I. Un acuerdo vivo en el papel, inerte en la práctica. El T‑MEC nació como la actualización necesaria del TLCAN para enfrentar una economía norteamericana más integrada, más digital y más vulnerable a disrupciones globales. Sin embargo, a seis años de su entrada en vigor, el acuerdo opera bajo una paradoja inquietante: sigue vigente jurídicamente, pero políticamente funciona como un tratado en estado de suspensión.
De acuerdo con análisis recientes de Eurasia Group, el T‑MEC transita hacia un “estado zombi”, caracterizado por un deterioro progresivo de los incentivos de cumplimiento, paneles de solución de controversias desacatados, consultas energéticas sin resolución y una creciente desconexión entre la arquitectura institucional del tratado y las decisiones políticas de los gobiernos involucrados. Este diagnóstico no describe un colapso formal del acuerdo, sino una erosión funcional que reduce su capacidad para coordinar políticas, ordenar mercados y ofrecer certidumbre regulatoria a los sectores más integrados de la región. La causa no es técnica, sino política. La relación bilateral entre México y Estados Unidos atraviesa un ciclo de desconfianza estratégica, donde las prioridades domésticas de ambos gobiernos han desplazado la agenda de integración económica. El resultado es un tratado que se invoca más de lo que se implementa. II. El optimismo de Index y la vulnerabilidad estructural de Chihuahua. En días recientes, el líder de Index Chihuahua presentó un análisis basado en las estadísticas del programa IMMEX que irradiaba optimismo. Su lectura —difundida en este mismo diario— subrayaba que “el liderazgo que mantiene Chihuahua en exportaciones confirma que el estado es una plataforma estratégica del T‑MEC y un eslabón clave para la cadena de valor en Norteamérica”. Ese diagnóstico es correcto en lo descriptivo: Chihuahua es, hoy, una pieza indispensable del andamiaje manufacturero regional. Pero precisamente por eso, el contraste es inevitable. La fortaleza exportadora de Chihuahua no contradice la tesis del T‑MEC zombi; la vuelve más urgente. Porque mientras más depende la economía estatal del tratado, más vulnerable es ante su deterioro institucional. La IMMEX chihuahuense sostiene: • el mayor volumen exportador del país. • decenas de miles de empleos directos. • y una demanda territorial que alimenta comercio, servicios y recaudación. En un ecosistema así, cualquier trastorno en las reglas del T‑MEC —paneles desacatados, reglas de origen inciertas, consultas energéticas sin resolver— trasciende de inmediato al empleo, a la inversión y al consumo local. La economía chihuahuense no está simplemente vinculada al T‑MEC: está anclada a él. Y un ancla en un barco que pierde rumbo no ofrece estabilidad, sino riesgo. Por eso, el optimismo de Index y la advertencia del T‑MEC zombi no se excluyen. Son dos caras de la misma realidad: la potencia exportadora de Chihuahua y su exposición a un tratado que funciona por inercia más que por institucionalidad. III. Tres síntomas del “zombi”: cuando el tratado deja de coordinar. 1. Mecanismos de solución de controversias sin dientes. Los paneles del T‑MEC fueron diseñados para corregir desviaciones regulatorias y evitar escaladas comerciales. Hoy operan con lentitud, bajo presión política y con un nivel de cumplimiento desigual. El mensaje para los mercados es claro: la certidumbre jurídica ya no está garantizada por el tratado, sino por la coyuntura política del momento. 2. Reglas de origen automotrices en pausa estratégica. La disputa sobre el cálculo del valor de contenido regional reveló un vacío: • México y Canadá ganaron el panel. • Estados Unidos desacató el fallo. Ese desacato no solo erosiona la arquitectura del T‑MEC; abre la puerta a un precedente peligroso: que el cumplimiento sea opcional. 3. Energía: el capítulo que nunca despertó. El sector energético se convirtió en el epicentro del desacoplamiento. Las consultas solicitadas por Estados Unidos y Canadá sobre la política energética mexicana siguen sin resolución definitiva. Mientras tanto, la inversión privada se congela y el tratado pierde su función original: ordenar el mercado y reducir riesgos. IV. El costo económico del letargo. Un T‑MEC zombi no colapsa de inmediato, pero erosiona silenciosamente la competitividad regional: • Nearshoring debilitado: las empresas buscan certidumbre regulatoria, no litigios prolongados. • Menor inversión extranjera directa: la región pierde atractivo frente a Asia, donde los marcos regulatorios —aunque rígidos— son más predecibles. • Fragmentación industrial: sin reglas claras, cada país avanza con políticas industriales propias, muchas veces contradictorias. El resultado es un ecosistema productivo que deja de comportarse como bloque y vuelve a la lógica de tres economías aisladas. V. La revisión de 2026: ¿resurrección o desmantelamiento? La revisión sexenal del T‑MEC, prevista para 2026, será el punto de inflexión. No se trata de renegociar desde cero, sino de decidir si el tratado recupera su función coordinadora o si se normaliza su estado zombi. Tres escenarios están sobre la mesa: 1. Reactivación institucional: fortalecer paneles, clarificar reglas de origen y blindar el capítulo energético. 2. Renegociación parcial: ajustes sectoriales que respondan a presiones políticas internas. 3. Desgaste progresivo: mantener el tratado sin reformas, permitiendo que la incertidumbre siga creciendo. El tercer escenario es el más probable si no existe voluntad política trilateral. VI. Conclusión: el tratado no está muerto, pero tampoco está vivo. El T‑MEC no desaparecerá de un día para otro. Los intereses económicos que lo sostienen son demasiado grandes. Pero un tratado que no se implementa, no se respeta y no se actualiza pierde su capacidad de ordenar la economía regional. La pregunta no es si el T‑MEC sobrevivirá, sino en qué estado lo hará. Y, sobre todo, si México aprovechará la revisión de 2026 para devolverle vida o si permitirá que siga caminando sin rumbo, como un zombi institucional que ya no protege a nadie.