
Hay algo muy curioso que ocurre cada cuatro años: de pronto un partido de futbol logra lo que muy pocos consiguen, que es detener la rutina. En las oficinas gubernamentales y hasta en establecimientos comerciales, a los jefes y trabajadores les da por instalar pantallas; en los restaurantes amplían sus horarios para que se reúnan las familias que no lo hacían desde hace varios días; los amigos organizan encuentros con las típicas carnes asadas y, hasta quienes normalmente no siguen el futbol, terminan preguntando a los cercanos ¿a qué hora juega México?
Basta una victoria del equipo local para que las calles se llenen de caravanas, banderas y el sonar de los cláxones vehiculares. Hay abrazos entre desconocidos, gritos desde las ventanas y plazas públicas, lugares repletos de personas que celebran como si todos se conocieran de toda la vida, por eso resulta inevitable preguntarse ¿qué es exactamente lo que estamos festejando?
Quizá no sea únicamente un triunfo deportivo. Tal vez celebramos la oportunidad de sentirnos parte de algo que, por un momento, nos une por encima de nuestras diferencias. En un país acostumbrado a discutir siempre por política, ideologías, redes sociales o cualquier tema imaginable, descubrir que millones de personas pueden compartir la misma emoción al mismo tiempo tiene algo de extraordinario.
Pero también ocurre algo más: durante noventa minutos pareciera que el país entero hace una pausa. Las conversaciones dejan de girar alrededor de la violencia, la inseguridad, la economía, la polarización política o los problemas cotidianos, aunque nada de eso desaparece, simplemente deja de ocupar momentáneamente el centro de nuestra atención.
Y quizá eso dice más de nosotros que del propio futbol.
Vivimos en una época donde las malas noticias llegan una tras otra. Abrimos el teléfono y encontramos conflictos internacionales, homicidios, crisis económicas, desastres naturales y una interminable lista de preocupaciones, por eso no es extraño que millones de personas agradezcan en el fondo, aunque sea por unas horas, la posibilidad de emocionarse con algo distinto.
El problema aparece cuando confundimos esa pausa con la realidad.
El lunes volverán las prisas, los pendientes y las noticias que quedaron en espera. Volverán las familias que siguen buscando a un ser querido; en los hospitales se verán miles de personas esperando respuestas a sus carencias; las escuelas con sus desafíos y las comunidades que siguen esperando soluciones. Ninguno de esos problemas habrá desaparecido mientras rueda el balón.
Sin embargo, sería un error concluir que el futbol sólo sirve para distraer. También nos recuerda algo que con frecuencia olvidamos y es el hecho que todavía somos capaces de reunirnos, convivir y celebrar juntos; no seguir divididos… entendemos que quizás sea por estrategia de políticos que únicamente buscan sus intereses personales.
Todavía existen momentos que logran despertar un sentimiento de pertenencia que pocas veces aparece en la vida cotidiana.
Tal vez por eso muchos desearían que el Mundial no terminara nunca. No únicamente por la ilusión de ver a México avanzar en el torneo, sino porque, mientras rueda un balón pareciera que recuperamos la capacidad de sentirnos parte de un mismo país.
Miles de personas salen a las calles, ondean la misma bandera y cantan el mismo himno. Durante unas horas desaparecen las diferencias políticas, sociales o económicas. Al menos por un momento pareciera que todos remamos en la misma dirección.
La pregunta entonces resulta inevitable. Si somos capaces de unirnos para apoyar a once jugadores durante noventa minutos, ¿por qué nos resulta tan difícil hacerlo para construir un México más seguro, más justo, más próspero y con mayores oportunidades para todos? ¿Qué pasaría si esa misma pasión que hoy llena las plazas públicas, las glorietas y las avenidas se reflejara también en el respeto por la ley, en el cuidado de nuestras ciudades, en la participación ciudadana, en la educación de nuestros hijos o en el compromiso cotidiano con nuestro país?
Hace más de seis décadas, el presidente estadounidense John F. Kennedy, pronunció una frase que sigue conservando plena vigencia: «No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregúntate qué puedes hacer tú por tú país.» Tal vez ahí se encuentre la diferencia entre la emoción pasajera y el verdadero patriotismo.
Celebrar un triunfo deportivo es natural y necesario, todos necesitamos momentos de alegría compartida, sin embargo el verdadero desafío comenzará cuando el árbitro marque el final del partido, del juego, del encuentro entre ambos equipos. Entonces descubriremos sí esa capacidad para unirnos era únicamente el entusiasmo de un Mundial o si somos capaces de convertirla en el impulso para construir, entre todos, el México que durante tanto tiempo hemos anhelado. Ese sí sería el campeonato que valdría la pena conquistar.
¡Vamos México!... Hoy ganamos de nuevo.