Mantra del siglo: No creas en nada y duda de todo
En un excelente artículo de María José Solano[1] expone el caso de muchas madres que del abandono pasan a la soledad y luego a la nada al convertirse en madre de nadie. Y la nada es nada. Es la vorágine de un estado y actitud.
Dice que el día que tu hijo cumple 18 años no se emancipa: te expulsan. Te expulsan como madre. No de su vida afectiva –eso vendrá después– sino de algo mucho más frío y contundente: de su existencia administrativa. Es como una forma moderna de perder a un hijo sin que se haya ido a ninguna parte. No es una tragedia épica ni un drama íntimo: es un trámite. Un clic. Un cambio de estado en un sistema informático.
“Hasta ayer eras todo. La cuenta bancaria la abriste tú. La alimentaste tú, literalmente, con transferencias. Lo llevabas al médico, al entrenamiento, al dentista. Le abriste la cuenta digital, firmaste excursiones, permisos, autorizaciones infinitas. Pagaste la ropa, el Uber, el veterinario de su perro (que también alimentas tú), el médico de cabecera, el alquiler emocional y económico de su vida.
“Usaste tu coche para recogerlo a él y a sus amigos. Pusiste tu firma como aval bancario para la residencia de estudiantes, para el piso compartido, para todo aquello que él todavía no puede sostener solo. Y lo hiciste sin cuestionarlo, porque eso es ser madre. Porque nadie te explicó que estabas trabajando para un despido automático.
Luego cumple 18. Y de repente: la nada. Te eliminan motu proprio de la cuenta bancaria. Te expulsan del correo académico. Dejas de existir en los sistemas que tú misma activaste. Tu dinero sigue siendo necesario, tu responsabilidad sigue intacta, tus impuestos siguen corriendo, pero tu acceso desaparece”.
Y una madre así muchas veces deja de tener sentido por la vida. Considera que su vida está vacía y lamentablemente la historia se repetirá como ciclo cuando los hijos sean padres y tengan hijos. El rumbo y la dirección que tenías deja de ser brújula y motivo.
Pasas a ser nada. Esa nada azota ahora. De la nada de unos padres que antes fueron todo para los hijos: respaldo, consejo, sabiduría, refugio, compañía y protección, pasan a ser un cero a la izquierda. Y esa nada conduce a otra nada que complementa un desastre existencial, el llamado nihilismo, de abandonar valores por considerarlos anquilosados, de dudar de todo y no creer en nada.
Es el mantra y desgracia de nuestro siglo: duda de todo y no creas en nada o la desconfianza mutua y a la defensiva: piensa mal y acertarás. Y de la nada emocional se ha transitado a la nada existencial e ideológica. Suceden cosas inéditas e inesperadas en el país y muchas generaciones nuevas anda en la nada, por no decir en la baba. En un desesperante individualismo, ajenos a todo lo social y político, a lo que daña a la sociedad, pero conectados por horas a sus redes, a su círculo de contactos, creando una galaxia propia y lejana.
Es el nihilismo de nuestra época.
Se dice que el que nada debe, nada teme, pero también nada sabe y nada le interesa. Nada en la nada, y la nada, nada da y por lo tanto caemos en un vacío que le llaman existencial porque su existencia está hueca, sin sentido, rumbo o destino.
Una vida sin sentido no vale la pena, repetían viejos filósofos para remarcar que los seres humanos somos seres teleológicos que significa visualizar más allá de lo meramente material. La palabra "teleología" deriva del griego télos, que significa meta, razón, objetivo y lógos, que significa razón o explicación. La teleología es, en general, la ciencia de los propósitos que tiene una cosa, ver más allá, hacia adelante y por supuesto tener un sentido de la vida y de las cosas. Saber a dónde vamos y poder ir, ver más delante de lo que nuestra vista alcanza a ver.
Es una facultad humana, pero también es una deficiencia porque responde a una pereza del alma en no esforzarnos en creer y elevar la vista al cielo.
Si tenemos un origen natural y espiritual, debemos de tener también un destino en el mismo sentido como una de las principales diferencias con los animales. No creer en nada se le llama nihilismo, que es una corriente que cada día toma mayor expansión.
La palabra nihilismo tiene su origen en la palabra nihil que en latín significa nada y si le agregamos el sufijo ismo, entonces es a postura o doctrina de la nada.
Y vivir en la nada o creyendo en nada es un estado de muerte del alma porque carece de expectativas o de metas.
A medida que vamos sometiéndonos de manera voluntaria a una tecnodictadura nos vamos alejando de certezas y en especial de la fe. Tener fe en algo o alguien es una forma de darle sentido a la vida; ver más delante de nuestra frente es tener un sentido de la vida; creer en potencializar el alma en su capacidad de trascender.
Hay muchos nihilistas que presumen no creer en nada en una actitud de soberbia intelectual presumiendo que supuestamente son libres de ataduras, prejuicios y dogmas, aunque en el fondo sufren un vacío. La nada da nada.
La gran diferencia entre el humano y el animal, entre otras cosas, es la capacidad de trascender o ir más allá de lo meramente material para conectar lo que tiene sentido y razón de ser, por lo que se conoce también como trascendencia espiritual porque superan límites más allá de la experiencia ordinaria.
Y lo más importante es la búsqueda de un sentido de la vida para encontrar un fin y un propósito de dejar un legado o una huella. Sabemos que vamos a morir, pero sería terriblemente decepcionante dejar esta vida sin rastro o memoria de lo que hicimos o intentamos hacer.
Si bien, no somos perfectos, sí somos perfectibles y eso mismo nos permite hacer planes y proyectos de mejoramiento para lograr ser felices al lograr metas y propósitos. No hacerlo nos ha sometido a una depresión y sentimiento de fracaso porque al no proyectar nada, nos quedamos en la nada. Vaciamos el interior en la nada, perdemos el sentido y gusto por la vida. Se apaga la chispa de la alegría.
Caemos en eso que mencionamos: el nihilismo.
Entre las características principales del nihilismo está la ausencia de sentido convencidos de que la vida humana y el universo no tienen ningún propósito ni destino predeterminados. O sea, vamos en la nebulosa, perdidos por el mundo, viendo pasar ideas, posturas y convicciones sin adherirse a nada porque están incapacitados para creer.
Otro pilar de ese nihilismo es el rechazo a los valores, negando los valores supremos, religiosos, morales y dogmáticos, por considerarlos estructuras humanas sin fundamento objetivo.
Vivir en un nihilismo es vivir en la desesperación y apatía así como una inacción desganada. Da lo mismo vivir o morir, querer o ser querido porque no existe la voluntad de generar y creer en valores como la amistad y el amor.
Sufrimos una epidemia de depresión buscando remedios para abatir la ansiedad, para dejar de sufrir de soledad y pesimismo buscando cura en lo externo cuando el mal está dentro de nosotros.
Una sociedad incrédula es una sociedad triste y desalmada, que carece de alma, y se encierra en dispositivos buscando una solución que calme su desazón por la vida. La nada es la angustia y cuando nada hay, no vale la pena existir y se buscan puertas falsas.
El nadaimporta o el no me importa describe un rechazo o negación de valores absolutos y la sensación de vacío ante la vida. Y ese nadaimporta se va normalizando porque no se cree en nada. Y la consecuencia es que así vemos la vida: in propósito ni sentido, por eso, muchas personas prefieren morir.
1- SOLANO, María José (2026) Madre de nadie, https://ethic.es/madre-de-nadie, 19 de enero de 2026, Ethic, España,
