Jodorowsky
Nuestros grandes y gloriosos políticos, tanto de izquierdas como de derechas, no solo buscan engañar a los ciudadanos, sino también a la muerte. Pretenden hacerse creer poderosos, convencidos de que durante décadas serán la fuente de una verdad absoluta; que, parados frente al micrófono, son los dueños de la razón para un gran pueblo que así lo cree. Nos engañan, atropellan, escupen a la cara, desvían la dignidad y utilizan los fondos públicos a placer. Así —dicen— engañan a la muerte. Porque creen que sí lo hacen.
En la mitología y la cultura popular, la figura del hombre que engaña a la muerte se refiere principalmente a Sísifo, aunque existen otras versiones notables en cuentos y películas.
Es el personaje más emblemático por haber burlado a la muerte en dos ocasiones gracias a su astucia.
El primer engaño: cuando Zeus envió a Tánatos —la personificación de la muerte— para llevárselo, Sísifo lo recibió con joyas y regalos que en realidad eran grilletes. Logró encadenar a la Muerte, provocando que nadie en el mundo pudiera morir, hasta que el dios Ares intervino para liberarla.
El segundo engaño: antes de morir definitivamente, pidió a su esposa que no realizara los ritos funerarios tradicionales. Ya en el inframundo, convenció a Hades de que debía volver al mundo de los vivos para castigar a su mujer por tal “negligencia”. Una vez fuera, se negó a regresar hasta que fue reclamado por la fuerza.
Castigo: como consecuencia de su desafío a los dioses, fue condenado a empujar eternamente una roca gigante hasta la cima de una montaña, la cual volvía a rodar hacia abajo justo antes de llegar al punto más alto.
Tarde o temprano, los partidos —y en especial el partido oficial— tendrán su castigo y serán arrojados al mejor lugar del infierno, pobre diablo; más grave su tormento que haber sido expulsados del cielo junto a sus legiones.
Hay quienes buscan respuesta a la muerte levantando imperios, acumulando riquezas, comprando lealtades como si fueran eternas. Otros roban lo que es de todos para guardarlo bajo llave, convencidos —como escribió Séneca— de que “la avaricia es pobre aun siendo rica”.
Creen que el oro, el poder y los favores torcidos pueden hacerlos inmortales. Se engañan: la corrupción es solo un parche a la angustia de saberse mortales, un atajo torpe hacia la eternidad. Pero, tarde o temprano, la tierra reclama lo suyo y la memoria de los vivos barre la suciedad que dejaron.
“No es pobre el que tiene poco, sino el que mucho desea”, repetía Séneca. Y Epicuro, siglos antes, ya advertía que el mayor error es temer a la muerte: temiéndola, nos encadenamos a la codicia. Hay quien muere sin dejar grandes bienes, pero deja limpio su nombre. Y hay quien muere rico, pero su recuerdo apesta en la historia.
La muerte es inevitable. La corrupción, no. Elegir qué huella dejar —una mancha o una semilla— es lo único que, al final, nos hace un poco inmortales.
La historia nos deja ejemplos para no olvidar. Francisco Macías Nguema, dictador de Guinea Ecuatorial, gobernó con puño de hierro, saqueó a su pueblo y sembró terror creyendo que así se volvería eterno. Tras su caída, su nombre solo evoca miedo y ruina: la tierra reclamó lo suyo y su huella quedó manchada para siempre. Siglos atrás, Nerón, emperador romano, quemó su propia ciudad para saciar su ego, persiguió a quienes se oponían y se coronó como dueño de todo. Pero su locura y corrupción solo le valieron un recuerdo infame: su grandeza no resistió a la muerte; solo su sombra de tirano quedó inscrita en la memoria de la humanidad.
Ambos, como tantos otros —algunos muy actuales, desafortunadamente—, creyeron que el poder y la corrupción podían burlar la tumba. Seguramente demostraron que nada pudre más deprisa que un nombre corrompido.
La muerte nos iguala. La corrupción nos desnuda. Y la historia, siempre despierta, guarda en sus páginas quién eligió sembrar flores… y quién prefirió mancharlas de barro. Las mieles del poder convierten a nuestros políticos en seres que se creen eternos. Todo tiene su tiempo y su momento.
La corrupción nunca desaparecerá del todo, porque nace de impulsos humanos muy hondos: miedo, avaricia, deseo de poder. Pero sí puede limitarse y controlarse cuando la sociedad abraza dos pilares fundamentales: la ética y la transparencia.
La transparencia es la luz que disuelve la penumbra donde prospera la corrupción. Hacer públicas las decisiones, las cuentas y los contratos rompe la opacidad que permite el abuso. Cuanta más información clara y accesible existe, más difícil resulta robar a escondidas.
Juntas, ética y transparencia no erradican la corrupción —la contienen—. Crean una cultura de rendición de cuentas, responsabilidad y vigilancia mutua, donde el corrupto no solo teme a la ley, sino también a la mirada de la sociedad. Bajo estos conceptos, algunos creen eludir a la muerte.
La corrupción se alimenta del miedo y la oscuridad.
La ética y la transparencia, bien defendidas, mantienen encendida la única antorcha capaz de recordarnos que, incluso ante la muerte, la honestidad sí deja un legado digno de ser recordado.
A ver si los partidos políticos reflexionan sobre esto. Los letrados lo tienen claro: la muerte siempre llega.
La muerte política es un componente fundamental del mito.
Salud y larga vida.
