Afirmé en la pasada entrega que la caída de Nicolás Maduro tiene demasiadas lecturas que van de lo jurídico a lo político, pasando por lo diplomático, económico o social; y que cada una de éstas podría resultar “plausible” si en ello se insiste, empero que amenaza con que el lector pierda el enfoque; continuamos: desde el derecho, hablé ya de la vertiente internacional, por llamarla de algún modo, y hacía referencia a la persecución penal. Creo que ésta debe ser la más fácil de entender.

Primero, porque los Estados Unidos no reconoció el resultado de la elección efectuada en julio de 2024; en ese sentido, el secretario de Estado, Antony Blinken, exigió “que cada voto se cuente de manera justa y transparente» tras elecciones en Venezuela. ‘Nos preocupa seriamente que el resultado anunciado no refleje la voluntad ni los votos del pueblo venezolano’”; así que no, para los Estados Unidos no se trata, ni de chiste, de un país soberano ni —siguiendo con el lenguaje mamón de los morenistas— de un “presidente legítimo”. Maduro, para los gringos, ni es presidente ni es nada, apenas, un mentecato que presume de ser lo que no es.

¿Entonces? A Maduro no lo tocaron por ser un dictador; los dictadores sobran y varios son invitados frecuentes a foros internacionales; ni tampoco por ser “socialista” (la ideología exige coherencia), porque tarados de esos también abundan y los estadounidenses no se han ocupado de ellos; piénsese en México, Brasil, Cuba, Nicaragua, etc. A Maduro lo cazaron por narco, por delincuente, por ser el líder de una estructura criminal con control territorial.

En tercer lugar, el orden jurídico estadounidense permite, mediante el 8 U.S.C. § 1189 Code, denominado: “Designation of foreign terrorist organizations”, que el Secretario de Estado pueda designar una organización como Foreign Terrorist Organization (FTO), si cumple con ciertos requisitos, como son: ser una organización extranjera, realizar actividades terroristas y amenazar la seguridad de los Estados Unidos de América; en ese sentido, el 20 de enero de 2025, la Casa Blanca publicó una Orden Ejecutiva (Executive Order) que establece el procedimiento para designar ciertos grupos como FTO y como Specially Designated Global Terrorists bajo la autoridad de la ley y órdenes ejecutivas vigentes. Así pues, en Venezuela, Estados Unidos no activó una cruzada moral ni un ajuste geopolítico; activó un expediente penal. Cuando un régimen cruza el umbral y convierte al Estado en plataforma de economías ilícitas, deja de ser un problema político y se vuelve un riesgo de seguridad internacional. Ese cambio de naturaleza es decisivo porque en ese supuesto ya no se discute, se actúa. Así pues, Maduro no cayó por discursos incendiarios ni por elecciones amañadas, cayó por rutas, por cargamentos, por socios, por dinero; cayó porque el asunto dejó de ser político para volverse criminal.

¿Y México? Hasta yo —que estoy convencido que la connivencia del Estado mexicano con el narco no comenzó en este sexenio, pero que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) fue quien lo convirtió en aliado electoral— sé que ni él ni Claudia Sheinbaum van a ir a parar a la cárcel, por lo menos no durante este sexenio; sin embargo, ahí están las declaraciones de la administración Trump, contundentes: existe la intención de que el ejército estadounidense comience ataques por tierra contra los cárteles de droga en México; la lógica oficial de esta medida es que los cárteles “están controlando México” y representan una amenaza para la seguridad estadounidense y que México podría estar en el listado de posibles objetivos si persiste la amenaza de grupos criminales o narcotraficantes.

En conclusión: no estamos ante un precedente peligroso para el derecho internacional; estamos ante un precedente incómodo. Incómodo para quienes han hecho del Estado (AMLO, Sheinbaum y MORENA) refugio de delincuentes y el principal cómplice del crimen organizado. Por cierto, si usted piensa que, en esas condiciones, yo soy uno de esos “mexicanos al grito de guerra”; dispuesto a aprestad el acero y el bridón; le comento: no sé jugar a las canicas; es más, ¡no sé nadar!, imagínese si voy a andar aprestando fierros ajenos o montando cuacos; a los que sí ya se alistaron, felicidades, yo desde aquí los miro y les echo porras. ¡No te arrugues cuero viejo que te quiero p’a tambor!

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