Me preguntó un pupilo: ¿cómo puedo diferenciar entre la verdad y las mentiras? Inmediatamente pensé en la política. Es un muchacho inteligente, en sus veintes. Curioso intelectualmente, pero ya a su edad, considero yo, debería estar mejor formado. Especialmente porque sé que es multilingüe, multicultural y de familia privilegiada.
Actualmente vivimos en un mundo muy dividido políticamente, lleno de tensiones y conflictos. El poder en EU se ha retorcido hacia la derecha extrema, que alimenta el odio, el miedo y la ignorancia para adquirir mayor dominio imperial mundial. En México, la izquierda promete desarrollo, progreso y hasta dinero con tal de adquirir más poder también. Ambas corrientes filosóficas, aunque opuestas en teoría, utilizan estrategias parecidas para ganar adeptos: la confrontación, la mentira, la de dividir y la de arruinar la reputación de sus oponentes, y la de censurar a la prensa por medios legales. Escribo esto entendiendo que un país es mucho más poderoso que otro, económica y militarmente. Basta mencionar la relación bilateral para entender la enorme presión que Trump ejerce sobre la presidenta, aunque a veces mienta. Sin embargo, ninguna corriente política ha demostrado ser mejor. En México y en Chihuahua, tanto un partido como otro han desfilado políticos corruptos de todos los niveles entre sus filas, y el crimen organizado domina grandes territorios utilizando el miedo, la intimidación, la violencia y la plata. Un hecho que utiliza EU para justificar sus tendencias invasoras en Latinoamérica, con sus discursos justicieros, cuando sabemos que lo que realmente motiva a sus dirigentes es la ambición personal y el miedo a perder más dominio mundial frente a otros países con historiales comunistas, que siguen avanzando a pasos agigantados. Al norte del río Bravo, la corrupción también existe, pero es diferente. Está en las farmacéuticas, en la mercadotecnia, en su presidente —quien negoció contratos millonarios para su familia con los árabes— y no se diga en su sistema legal —me refiero en la práctica—, aunque sus propios actores se cieguen a ello por sentirse superiores, moralmente hablando. Allá no hay mucha justicia para los pobres que digamos… pero tampoco acá, alguien dirá. La pregunta de mi pupilo me puso a pensar en todas las nuevas generaciones, en las que no saben distinguir bien entre un discurso diseñado para causar sentimientos o entre una narrativa mediática, ambos recursos literarios que se pueden utilizar de buena o mala manera para engañar, convencer o al menos influenciar a los lectores y consumidores. Otro gran recurso es la mercadotecnia, que puede generar mensajes constantes hasta integrarlos al subconsciente colectivo, para hipnotizarnos a todos, estimulando nuestros instintos naturales de inseguridad económica, provocando tendencias de consumo y alimentando la avaricia hasta enfermarnos o volvernos adictos. “A veces siento que es muy fácil que me crea lo que se dice”, me platicó Isaías en un momento de conexión, como le llamaré. Le advierto: a partir de ya, mi opinión se vuelve más psicológica y personal, y puede incomodarle. Su comentario provocó que pensara en cuántas personas realmente tienen la capacidad de leer y de entender escritos desde una perspectiva crítica, analítica y sin dudar de sus propias conclusiones —algo peligroso también, si no hay autocrítica, evaluación y corrección—, sin sentirse manipulados, ineptos o, de plano, no entender lo que escuchan en su mente. Aquí me refiero ya a cualquier generación sin experiencia en decodificar los mensajes o el propósito de lo que leen, y mucho menos entender más allá de las palabras o entre líneas. Resulta que este muchacho está herido mentalmente y del alma, porque, a través de otro gran programador mental, la religión, fue expuesto a terapias de conversión para hombres gays cuando era más joven, y quedó muy confundido. Su desintegración del psiquis fue provocada, primero, por un currículo educativo de tendencias izquierdistas y, luego, por prejuicios en su misma religión y familia. Pues resulta que tuvo muchos problemas con el alcohol y se tornó violento. Ahora enfrenta cargos penales. Nosotros hemos sido testigos de su deconstrucción mental, poco a poco, pero su recuperación es lenta. Al menos ahora sabe que cualquier decisión individual que tome, el amor sin condiciones es lo más importante. El problema, creo yo, es que estamos rodeados de información en exceso, que puede ser benéfica en buenas manos o perjudicial en otras. Los jóvenes de corazón noble están siempre navegando entre sus inseguridades y complejos, algunos autoadquiridos y