El Foro Económico Mundial de este año confirmó un viraje profundo en la arquitectura del discurso internacional. La globalización dejó de presentarse como un proceso expansivo y lineal para ser reinterpretada bajo la lógica de una interdependencia marcada por vulnerabilidades diferenciadas. En Davos, esta constatación se tradujo en un consenso emergente: los tratados amplios ya no funcionan como anclas de estabilidad, sino como mecanismos de sometimiento en un entorno donde las potencias han demostrado su disposición a reinterpretarlos o renegociarlos según sus intereses coyunturales.

La convergencia discursiva entre varios jefes de gobierno apuntó hacia un modelo de cooperación selectiva, sustentado en acuerdos modulares, flexibles y orientados a sectores estratégicos. Lejos de las simplificaciones teóricas, la discusión internacional no sostiene que integración profunda, soberanía regulatoria y estabilidad democrática sean mutuamente excluyentes. Lo que reconoce es que su coexistencia demanda instituciones fuertes, diversificación económica y márgenes reales de decisión. En este contexto, los Estados medianos están optando por preservar espacios de autonomía aun a costa de limitar la profundidad de su integración.

En este marco, la intervención del primer ministro de Canadá destacó por su claridad conceptual. Su planteamiento se inscribe en una corriente que reconoce tres pilares para los países no hegemónicos:

1. Soberanía regulatoria como condición para la competitividad, en línea con la noción de “autonomía estratégica abierta” que impulsa la Unión Europea.

2. Diversificación de alianzas para reducir vulnerabilidades sistémicas, especialmente en cadenas de suministro críticas.

3. Cooperación simétrica, entendida como la capacidad de cada Estado para preservar márgenes de decisión frente a actores con mayor poder estructural.

Este enfoque contrasta con la lógica estadounidense de los últimos años, caracterizada por la renegociación permanente como instrumento de presión. La potencia ha convertido los tratados en herramientas de influencia, no en marcos de certidumbre. La asimetría no es un accidente: es un diseño funcional. La amenaza de reinterpretación o modificación unilateral opera como mecanismo disciplinario para los países dependientes, reforzando la jerarquía del sistema internacional.

La experiencia comparada confirma que los Estados con instituciones sólidas, economías diversificadas y crecimiento sostenido pueden sostener esquemas de integración sin perder autonomía decisional. Corea del Sur ha construido resiliencia mediante políticas industriales activas y una sofisticada política tecnológica; Canadá equilibra integración con soberanía regulatoria gracias a su fortaleza institucional; los países nórdicos combinan apertura comercial con sistemas fiscales robustos que amortiguan choques externos. En todos estos casos, la integración se convierte en interdependencia gestionada, no en subordinación.

México, sin embargo, enfrenta un escenario distinto. Su integración con Estados Unidos es profunda, pero se sostiene sobre bases estructurales frágiles:

• Dependencia comercial extrema, con más del 80% de las exportaciones concentradas en un solo mercado, lo que limita la capacidad de diversificación estratégica.

• Vulnerabilidad energética, que restringe la autonomía en sectores clave y expone al país a presiones regulatorias.

• Insuficiente diversificación productiva, reflejada en un índice de complejidad económica estancado.

• Crecimiento económico famélico o nulo, incapaz de generar capacidades internas.

• Instituciones regulatorias debilitadas, que reducen la capacidad del Estado para defender intereses nacionales en procesos de negociación.

El T-MEC, si bien provee certidumbre jurídica, también impone restricciones significativas en materia de política industrial, energética y regulatoria. En un entorno donde la potencia puede reinterpretar o condicionar el acuerdo, México carece de amortiguadores internos para responder con autonomía. La integración, en estas condiciones, opera más como camisa de fuerza que como plataforma de desarrollo.

Davos dejó claro que el orden económico internacional se dirige hacia un multilateralismo fragmentado, donde los países medianos deberán construir capacidades internas para evitar quedar atrapados en relaciones asimétricas. La soberanía, en este nuevo escenario, no se garantiza mediante discursos ni tratados, sino mediante la fortaleza institucional, la diversificación económica y la capacidad de formular políticas públicas sin tutela externa.

México enfrenta una disyuntiva estructural: o emprende un proceso sostenido de fortalecimiento interno —industrial, tecnológico, fiscal e institucional— o continuará operando en un marco donde la autonomía es más aspiración que realidad. Davos no ofreció soluciones, pero sí un diagnóstico contundente: la soberanía del siglo XXI depende menos de la integración y más de la capacidad de cada país para sostenerla desde dentro.