, la actualización del Acuerdo de Ciudades Hermanas entre ambas comunidades fronterizas. Explícitamente no dijo: “yo sí puedo cruzar sin problemas”, pero ese fue el mensaje.

Al tiempo y para no desaprovechar el vuelo, aguerrida como es, la panista Álvarez dirigió las baterías después hacia la senadora Chávez, a la que también retó a irse a comer una Whataburguer y tomarse la foto desde la ciudad texana, con el exceso, de muy mal gusto, de hacer referencias al embarazo de la legisladora.

Ese tipo de elementos y tantos más sirven para alimentar las teorías más extravagantes sobre qué pasó con Brighite y cómo comenzó a conocerse lo ocurrido. Desde la guerra interna, pues, a la conspiración política más amplia, que implicaría una buenísima y peligrosa relación del panismo con los republicanos que le habrían dado esa ventaja estratégica al albiazul.

Lo último -una alianza entre el PAN chihuahuense, la ultraderecha estadounidense y sectores de la administración Trump para golpear a Morena y debilitar a Sheinbaum- suena exagerado, así lo crean con fervor los morenistas más radicales. Suena exagerado y quizá lo sea... o quizá no.

***

Así también, exagerado, habría parecido hace apenas unos meses imaginar que gobernadores en funciones del partido oficial serían exhibidos públicamente por investigaciones estadounidenses o por cancelaciones de visas. Parecía más golpeteo hueco de la derecha resentida por la ola de derrotas que padece desde 2018.

Sin embargo, ya van los de Sinaloa, Sonora y Tamaulipas, de un listado que seguramente debe retumbar con fuerza en la finca La Chingada, de donde también en esta semana salió el escrito de López Obrador en respaldo de la presidenta y con añoranzas sobre el Trump del primer mandato.

De esta forma, lo verdaderamente importante no son las visas que desatan los escándalos; eso nomás es para alimentar el morbo, aunque esos documentos sean un arma de las que dispone Washington para clarificar que su mensaje e interés ya rebasó los aranceles, la migración y el fentanilo, para entrar de lleno al terreno político.

Las filtraciones sobre sus decisiones administrativas para la entrada al país; las investigaciones del Departamento de Justicia; los señalamientos sobre vínculos con organizaciones criminales y la presión pública son el nuevo arsenal que muestra la administración Trump, como si todo ello fuera uno más de sus 11 enormes portaaviones de propulsión nuclear que desplaza por aguas internacionales cada que le da su gana.

En México, el obradorismo-claudismo interpreta la ofensiva como intervencionismo o una operación para debilitar a Morena. Y tal vez sí es una reedición moderna del viejo garrote norteamericano aplicado décadas atrás, en la hegemonía priista, antes de que el tricolor transitara a la tecnocracia neoliberal, guiado por EU.

Pero en Washington seguramente tienen otra lectura. No han de considerar que intervienen, sino nomás que presionan, dos conceptos diferentes en la nueva doctrina “Donroe” que dota de plenos derechos a EU sobre el mundo, especialmente sobre el continente.

Lo fascinante de todo -lejos de la paranoia, las teorías conspirativas y los exageradamente engolados discursos sobre la soberanía- es que nadie sabe hasta dónde llegará esta historia.

Más allá de las visas, pueden llegar investigaciones, testimonios, acusaciones, extradiciones (y hasta extracciones), expedientes judiciales y sentencias drásticas de la Corte del Distrito Sur de Nueva York que, pueden corroborarlo “Chapos”, “Mayos”, “Menchos” y narcopolíticos tricolores y panistas, es el tribunal anticorrupción más eficiente de México.

En fin. En estos días, dentro del morenismo, muchos parecen más ocupados en descubrir quién sopló… que en averiguar qué es exactamente lo que sabe Washington y lo que hará con eso que sabe.