otros provocados por estímulos externos. Pero no son solo los jóvenes nobles quienes son víctimas vulnerables de los opresores, sino que todos, en gran medida, estamos expuestos al engaño y podemos quedar confundidos. Las falsas promesas de felicidad espontánea están por doquier, y las identidades individuales, que son construcciones del ego reactivo, crecen y nos encadenan en nuestro propio cuerpo. El alma se parte. La integridad se desvanece y compartimentalizamos nuestra mente y emociones (una técnica extrema que las agencias de inteligencia militar utilizan para entrenar a sus militares en caso de tortura o dolor intenso, pero que deshumaniza) para enfocar nuestras energías hacia sectores específicos: trabajo, relaciones y tiempo libre, reprimiendo nuestros impulsos en el camino y desconectando nuestras emociones y pensamientos, lo que finalmente nos programa y luego nos enferma, especialmente si no hay una formación sólida de valores y no aprendemos a crear autoestima desde la niñez, reforzada con acciones estimables. Tampoco es muy bueno guardar secretos, como los confesores saben. Claro está, unos están más afectados que otros, pero nadie se escapa del aprendizaje de la vida. Todos deseamos cosas. Todos tenemos defectos de carácter. Se trata de hacer un autoanálisis constante para mejorar día a día. Si usted lee este artículo, entonces ya pertenece a una clase educada, política o económica privilegiada. Permítase reflexionar en este momento. Tómese un instante para pensar en cómo desea influir en la mejoría social e individual. Muchos jóvenes terminan deformados porque un adulto enfermo contagia a otro, y la cadena sigue, hasta que alguien decide liberarse de los encadenamientos mentales negativos, las obsesiones destructivas, los vicios y los impulsos dañinos, para rescatarse a sí mismo y, si es posible, enseñar a otros con el buen ejemplo. De eso se trata la educación, y de eso debería tratarse la religión —palabra que proviene del latín “religio-onis”: vincular o atar fuertemente al ser humano con lo divino, o “relegere”, repasar o mostrar respeto por lo sagrado—. En otras palabras, religarse con Dios. Para no caer en excesos y corrientes extremas que solo provocan división, hay que hacer una autoevaluación de cuáles son las motivaciones y esperanzas reales de nuestras creencias, caso por caso. Hay que sentar bien los pies en la tierra, pero el alma en lo divino. Da resultado. La fe positiva tiene resultados benéficos. Mas es algo muy individual, porque la fe ciega, si lo piensa bien, también alimenta prejuicios. La verdad absoluta es peligrosa, porque no da espacio a diferentes maneras de pensar, sentir y actuar. Solo basta ver cómo el movimiento nacionalista cristiano de EU ha enfermado y dividido a su pueblo, y cómo la extrema izquierda confunde a las personas con su currículo ateo. Por eso a veces es mejor ser la oveja negra del rebaño, una que cuestiona, que investiga, que no sigue ciegamente a los líderes solo por su carisma, verbo o apariencia; que analiza y prueba, aunque en el camino se equivoque. De eso se trata aprender. Impóngase sus propios límites y no rompa sus propios valores. Para entender cómo, en la política y en las religiones establecidas actualmente, el mundo está repleto de motivaciones económicas y de poder. Es difícil discernir entre la verdad y las mentiras. La avaricia, los deseos imperiosos y los impulsos descarriados dominan nuestras acciones inconscientemente, nos guste o no. El mundo del inconsciente es la parte del iceberg en el mar que no se ve, que reside en las profundidades y en lo oscuro. En el mundo de lo externo, siempre hay que preguntarse: ¿para qué escribieron esto que leo, escucho o veo? ¿A qué intereses conviene? ¿Quién se beneficia? ¿A quién perjudica? ¿Qué puedo aprender? Si es posible, tratar de filtrar las cosas —sobre todo en la política, o sea, en todo lo humano— desde una perspectiva de poder o de beneficio económico, para luego meditar en silencio. Con la práctica, se va desarrollando el intelecto y las habilidades analíticas y críticas. Claro está, siempre habrá personas con una habilidad cognitiva superior a otras; así es la naturaleza. Pero es tan sabia que todos tenemos dones y virtudes que nos ayudan a cumplir con nuestras funciones instintivamente también. Para decisiones colectivas, como sociedad, la clave está en desarrollar empatía por el otro, priorizando primero el bienestar colectivo, seguido muy de cerca después por el bienestar individual. Todos necesitamos de todos. Yo, por lo pronto, políticamente me mantendré en el camino de en medio, primero Dios. Jerry79912@yahoo.com